EL CONTRASTE PACIENTE, FUERZA Y ESPERANZA DE LA IGLESIA Descarga aquí el artículo en PDF

Joseba Segura, obispo de la Diócesis de Bilbao. 

jsegura@bizkeliza.org

Cuando hablamos de esperanza para la Iglesia, cada persona tiende a proyectar sus propias expectativas y anhelos. Algunos sueñan con recuperar la influencia social del pasado, cuando en Europa el cristianismo conformaba mayoritariamente la cultura y la institucionalidad. Otros desean una Iglesia «más moderna», mejor adaptada a los valores dominantes, buscando mayor sintonía con las sensibilidades actuales. Están también quienes consideran que ya se ha cedido demasiado esperando recuperar una solidez doctrinal y de prácticas tradicionales que consideran muy debilitada. Hay quienes anhelan una comunidad más pequeña pero mejor identificada, donde la existencia cristiana se viva con mayor intensidad. También están los que esperan una Iglesia más centrada en la justicia social y el servicio a los pobres. Estas diferentes visiones reflejan no solo distintas concepciones eclesiológicas y prioridades evangélicas, sino también diferentes diagnósticos sobre los desafíos actuales y los caminos de renovación necesarios.

La realidad es que Europa, y específicamente España, está experimentando una transformación cultural profunda que afecta directamente a la vida eclesial. El catolicismo ha dejado de ser el marco de referencia dominante que durante siglos configuró nuestra sociedad. Este proceso de enfriamiento religioso, aunque se manifiesta con diferente intensidad según las regiones, es ya una realidad innegable en la gran mayoría de nuestros ambientes sociales. Estamos ante un verdadero tsunami cultural que ha convertido en extraños y escasamente atractivos muchos elementos esenciales de la antropología y cosmovisión cristianas: el valor sagrado de la vida, el papel esencial de la comunidad, el sentido del sacrificio y el compromiso, la importancia de la fidelidad, de la entrega, de las renuncias. No es una crisis pasajera, sino una revolución. Somos ya una fuerza minoritaria y ello nos obliga a repensar nuestro ser y nuestra manera de actuar como Iglesia.

En este contexto, resultan particularmente iluminadoras las reflexiones que Joseph Ratzinger compartiera en 1969. Con notable clarividencia, anticipó una Iglesia de menor dimensión, pero más auténtica, que tendría que redescubrir su esencia y aprender a existir sin los privilegios del pasado. Predijo que la Iglesia «se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable». Su visión no era pesimista, sino realista y esperanzadora: esta Iglesia renovada, precisamente por su autenticidad y profundidad espiritual, sería capaz de ofrecer respuestas significativas a una humanidad marcada por la soledad y el vacío existencial. «Los seres humanos», escribió, «serán indeciblemente solitarios en un mundo plenamente planificado. Experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo». La precisión de este diagnóstico se hace evidente en la soledad existencial que experimentan hoy muchas personas, justo cuando la tecnología conecta, pero no siempre comunica, y donde el vacío espiritual se intenta llenar con consumo y entretenimiento.

La esperanza cristiana no se fundamenta en análisis sociológicos ni en estrategias pastorales, sino en la convicción de que Dios no abandona a su pueblo. Como nos recuerda el papa Francisco, no somos huérfanos perdidos en la historia, sino hijos amados que caminan con la certeza de que el Espíritu Santo guía a su Iglesia. Esta convicción no es optimismo ingenuo, sino la seguridad de que Dios cumple sus promesas, aunque no siempre del modo que esperamos. El mismo Señor que transformó el aparente fracaso del Calvario en la victoria de la Pascua, sigue y seguirá presente en medio de su Iglesia.

Los signos de esperanza ya son visibles para quien sabe mirar con los ojos de la fe. La crisis actual está ayudando a purificar motivaciones y a redescubrir lo esencial. Las comunidades cristianas están aprendiendo a vivir sin el apoyo de estructuras sociales que antes les permitían sentirse más fuertes. Esta situación, aunque desafiante, comienza a alumbrar un cristianismo más consciente y personal, donde la adhesión a Cristo surge de una decisión libre y madura. La fe es cada vez menos una herencia cultural hegemónica, y cada vez más el resultado de un encuentro personal con Cristo que transforma la vida.

