JESÚS, NUESTRA FELIZ ESPERANZA Descarga aquí el artículo en PDF

Cristian Saint Germain 

Instituto de Formación en Pastoral de Juventud Eduardo Francisco Pironio

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El beato Pironio y los jóvenes: profetas de la esperanza 

«Hace falta comunicar al mundo la gozosa experiencia de una esperanza reencontrada en el interior de una comunidad: “Hemos visto al Señor” (cfr. Jn 20,18). “Es verdad, el Señor resucitó y se apareció a Simón” (Lc 24,34). “Lo hemos reconocido en la fracción del pan»” (cfr. Lc 24,35)» (Beato Eduardo Pironio, Córdoba, Argentina, septiembre de 1985, Anunciar la esperanza en tiempos de bajón).

En una época marcada por la incertidumbre, la fragmentación social, los brutales conflictos armados en Europa (Ucrania), África (Sudán) y Medio Oriente (Gaza), la regresión de los procesos de integración regional (Mercosur, Unión Europea, Nafta), la guerra discursiva y extorsión económica (¿una neo-retro-globalización?) y el escepticismo frente al futuro, hablar de esperanza puede parecer ingenuo o incluso utópico. Sin embargo, el Evangelio y la vida cristiana nos ofrecen una visión radicalmente distinta: la esperanza no es ilusión, sino certeza viva anclada en la Resurrección de Cristo. Al comienzo de su pontificado (22 de octubre de 1978) san Juan Pablo II les decía a los jóvenes: «Ustedes son la esperanza del mundo, de la Iglesia, mi esperanza». Una expresión que podía verse como tiempo de siembra y de una sana moratoria que permitía «prepararse para el futuro», hoy es leída por muchos como una espera pasiva que permite a las generaciones adultas aferrarse al poder de la toma de decisiones, con claro adultocentrismo. El papa Francisco ha preferido, en este contexto de cambio de época al inicio del siglo XXI, hablar de los «jóvenes como el presente, el ahora de Dios» (Panamá, 27 de enero de 2019) marcando su rol de protagonismo en la construcción de este tiempo. Vista así, la esperanza, si bien mira la espera de la gloria, es una virtud del camino en el presente, de construcción de la historia, de dinamismo colectivo en el compromiso con la realidad aquí y ahora. Así, los jóvenes son llamados a encarnar una nueva cultura del encuentro, de la vida y de la fe. La oración, en este contexto, se presenta no como un refugio escapista, sino como el espacio vital en el que se forja una esperanza concreta y activa en el encuentro con Jesús en los otros, en la comunidad. 

De falsas esperanzas y «subidones»

En tiempos de fake news, posverdad y microrrelatos construidos para generar efecto, provocar adhesiones emocionales y generar sensaciones sin reflexión ni experiencia real, estamos llamados a discernir la autenticidad de la esperanza. Ya nos advertía el beato Eduardo: «¡Qué bueno es encontrar en la vida un hombre amigo que nos hable de la esperanza! ¡Si el amigo es de veras y la esperanza es verdadera!»[1].

En la América Latina de los 70, los jóvenes expresaban a la vez un «anhelo de interioridad, de reflexión, oración y contemplación», y «una particular sensibilidad por los problemas de la justicia en el mundo», en un contexto en el que «fácilmente se acude a la violencia con lo cual se desvirtúa el proceso cristiano de la liberación y se niega la fecundidad del Evangelio»[2]. La esperanza verdadera no estaba dada por la construcción violenta del Reino —exhortaba Pironio en la convulsionada Argentina de 1975—. 

Hoy los desafíos son parecidos. La arena «violenta» son las redes sociales en las que se quiere impactar promoviendo un discurso polarizador —hater las más de las veces— construyendo neofundamentalismos dentro y fuera de la Iglesia. 

