«VOSOTROS SOIS LA SAL DE LA TIERRA Y LA LUZ DEL MUNDO»  Descarga aquí el artículo en PDF

José Miguel Núñez, sdb

Director del Centro Nacional Salesiano de Pastoral Juvenil

misionjoven@pjs.es

He explicado muchas veces a mis alumnos de Teología Fundamental en la facultad, el verso de 1Pe 3,15: «Estad siempre dispuestos a dar razón de la esperanza que hay en vosotros». Me he adentrado en numerosas ocasiones por los vericuetos teológicos para argumentar el contexto en el que las primeras comunidades cristiana testimoniaban su fe y el espíritu con el que, a pesar de persecuciones y dificultades, daban razón de su esperanza y estaban dispuestos a jugarse la vida por Jesús, el Cristo. 

Pensando en cómo mirar a la Iglesia con esperanza hoy, para escribir este sencillo artículo, he decidido cambiar el registro y utilizar la primera persona para narrar la Iglesia en la que comparto, vivo y celebro mi fe. Ya se me perdonarán, benévolamente, los apuntes biográficos que refiero en estas líneas. 

LA IGLESIA QUE AMO

Nací en 1963. Vi la luz en pleno debate conciliar y la Iglesia me acogió cuando mis ojos aún no fijaban la mirada. El mismo viento del Espíritu que me hizo hijo de Dios sopló con fuerza irrefrenable en el Concilio Vaticano II, renovando la comunidad cristiana y abriéndola a un tiempo nuevo. Y lo hizo desde el corazón del mundo contemporáneo y redescubriendo a la vez, en sus raíces más profundas, su identidad de servidora de la humanidad y de luz de los pueblos.

Consciente de su realidad mistérica, la Iglesia renovó su conciencia de Pueblo de Dios, de pueblo de la alianza. Una comunidad de comunidades, una realidad carismática y ministerial llamada a ser, desde su configuración sacramental, signo de salvación para el mundo en nombre de Cristo Jesús. En ese mundo, el nuestro, el del progreso y la modernidad, el de la búsqueda y las incertidumbres, el de la violencia y la desesperanza, la Iglesia se sintió enviada para servir y misionar.

Crecí en la Iglesia conciliar. En ella descubrí la fe y en ella maduré como persona, como creyente, como consagrado, como ministro. Aprendí a amar la Iglesia. Esta Iglesia. Una Iglesia en comunión, plural, encarnada, en el corazón de la ciudad, fiel a su Señor, audaz en su anuncio, servidora de los últimos. Una madre que acoge, escucha, sana y bendice. Una luz que quiere iluminar la vida de cuantos caminan en penumbra y anhelan una palabra de esperanza. Una comunidad de creyentes fiel a sus orígenes, atenta a las mediaciones, confiada en la presencia del Resucitado que estará siempre con nosotros.

Esta es nuestra Iglesia. Dolorosamente pecadora y estremecedoramente esperanzada. Soy educador y hoy la Iglesia quiere escuchar a los jóvenes. Una vez más, atenta a las necesidades del pueblo de Dios y en él a una porción delicada e importante que no solo es el futuro, sino que quiere ser el presente de una comunidad cristiana renovada y creativa. Los jóvenes quieren escuchar también a la Iglesia y acoger la Buena Noticia de Jesús de la que es portadora: el vino nuevo de Jesús en los odres nuevos de una comunidad viva, audaz y significativa en medio de un mundo que necesita profetas y testigos. 

UNA MINORÍA CREATIVA EN LA CULTURA QUE HABITO

Es una expresión afortunada. Excelente por quien la pronuncia y por estar referida a la Iglesia del presente y del futuro. El papa emérito Benedicto XVI se refirió así, con la expresión minoría creativa, en numerosas ocasiones durante su pontificado, a los seguidores de Jesús en una sociedad plural, democrática, secular y libre. Los cristianos estamos llamados a ser eso, una minoría creativa en un mundo donde muchos hombres y mujeres, compañeros de camino en esta historia, no piensan ni sienten como nosotros.

Formo parte de una minoría dentro de la cultura que no huye de ella ni se parapeta en viejas seguridades. Comparto mi vida en comunidades vivas y comprometidas que no pierden su identidad y son signos proféticos de fraternidad, de acogida, de solidaridad. Que plantean, con credibilidad, maneras alternativas de vivir a la luz del Evangelio de Jesucristo, buena noticia para la vida y la esperanza de las personas. Una Iglesia que busca su espacio de diálogo en el areópago donde se discuten las cuestiones que afectan a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, porque nada hay de humano en nuestro mundo que no sea sentido como tal en el corazón de la Iglesia.

Soy parte de esa minoría que reivindica su lugar en nuestras sociedades libres. Con derecho a expresarse en la plaza pública, no condenada al ostracismo ni a la oscuridad de las sacristías, con carta de ciudadanía y un compromiso social responsable que no vea amenazada a cada paso su libertad por viejos laicismos excluyentes y caducos. 