La crisis actual propicia un saludable ejercicio de humildad eclesial. La Iglesia está aprendiendo a caminar con menos seguridades humanas, a confiar más en la acción del Espíritu que en estrategias pastorales, a valorar la pequeñez como oportunidad para el testimonio evangélico. Esta humildad no es debilidad, sino fortaleza, pues permite que brille con más claridad el poder de Dios en medio de la fragilidad humana. Como señala el pPapa Francisco, una Iglesia que reconoce sus heridas está más cerca del Evangelio que aquella que se esconde tras una imagen idealizada.

Un signo especialmente significativo es el surgimiento de nuevas formas de primer anuncio adaptadas a la sensibilidad contemporánea. La Iglesia está aprendiendo a comunicar el Evangelio de manera fresca y significativa, partiendo de las preguntas y búsquedas reales de las personas. Este anuncio, cuando se hace desde el testimonio personal y el respeto al proceso de cada uno, encuentra eco en corazones sedientos de sentido y trascendencia. Las nuevas generaciones, aunque alejadas de la religiosidad tradicional, muestran una apertura sorprendente cuando el mensaje se presenta de manera auténtica y sin pretensiones. No podemos seguir haciendo lo mismo que hemos hecho siempre cuando la experiencia nos indica que muchas cosas ya no funcionan. La pastoral de sacristía, donde nos limitamos a aguardar que la gente se acerque a nuestras iglesias para confrontar a quienes llaman a la puerta con un listado de requisitos y exigencias, resulta hoy particularmente ineficaz y, en muchos casos, contraproducente, alejando a quienes podrían estar abiertos a un primer acercamiento a la fe.

La renovación del laicado constituye otro signo esperanzador. Cada vez más cristianas y cristianos laicos están descubriendo su vocación específica y su responsabilidad en la misión evangelizadora de la Iglesia. No se trata solo de colaborar en tareas eclesiales, sino de ser testigos del Evangelio en medio del mundo, llevando la luz de Cristo a los ambientes donde el clero no llega. Este despertar de un laicado evangelizador está generando nuevas formas de misión en medio de las realidades cotidianas, a través del testimonio personal y la invitación a experimentar el amor de Dios. Su acción, que se desarrolla naturalmente en las familias, lugares de trabajo y espacios sociales, complementa y enriquece la labor de las estructuras eclesiales tradicionales.

El desarrollo de la sinodalidad representa otro motivo de esperanza. La Iglesia está redescubriendo su naturaleza como pueblo de Dios que camina en comunión, donde cada bautizado tiene un papel activo en la misión común. Este modo de ser Iglesia, que integra diversidad de voces y carismas, puede inspirar a una sociedad que sufre un proceso acelerado de fragmentación a buscar formas más inclusivas y participativas de construir el bien común. La sinodalidad no es una moda pasajera, sino una dimensión constitutiva de la Iglesia que necesita ser desarrollada en nuestro tiempo.

La renovación de la liturgia y la vida sacramental también alimenta la esperanza. Cuando las celebraciones se viven con autenticidad y profundidad, se convierten en espacios donde las personas pueden experimentar la presencia transformadora de Cristo. En particular la Eucaristía, a pesar de la dificultad que nuestra sociedad tiene para valorar todo lo ritual, es y seguirá siendo fuente y cumbre de la vida cristiana, lugar privilegiado donde la comunidad se encuentra con su Señor y se orienta y alimenta para la misión. En un mundo marcado por la prisa y la superficialidad, estos espacios de encuentro profundo con Dios responden a una sed de trascendencia que la cultura secular no logra satisfacer. Valorar la vida litúrgica se hace especialmente necesario para no perderse en la banalidad del entretenimiento permanente. Cuando nuestras celebraciones combinan belleza, profundidad y participación consciente, se convierten en verdaderos espacios de encuentro con lo sagrado.

La preocupación por los pobres y marginados constituye otro motivo de esperanza. En un mundo marcado por crecientes desigualdades, la opción preferencial por los pobres no es una estrategia pastoral, sino una exigencia que brota de la fe en Cristo. Allí donde la Iglesia se acerca a los pobres, allí donde acompaña el sufrimiento humano con compasión activa, está siendo fiel a su vocación más profunda y ofrece un testimonio creíble del amor de Dios. Este compromiso con los más vulnerables atrae especialmente a los jóvenes, que buscan causas que den sentido a sus vidas.