Los sentimientos, nos enseña san Ignacio, también son vehículos del Espíritu, pero podemos también caer en esperanzas ancladas en «subidones espirituales», que sean sólo vértigo[3] sin contenido, reflexión ni pensamiento. «Sentirse bien», «emocionarse», «estar bien» pueden ser —muchas veces— solo cáscara vacía aunque expresen sentimientos en el marco de una Adoración del Santísimo, una Misión o una experiencia de Retiro Espiritual. También hay una fake hope (falsa esperanza) que es pura emocionalidad sin reflexión, imposible —incluso— de compartir porque necesita del pensar para hacerse palabra puesta en común para constituirse en esperanza verdadera. «Es necesario desmontar la superficialización del sentir interior y el simplismo de reducir a sentirse bien /sentirse mal sin más diferencias. Aunque asistimos a una hipervalorización de los elementos emotivos, afectivos y del sentimiento espiritual, estos no se pueden estigmatizar y rechazar sin más, necesitan discernimiento»[4].

¿Cuál es la esperanza auténtica? 

Guiados por el beato Eduardo Pironio, vamos a ir tratando de discernir la auténtica esperanza cristiana. 

Podríamos decir que el cardenal nos ayuda a discernir esa fake hope que nos plantea ciertos desafíos: 

  • Creer que ya se ha alcanzado definitivamente al Cristo, frente a la auténtica experiencia de estar «siempre en camino» que nos comparte san Pablo «Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús» (Flp 3,12). 
  • La conciencia derrotista de que es imposible superar las dificultades del tiempo presente. Pironio retoma la mirada de san Juan XXIII al comenzar el Concilio: «están los profetas de calamidades, que siempre anuncian lo peor, con los que no se puede estar de acuerdo. Frente a estos profetas el papa Juan invita a reconocer los misteriosos designios de la Providencia. Hay que ser profetas de esperanza. Estos son los que de verdad han entendido que el mundo es un don de Dios y tienen puesta su mirada en un más allá que para el cristiano es fuente de esperanza»[5]. Lo que se opone a la esperanza es el miedo, el pesimismo, el cansancio, el desaliento, la tristeza. También la impaciencia, la nerviosidad y la violencia. Jesús nos invita a la serenidad y al coraje[6]..
  • La «esperanza» ociosa, pariente de la «cristiana resignación». «En los tiempos difíciles hay una fácil tentación contra la esperanza: ponerse inútilmente a pensar en los tiempos idos o soñar pasivamente en que pase pronto la tormenta, sin que nosotros hagamos nada para crear los tiempos nuevos»[7]. No hay vida cristiana sin salida, riesgo, acción que surge de la contemplación del Misterio Pascual.

¿Cuáles son los rasgos principales de la esperanza verdadera

  • La esperanza cristiana nace de lo inevitable y providencialmente absurdo de la cruz. «Era necesario pasar por todas estas cosas para entrar en la gloria» (Lc 24,26)[8]. Encuentra su fortaleza en la feliz experiencia del Resucitado. 
  • Es activa y exige paciencia y fortaleza. Es camino, es compromiso, es constancia, tenacidad y coraje. «La esperanza no se hizo para los flojos»[9].
  • Está ya en los cristianos y en los jóvenes —dice Pironio comentando la carta que san Juan Pablo II había escrito para ellos en 1985 (Año Internacional de la Juventud), meditando 1Pe 3,15—. Es algo propio, original, irrenunciable que hace a nuestra identidad cristiana y estamos llamados a dar razón de ella a aquellos que nos piden. «Nuestra esperanza tiene que ser algo legible, creíble, impactante para todo el que se acerca a nosotros: el mundo tiene derecho a nuestra esperanza». Hoy muchos nos preguntan ¿por qué tener esperanza? ¿por qué tenés esperanza?
  • Es la esperanza firme y creadora que se apoya «en el amor del Padre, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom 8,39) que, precisamente para los tiempos difíciles ha comprometido su presencia «Yo estaré con ustedes hasta el final del mundo» (Mt 28,20) y nos da la certeza firme de su Resurrección como victoria definitiva, invitándonos a la serenidad y al coraje: «En el mundo tendrán mucho que sufrir. Pero tengan coraje: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). «Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo» (Francisco, Christus Vivit 1).
  • Cristo, «nuestra feliz esperanza» (Tit 2,13; 1Tim 1,1). Es una persona, un encuentro, una experiencia concreta vivida con el Amigo. Así Francisco se «encuentra» con la fuerza de este anuncio que anticiparon Pironio y Juan Pablo II tan empapados de lo que el Señor le dice a las Iglesias (cf Ap 1,4) en los jóvenes. «Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza» (ChV 2). 

