ROMPAMOS LAS ETIQUETAS: HACIA UNA IDENTIDAD COMÚN Descarga aquí el artículo en PDF

Víctor Rivas

vrivasfdz@gmail.com

Como expusimos en los dos anteriores artículos, las etiquetas y los estereotipos nos han acompañado a lo largo de la historia, desde las clasificaciones en tiempos de Jesús hasta los hashtags que dominan las redes sociales en la actualidad. Estas categorías nos ayudan a estructurar la realidad, pero también pueden convertirse en muros que nos separan.

En este último artículo de la serie invitamos a construir una sociedad más justa y humana aprendiendo a recategorizar, a ampliar nuestras categorías y a encontrar aquellas que nos unifican en lugar de las que nos dividen.

El psicólogo Muzafer Sherif propuso una forma de lograrlo mediante la creación de una identidad supraordenada», es decir, una categoría superior que incluya a todos los grupos en conflicto dentro de una nueva unidad. Un claro ejemplo de ello es cuando diferentes personas se unen por un objetivo común que requiere la cooperación de todos, superando sus diferencias iniciales, aun siendo un grupo heterogéneo.

En la actualidad, la humanidad está en un momento crítico. La crisis climática, la desigualdad, la discriminación y la polarización social, entre otros asuntos, nos exigen colaboración. ¿Podemos darnos el lujo de seguir divididos cuando los desafíos que enfrentamos requieren un esfuerzo conjunto?

Para cambiar el paradigma es necesario revisar las etiquetas con las que operamos en nuestra vida cotidiana. Debemos preguntarnos si las categorías que usamos suman o restan, si nos acercan o nos alejan de los demás. Proponemos el establecimiento de la categoría «persona» o «ser humano» como una llamada amplia a la inclusión y la colaboración para afrontar los retos que como humanidad tenemos. Por ello:

  • Persona, una categoría que nos incluye a todos.
  • Persona por encima de la raza.
  • Persona por encima del género.
  • Persona por encima del credo.
  • Persona por encima de la ideología.
  • Persona por encima de la condición económica.

La recategorización no implica negar las diferencias, sino encontrar una base común que nos permita convivir desde la empatía y la colaboración. Si empezamos a ver a quienes nos rodean como parte de una misma familia humana, podremos desmantelar prejuicios y construir relaciones más genuinas.

RELACIÓN DE PERSONA A PERSONA: CONECTANDO CORAZONES SEGÚN CARL ROGERS

Desde mi experiencia terapéutica y de acompañamiento a adolescentes, ha sido clave la figura de Carl Rogers. Desde que experimenté su propuesta en la formación de «Acompañamiento centrado en la persona», con Javier Ortigosa Perochena y Eulalia Gil Ojeda, cambió mi forma de entender al ser humano y las relaciones que establezco.

Este enfoque de relación casa perfectamente con la propuesta hecha anteriormente de la etiqueta «persona» como solución, ya que nos invita a reconocer en cada interacción la humanidad común que compartimos. Relacionarnos de persona a persona significa reconocer la singularidad y el valor inherente de cada individuo, recordando que, al final, todos somos personas. Según el modelo de Carl Rogers, el cambio y la transformación ocurren en un ambiente donde se cultivan una serie de actitudes básicas que propician un encuentro auténtico:

  • Crear un «útero psicológico» implica establecer una relación auténtica, en la que ambas partes actúan con congruencia, es decir, «ser lo que se es» sin máscaras. En una relación terapéutica —y en cualquier encuentro genuino— la congruencia se traduce en autenticidad, sinceridad y transparencia. El facilitador o acompañante se muestra tal cual es, vivo y con sentimientos, abierto a sus propias emociones y dispuesto a comunicarlas cuando sea necesario.
  • Esta autenticidad se complementa con la aceptación incondicional: se trata de brindar un espacio donde la persona pueda experimentar y expresar sus sentimientos sin ser juzgada o manipulada, siendo esos sentimientos parte significativa de su ser.
  • La empatía, por su parte, consiste en la comprensión profunda a nivel emocional del otro, en escuchar el corazón del otro sin mezclar la propia subjetividad, permitiendo que la comunicación fluya de persona a persona. La expresión de esta comprensión empática se vuelve sanadora y crea un vínculo infinito entre ambos, donde la comunicación y el encuentro se transforman en un verdadero puente de conexión.

Tratar de practicar estos principios en nuestro día a día, ya sea en contextos terapéuticos o en el acompañamiento de los jóvenes, nos permite construir relaciones sinceras, donde la autenticidad, la aceptación y la empatía son los cimientos de un encuentro transformador.