La familia sigue siendo un ámbito privilegiado de esperanza para la Iglesia. A pesar de las profundas transformaciones culturales que afectan a la institución familiar, muchas familias cristianas continúan siendo espacios donde la fe se vive y se transmite con naturalidad. En ellas, los niños pueden experimentar un amor incondicional que refleja el de Dios mismo, y los jóvenes encuentran modelos concretos de vida cristiana. Una pastoral familiar renovada está ayudando a muchas parejas a descubrir la belleza del matrimonio cristiano y su vocación específica en la Iglesia y en la sociedad. Las familias cristianas demuestran que es posible vivir los valores evangélicos en medio de una cultura que frecuentemente propone modelos muy diferentes. Su testimonio silencioso pero efectivo es particularmente valioso en un momento en el que muchos líderes de opinión cuestionan aspectos esenciales de la vida familiar, así como su valor social.

Sin embargo, el mayor motivo de esperanza lo constituye la roca sobre la que se construye la comunidad cristiana: la fidelidad de Dios manifestada en Jesucristo. La Iglesia no confía en sus fuerzas o estrategias, sino en Aquel que prometió estar con ella hasta el fin de los tiempos. Por ello podemos mirar el futuro sin temor, sabiendo que las dificultades actuales son tan solo el motivo para una profunda renovación. En medio de las transformaciones de calado que reconfiguran el paisaje cultural y social, la Iglesia encuentra su norte en la brújula del Espíritu Santo, que sigue orientando a la comunidad creyente a través de territorios inexplorados.

Aunque la vitalidad de la Iglesia no se mide por las estadísticas, resulta significativo que mientras el catolicismo declina en Europa, experimenta un crecimiento significativo a nivel global, impulsado especialmente por su extraordinaria expansión en África y Asia. Así, el centro de gravedad de nuestra gran comunidad creyente se desplaza progresivamente hacia el sur global. Este fenómeno, lejos de producirnos preocupación, debería recordarnos algo esencial: los seguidores del crucificado, más que aspirar a constituirnos en poder dominante, debemos aspirar a ser fermento en la masa y antorcha en la oscuridad. La historia de la evangelización muestra que las épocas de mayor autenticidad y fecundidad no han coincidido necesariamente con los momentos de mayor influjo social. El reto no es competir con las tendencias culturales dominantes, sino ofrecer un testimonio de contraste que muestre la relevancia permanente del Evangelio. No se trata de añorar tiempos pasados ni de adaptarse superficialmente a las modas y nuevos dogmas culturales, sino de redescubrir la frescura original del mensaje de Cristo para ofrecerla a un mundo necesitado de esperanza. Esta renovación no vendrá tanto de planes pastorales o reformas estructurales, sino del testimonio humilde y perseverante de aquellos cristianos, muchos o pocos, que vivan su fe unidos al corazón de Jesús.

La esperanza cristiana no es optimismo ingenuo ni pesimismo resignado, sino confianza activa en el Dios que puede hacer nuevas todas las cosas. Los desafíos actuales, lejos de paralizarnos, nos invitan a una conversión más profunda, personal y comunitaria. El futuro de la Iglesia no está en recuperar posiciones de poder o influencia, sino en ser más fielmente lo que siempre hemos de ser: sacramento de salvación para el mundo, signo e instrumento del amor de Dios que transforma la historia humana desde dentro, como la levadura en la masa.

Esta transformación requiere asumir y desarrollar una espiritualidad que encontramos en los orígenes del cristianismo y que podríamos denominar de «contraste paciente». ¿En qué consiste? En mantener nuestra distintiva identidad cristiana, buscando aportar al mundo lo que somos, lo que creemos y lo que hacemos. Consiste en actuar con la confianza de que el testimonio silencioso y perseverante de una vida auténticamente evangélica seguirá siendo, como ya lo fue en los primeros siglos, fuente inagotable de esperanza y renovación para el mundo. Porque la esperanza para la Iglesia es esperanza para el mundo o no es auténtica esperanza. Este contraste paciente se inspira en la práctica de las comunidades cristianas de los primeros siglos, que fueron signo de esperanza, no promoviendo la confrontación o buscando el poder, sino sosteniendo el testimonio perseverante de una vida diferente. Su ejemplo nos muestra el camino a seguir. Fue eficaz y puede volver a serlo y por eso estamos esperanzados y alegres.