Iñaki Otano
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Y vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto”.
Después los sacó hacia Betania, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios. (Lc 24, 46-53)
Reflexión:
San Ambrosio, en la segunda mitad del sigo IV, refiriéndose a Jesús en la Ascensión, dice sintéticamente: Bajó Dios, subió hombre. Podría decirse que, para nosotros, ni el cielo ni la tierra son lo mismo con Jesús que sin él. En la tierra, con todas las miserias de la condición humana, perviven las huellas de la divinidad, que no borrarán las brutales dentelladas del mal. El cielo ha abierto sus puertas para acoger a ese ser indefenso y limitado que es el ser humano, cambiando muerte por vida, debilidad por plenitud.
Los discípulos, después de abrir Jesús las puertas del cielo, se volvieron a Jerusalén con alegría. Jesús les había dicho: quedaos en la ciudad, y ellos volvieron a la realidad de cada día, llenos de la alegría que da el tener el espíritu de Jesús por dentro aunque Él ya no esté físicamente con ellos.
Los cristianos vivimos una aparente paradoja: Jesús se ha ido, ha subido a los cielos, y lo tenemos que encontrar en la tierra, en nuestra lucha diaria, en nuestras relaciones, en el trabajo, en el compromiso con los más necesitados, en nuestra honradez de vida, en nuestras inquietudes e ilusiones. Toda nuestra vida tiene que estar traspasada por el espíritu de Jesús, que se ha ido y vive con nosotros.
Hace unos 70 años, el famoso Antoine de Saint-Exupéry, autor de “El Principito” y piloto con más de 6.500 horas de vuelo, escribió una carta abierta, que él mismo tituló “Carta al General X”, en la que decía:”En el mundo no hay más que un problema y solo uno: devolver a los hombres un significado espiritual, inquietudes espirituales… Ya es imposible vivir de frigoríficos, de política, de balances y de crucigramas. Ya no se puede seguir viviendo sin poesía, sin color, sin amor”.
Probablemente 70 años después se haya agravado el problema porque, a pesar de los espectaculares avances tecnológicos, la ausencia de una razón de vivir es causa de conflictos, frustraciones e infelicidad. Y es que, cuando la persona se desliga de las realidades invisibles y trascendentales, pierde su horizonte y se pierde a sí misma. Ya nada tiene sentido, ni la vida, ni el amor ni el trabajo, Se cae en la desesperanza.
Para no caer en la desesperanza, el Señor nos invita a mirar los valores del cielo y, al mismo tiempo, comprometernos en la tierra empapando todo con lo que nos enseña el cielo. Eso nos permitirá quedarnos en la ciudad, en el lugar en que bregan los hombres y mujeres, pero con la gran alegría que da el espíritu de Jesús.