Una minoría, sí, pero una minoría creativa con capacidad de aportar positivamente, junto a tantos hombres y mujeres de bien, a que este mundo se parezca más al proyecto de Jesús de Nazaret; donde todos tengan más oportunidades y nadie se sienta excluido, donde no se pisotee la dignidad de las personas y se respete el derecho de todos a vivir como seres humanos, en paz y en libertad.

Esto es lo que somos. Esto es lo que estamos llamados a ser. Así me siento. Este es el nuevo rostro de Iglesia que los últimos pontífices nos están invitando a perfilar. El cambio está en marcha. Es una revolución pacífica y serena que sabe de primavera duradera, sin rupturas ni condenas, con la libertad del viento del Espíritu que conduce a otras orillas y hace nuevas todas las cosas. En la Iglesia de Francisco, el papa de la esperanza, su magisterio apunta al corazón del ser humano, a pensar el mundo de otra manera, a implicar a todas las fuerzas de bien en darle la vuelta a la realidad para devolver dignidad a los empobrecidos, a avivar la confianza en la humanidad y amasar un futuro mejor para todos, a superar egoísmos y visiones estrechas de la economía, a replantear las políticas de los poderosos para prestar más atención a la persona y, sobre todo, a las más vulnerables.

VIVO COMO UN CURA

Por lo que a mí respecta, no soy un héroe y lo bueno es que lo sé. Estoy recién entrado en los sesenta, me levanto muy temprano cada mañana dispuesto a batallar y no doy nada por perdido. Le planto cara a la mediocridad que intenta ganarme terreno y procuro ser bravo en la pelea por vivir con lealtad cuanto he prometido. Respiro en la palabra acogida y compartida, prefiero el encuentro al desencuentro, gano mucho en las distancias cortas y me fajo elegantemente en mi trabajo. Decididamente, sigo aprendiendo en la escuela de la vida después de rehacer algún sendero y haber auscultado mejor mi corazón.

Con estas credenciales, puedo confesar que soy cura. Hace ahora treinta y pocos años. Aunque sé de mis medianías, he renunciado vitalmente al poder y al dominio y no tengo bienes. Vivo con lo puesto, como de mi trabajo y pago mis impuestos, no tengo dinero en paraísos fiscales ni me puedo permitir vacaciones en el Caribe. Intento ser un buen ciudadano y contribuir al bien común. Con pocos panes y unos cuantos peces, junto a mis hermanos, comparto lo que soy y lo que tengo con quien ha tenido menos oportunidades. Dios me abre cada día los ojos para mirar con su mirada la realidad y me despierta el oído para escuchar su susurro en el corazón de la ciudad. Allí, entre los jóvenes que caminan junto a mí en medio de penumbras y búsquedas, quisiera contarles su bondad y su ternura. Ellos me han devuelto la vida y si he empezado a ser mejor a ellos se lo debo.

Soy cura en esta Iglesia nuestra. Y no me entiendo sin serlo. Me identifico con Jesús, el Cristo; anhelo, como él, pasar por la vida haciendo el bien, intentando sanar y liberar, levantar y sostener, alentar y amar. No pido nada a cambio. Estoy convencido de que es mejor abrazar que golpear y creo en la revolución de la bondad. Me dañan las injusticias y abomino las cobardías que justifican traiciones. Sé que al final solo me preguntarán ¿has vivido? ¿Has amado? Confío en poder pronunciar algunos nombres.

Soy cura. Y cada día parto el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía con mis hermanos. Y la memoria del Resucitado renueva la salvación de Dios en nuestro mundo en un pacto definitivo y liberador. Comprometida y subversiva Eucaristía. En ella Dios me hace más hijo, más hermano, más servidor. En ella comprendo mejor que no hay amor más grande que dar la vida por aquellos a los que amamos. Aunque lejos, es el horizonte hacia el que camino.

Soy cura. En la Iglesia y para los jóvenes. No podría serlo de otra manera. La comunidad de los seguidores de Jesús es mi patria, mi casa, mi madre. En ella nací a la vida y en ella recibí la fuerza y la luz del Espíritu. En ella creo, vivo y comparto mi fe. En ella intento ser signo de perdón y de misericordia. Con ella me siento en profunda comunión y la amo con todas mis fuerzas. A ella sirvo y en su nombre soy enviado a mis hermanos – especialmente a los jóvenes empobrecidos y excluidos – por la fuerza del carisma salesiano, don precioso del Espíritu al pueblo santo de Dios. Después de muchas horas de vuelo, en este momento de mi vida, solo considero verdaderamente relevante cuidar a las personas. Me sobra lo demás.

Soy cura y vivo agradecido al Señor de la vida. Entre balbuceos, esperanzas y desvelos, cada día elevo una plegaria rogando a Dios que me haga según su corazón. Me siento feliz en mi Iglesia, madre y maestra, signo de salvación para los pequeños y los pobres. Por eso, estoy dispuesto a dar razón de la esperanza que hay en mí y que comparto con todos los que han encontrado en Jesús el Camino, la Verdad y la Vida.