LA IGLESIA, ROSTRO DE ESPERANZA Descarga aquí el artículo en PDF

 Álvaro Chordi Miranda (Adsis)

Obispo auxiliar de Santiago (Chile)

achordi@iglesiadesantiago.cl

Cuenta el cardenal Tolentino que una de las esculturas más conocidas de Rodin es una composición de piedra con dos manos derechas de dos personas diferentes cuyos antebrazos se entrecruzan y alargan para que los dedos, en el punto más alto se toquen, dibujando una especie de arco. Su título es La catedral.

La catedral no es solo un recinto sagrado colocado en un lugar céntrico de una ciudad, la Plaza de Armas, como en Santiago de Chile. Donde nuestras manos puedan alzarse hacia el cielo; ese será siempre un eje de la catedral. El otro eje lo dibuja el misterio de Dios, que se acerca a nosotros y nos abraza, aunque no nos demos cuenta de ello. Hoy necesitamos manos que sostengan el alma del mundo que se cae a pedazos y en medio de la imprevisibilidad del futuro que nos aguarda. 

Normalmente nos movemos entre la verde esperanza y el torvo miedo, como decía Machado. Podemos replegarnos ante lo que acontece o más bien arriesgar, jugarnos la vida. Cuando hay más esperanza que miedo, la vida se abre camino, las apuestas y proyectos se hacen posibles, la vida puede ser vivida con dignidad y sentido. Cuando el mundo está amenazado y en crisis, solo queda una vía de esperanza: el amor, que vuelve a crear milagrosamente el mundo. 

Así, el poder de la esperanza es la primera plegaria global de este Año Jubilar. La oración es el lugar donde la esperanza se despierta y crece. Dios siempre está a la espera de que seamos acogidos y salvados y de que sigamos colaborando activamente en la construcción de su Reino. Incluso cuando no hay nada que pueda decir, puedo decir Dios (cf. Spes salvi 32). 

«La esperanza constituye el mensaje central del Jubileo» (Spes non confundit 3). El presente está preñado de esperanza. En cada realidad, por dura que sea, existe siempre la posibilidad del bien, capacidad para romper con el hechizo de la impotencia. La esperanza se teje con la confianza tendida hacia el futuro y pone alas a la paciencia. Nos lleva a mirar siempre adelante con valentía. 

Se evangeliza a los jóvenes infundiendo esperanza. Y estamos invitados a volver a nuestras raíces, recuperar nuestra identidad más profunda, ponernos en camino. Jesús siempre va delante, en medio y detrás del pueblo peregrino. El reino germina ya en la peregrinación. No estamos perdidos, porque quien es camino, verdad y vida ha dejado la senda abierta: Jesucristo.

Tampoco estamos solos, sino que caminamos juntos. La sinodalidad es una sinfonía que nos hace hermanos y peregrinos de esperanza. Puede ser el camino para superar fragmentaciones y divisiones dentro de la Iglesia, la cual está llamada a una transformación, que implica una renovación estructural, que no será posible sin un profundo cambio espiritual. Para eso, se requiere el compromiso de todos y así construir una comunidad más fraterna, inclusiva y esperanzadora. 

El papa Francisco ha lanzado un llamado especial a los jóvenes: abrazar la sinodalidad como un estilo de vida. Hoy necesitamos jóvenes sembradores de esperanza y de sentido acompañando, consolando, compadeciendo, alentando los brotes de vida que despuntan en cada persona, en la historia y en la creación. En la tarea de trenzar la esperanza, hay lugares preferentes: las periferias, los márgenes y las fronteras. Ojalá los jóvenes dejen su huella en la Iglesia, construyendo puentes, derribando muros y avanzando unidos en el amor de Jesús desde las cunetas de la historia.