Juan Pablo II, nos dice Pironio, no es condescendiente, su palabra es clara, concreta y comprometedora[10]. Lo peor que podríamos hacer es mentirles a los jóvenes, mostrarles una felicidad photoshopeada, fácil, al alcance de un scroll. Una felicidad que se les exige como mandato desde las posturas, ediciones y falsas sonrisas de las redes sociales y que sienten se les escapa o ellos son los únicos tontos e inútiles incapaces de ser felices como «todos y todas» los que están en Instagram. Bellos, de cuerpos «perfectos», de viajes extraordinarios, de dinero fácil. Así son hipócritamente seducidos a obtener ganancias en las apuestas online «prohibidas para menores» o intentar zafar del golpe de la realidad en el escape de las drogas (el alcohol, la más sencilla de acceder). 

  • Bien clarito, Pironio, nos recuerda que «el Señor siempre anunció tiempos difíciles: para Él y para nosotros. Nunca predijo a sus discípulos tiempos fáciles o cómodos. Al contrario, les exigió una opción muy clara por la pobreza, el amor fraterno y la cruz. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”» (Lc 9,25)[11]. Sin embargo, dice, todo esto «queda iluminado con una sola nota de esperanza realista: “Les aseguro que van a llorar y lamentarse; el mundo, el cambio, se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16,20)»[12]. Francisco va a contemplar en María que «la esperanza no es un fútil optimismo, sino un don de gracia en el realismo de la vida (SNC 24)».
  • Toda reflexión sobre la esperanza tiene que empezar por la contemplación de Cristo en su misterio pascual: es allí, en la cruz y la resurrección donde Jesús superó definitivamente los tiempos difíciles. «No vino a suprimir la cruz, sino a darle sentido». 
  • Cuando Jesús —nos recuerda Pironio— quiere enseñarnos a vivir en la esperanza, siempre nos señala tres actitudes fundamentales: la oración, la cruz y la caridad fraterna. «Es la alegría del amor (“amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores”, Mt 5,44), es el equilibrio y la fortaleza de la oración (“oren para no caer en la tentación”, Mt 26,41) y es la serenidad fecunda de la cruz (“si el grano de trigo muere, da mucho fruto”, Jn 12,24)». 

Francisco va a poner la esperanza en el vínculo profundo con Jesús: «Pero Cristo mismo es para nosotros la gran luz de esperanza y de guía en nuestra noche, porque Él es “la estrella radiante de la mañana” (Ap 22,16)» (ChV33). 

Centinelas y profetas de esperanza 

Los jóvenes están llamados en esa esperanza activa y dinámica—hoy diríamos «en salida»— a ser testigos de esperanza ante el mundo de los jóvenes y de los adultos. Profetas de esperanza, va a insistir Pironio, «verdaderos profetas —enteramente poseídos por el Espíritu Santo— de una esperanza verdadera. Desinstalados, contemplativos que saben vivir en la pobreza, la fortaleza y el amor del Espíritu Santo, y que por eso se convierten en serenos y ardientes testigos de la Pascua»[13]. «Que saben comprometerse con audacia, vencer la tentación del miedo y seguir buscando en la noche la claridad de las estrellas. No quedarse maldiciendo las tinieblas, sino tener coraje de encender al menos una luz»[14].