JESÚS Y LA TRANSFORMACIÓN DE LAS ETIQUETAS

La propuesta de romper etiquetas y construir una identidad común encuentra un eco profundo en la actitud de Jesús reflejada en diversos pasajes del Evangelio.

En el encuentro con el centurión romano (Mateo 8,5-13), Jesús desafía las barreras culturales y religiosas de su tiempo al reconocer la fe de un extranjero. La respuesta del centurión —«Señor, no soy digno de que entres en mi casa»— nos habla de una humildad que trasciende las divisiones sociales, y Jesús responde con una aceptación incondicional, similar a la propuesta de la psicología humanista sobre la importancia del reconocimiento y la validación en la relación con el otro.

Del mismo modo, en su diálogo con la samaritana (Juan 4,7-26), Jesús rompe los prejuicios de género y nacionalidad. Al dirigirse a ella y pedirle agua —«Dame de beber»—, inicia un encuentro que desmonta barreras históricas y abre paso a una conexión auténtica, alineada con la noción de relaciones de persona a persona promovida por Carl Rogers. En el propio pasaje se hace notar la sorpresa de la samaritana ante el acercamiento y el mismo pasaje aclara el porqué de la sorpresa «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos)». Pero este recordatorio no le impide seguir su acercamiento, sino que le sirve para romper categorías tan fuertes como hombre-mujer o judío-extranjero, que hasta el momento habían sido límites férreos para el pueblo judío.

Pablo, en Gálatas 3,28, proclama que en Cristo «no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús». Esta visión de unidad responde a la idea de identidad supraordenada propuesta por Sherif y refuerza la importancia de superar las etiquetas que dividen. Nos invita a derribar las barreras que nos separan y a reconocernos como una sola familia bajo el amor de Dios.

El mandamiento del amor al prójimo —«Amarás a tu prójimo como a ti mismo»—, (Mateo 22,39) es una invitación a superar las etiquetas y ver en cada persona la imagen de Dios. No podemos permitir que las diferencias humanas sean un obstáculo para la comunión y la fraternidad y no hay mayor recategorización que la de «prójimo», que es la máxima amplitud de categorización, en la que todos entramos.

También la parábola del Buen Samaritano (Lucas 10,25-37) es expresión de esta invitación a trascender etiquetas. Jesús nos muestra que el prójimo no está definido por su origen, sino por la compasión y la acción solidaria. La parábola nos interpela a ver en el otro a un hermano, impulsándonos a desmantelar prejuicios y a actuar con empatía genuina. En esta parábola, el prójimo no es aquel que comparte nuestra raza, credo o estatus social, sino aquel que actúa con misericordia. ¿No es este el tipo de recategorización al que estamos llamados?

Así, la enseñanza de Jesús refuerza la idea de que, al reconocer nuestra humanidad común y trascender las etiquetas, somos capaces de construir un mundo más justo, empático y unido.

PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

Querido acompañante, te invito a reflexionar sobre tu experiencia y las dificultades que encuentras al relacionarte con los jóvenes en el día a día:

  • ¿Cómo puedo ayudar a los jóvenes a verse a sí mismos y a los demás como hijos de Dios antes que cualquier otra categoría social? ¿Cómo puedo fomentar en ellos la práctica del amor al prójimo más allá de las etiquetas?
  • ¿Qué prejuicios personales debo desafiar para acompañar con mayor autenticidad y apertura?
  • ¿Estoy promoviendo espacios donde todos se sientan acogidos y valorados sin importar sus diferencias?
  • ¿En qué momentos siento que me cuesta ser auténtico y mostrarme sin máscaras? ¿Qué factores me impiden actuar con congruencia y sinceridad, tal como lo propone Rogers?
  • ¿Cómo me enfrento a la dificultad de ofrecer aceptación incondicional cuando algún joven expresa emociones o actitudes que me resultan desafiantes?
  • ¿Cuándo encuentro barreras para escuchar verdaderamente, sin interpretar o juzgar, como lo enseña la empatía profunda? ¿Qué recursos necesito para superar esos obstáculos?
  • ¿De qué manera encuentro dificultades para vivir el amor al prójimo, tal como Jesús lo ejemplificó? ¿Cómo puedo inspirarme en el Evangelio para construir puentes en lugar de muros?
  • ¿Qué luz o guía me ofrece la práctica de estos principios en mi función de acompañante? ¿Cómo se reflejan estos valores en mi relación diaria con los jóvenes y en la creación de espacios de transformación?

Que estas preguntas te sirvan como un faro en tu misión de acompañar y conectar con los jóvenes, recordando siempre que, al integrar la autenticidad, la empatía y el amor, estamos construyendo un puente hacia una comunidad donde las diferencias se integran en una sola humanidad.