En un mundo donde muchos jóvenes experimentan abandono, precariedad o falta de sentido, Francisco les recuerda que están llamados a algo más grande. No son solo «futuro», como se suele decir; son el ahora de Dios: presente activo. Los jóvenes pueden caer en la trampa de perder la esperanza, de dejar de soñar, de rendirse antes de comenzar. El Señor los llama a ser centinelas del mañana, portadores de esperanza 

La metáfora del centinela evoca una postura vigilante, activa, comprometida. No se trata de una esperanza pasiva, sino militante. De esa esperanza, el beato Eduardo invita a los jóvenes a dar razones: «aunque los momentos sean difíciles y oscuros para nosotros, aunque nos sintamos dolidos, perseguidos, crucificados: la esperanza no es para los tiempos fáciles o claros»[15].Para Pironio, la esperanza no era un discurso, sino una forma de vida. En medio de pruebas, incomprensiones y dolores, su alegría no era ingenua, sino nacida del Evangelio. Siempre unió en su anuncio de Cristo la alegría y la esperanza leyendo a san Pablo (Rm 12,12) en su vida y en su misión. Casi podríamos decir que el cardenal de los jóvenes lo fue porque fue un hombre de alegría y esperanza. 

Los jóvenes, a quienes siempre consideró prioritarios en la misión de la Iglesia, necesitan hoy más que nunca esa esperanza profunda y verdadera que se gesta en el encuentro con Cristo y en la experiencia de la oración. 

Una esperanza que nace, crece y se alimenta en la contemplación. 

La relación entre esperanza y contemplación es explícita. Pironio afirma categóricamente: «Únicamente sabe esperar bien el contemplativo»[16]. La contemplación permite ver la realidad de la vida, incluso sus dificultades, desde la perspectiva de Dios, lo cual es esencial para una esperanza que no sea «un ingenuo optimismo». 

La contemplación —enseña Pironio— no es olvido de la historia ni evasión del presente, de la historia, de los problemas del mundo. Nos hace descubrir el plan de Dios y nos descubre permanentemente a Jesús, «nuestra esperanza» (1Tim 1,1). Como la esperanza supone mucho equilibrio interior, nos dice, porque la ilusión de lo inmediato puede hacernos perder la realidad de lo profundo y la presencia de lo definitivo. La esperanza es eso: gozar anticipadamente de lo futuro. Una esperanza que no se alimenta de la contemplación es un delirio absurdo, veleidad y «puro humo».

Nos animaba en el Encuentro Nacional de Jóvenes (Córdoba, 1985) a tener más reflexión y oración; meditar más la Palabra de Dios, desde el corazón de la Iglesia. «Hace falta una juventud alegre y serena, reflexiva y orante, que ame el desierto y el silencio, que lea y escuche, que medite y rece, que esté en contacto con la naturaleza y que contemple»[17]

Es en la oración donde la cruz «se convierte en esperanza», y puede superarse su escándalo y locura, venciendo el miedo y la desesperación. 

Eduardo Pironio, que tanto creyó en la juventud, nos dejó un legado profético. Su vida, marcada por la cruz y la alegría, nos muestra que la esperanza no es una teoría, sino una experiencia vivida: «Es posible vivir con esperanza, aún en medio de la noche. Basta con mirar a Cristo y confiar».[18] Cristo vive. Y porque vive, todo puede renacer. La oración es el lugar donde esta vida se enciende. Los jóvenes son el terreno fecundo donde puede florecer. Y la esperanza, esa virtud tenaz y luminosa, es la señal de que el Reino ya está germinando. 

«Yo derramaré mi espíritu sobre todos los hombres: sus hijos e hijas profetizarán, sus ancianos tendrán sueños proféticos y sus jóvenes verán visiones» (Joel 3,1). 

Pironio, los jóvenes y los viejos: todos juntos. Francisco: su legado. 

Este pasaje de Joel, que retoma Francisco con aquella hermosa expresión profética de unir los dos extremos de las generaciones los jóvenes y los viejos (JMJ Río, Palabras a los jóvenes argentinos, 2013), expresa con diáfana claridad dos condiciones de la esperanza y, en definitiva, de la vida cristiana. No hay esperanza que no sea juntos, en comunidad, peregrinando de un modo que podamos acompasar el ritmo de los jóvenes y de los ancianos (cfr. ChV 192-201. 299). 

Esa fecunda dinámica de intercambio que genera el Espíritu en el diálogo intergeneracional es esperanza auténtica. Así también pudieron discernir los participantes del Sínodo 2018 que no solo fue kairos y esperanza para las juventudes, sino que además abrió un modo de sinodalidad que impregnó del suave perfume del Espíritu (joven) a toda la Iglesia. 

La conversación en el Espíritu como modo de diálogo y escucha sinodal que crece y se difunde en «grandes» y pequeños espacios eclesiales a lo largo y ancho del mundo y la sinodalización de la Iglesia son, en mi lectura, frutos del Sínodo que se anclan en la pastoral de juventud, en el Sínodo y en las intuiciones proféticas de nuestro querido beato Eduardo Pironio. 

Decía en aquel 1985: «La responsabilidad es particularmente de los jóvenes, acompañados por la sabiduría y la experiencia de los adultos»[19]. Nos invitaba a amar nuestra hora, con sus posibilidades y riesgos. «A todos se nos pide en esta hora difícil y decisiva una actitud inquebrantable de esperanza comprometida y creadora». 

Es todos, todos, todos, nos decía Francisco en Lisboa. «El peor riesgo para la esperanza es la soledad evasiva, el individualismo egoísta. La esperanza es esencialmente un camino comunitario que arranca en la Resurrección de Cristo y acabará cuando Él vuelva»[20], insistía Pironio siempre. Es en comunidad, en la oración y en la cruz donde se descubre, vive y construye la esperanza verdadera. 

«La esperanza es eso: caminar juntos, construir juntos, comunicar juntos, sabiendo que Jesús va haciendo con nosotros el camino»[21].

¿Qué mejor modo de vivir el Jubileo de la esperanza? ¿Qué más clara respuesta al legado de Francisco? 

«También necesitan signos de esperanza aquellos que en sí mismos la representan: los jóvenes. Ellos, lamentablemente, con frecuencia ven que sus sueños se derrumban. No podemos decepcionarlos; en su entusiasmo se fundamenta el porvenir» (SNC 12). 

En estos días de despedida de Francisco: sus gestos, sus palabras, su inagotable parresía tocaron las fibras más profundas de toda la humanidad, especialmente de todos los jóvenes. Pironio y Francisco: ambos vivieron la amistad como un gran regalo de su propia amistad con Jesús y así también la anunciaron como crisol de la esperanza[22]. «A través de los amigos —les decía Francisco a los jóvenes— el Señor nos va puliendo y nos va madurando» (ChV 151). 

 

[1]Ibíd

[2]Eduardo Pironio, Evangelización y liberación, Patria Grande, Buenos Aires, 1977³, pp. 76-78.

[3]Ya nos advertía Alfonso López Quintás en la década de los 90 que hay que saber diferenciar bien entre las experiencias de «vértigo» y las de «éxtasis». Quizás lo comprendemos ahora aún mejor.

[4]Juan Antonio Guerrero Alves sj, Aprender a sentir en Cristo. Aplicar hoy las reglas ignacianas, Sal Terrae—Ágape, Buenos Aires, 2024, p 67. 

[5]Eduardo Pironio, Los laicos y el Areópago moderno de la comunicación, La Plata, 1996.

[6]Eduardo Pironio, Mensaje a los jóvenes argentinos, Córdoba, 1985.

[7]Eduardo Pironio, Meditación para tiempos difíciles, Mar del Plata, 1975.

[8]Ibíd. 

[9]op. cit. Córdoba, 1985.

[10]Ibíd.

[11]op. cit Meditación… 

[12]Ibíd. 

[13]Ibíd. 

[14]op. cit. Córdoba, 1985. 

[15]Ibíd.

[16]op. cit. Meditación…

[17]op. cit. Córdoba, 1985.

[18]Eduardo Pironio, La esperanza no defrauda, Paulinas, Buenos Aires, 1993. 

[19]op. cit. Córdoba, 1985.

[20]Ibid. 

[21]Ibid. 

[22]Jorge Mario Bergoglio, La amistad en el Cardenal Pironio,

https://pironiodigital.com.ar/la-amistad-en-el-cardenal-pironio-por-jorge-mario-bergoglio/ 8