REALIDAD INSOSTENIBLE PARÁLISIS POR ANÁLISIS O REALISMO A EVANGELIZARDescarga aquí el artículo en PDF
Óscar Alonso Peno
Reconozco que me cuesta echar un vistazo a la realidad que nos toca vivir y en la que estamos llamados a vivir evangélicamente y, solo desde ahí, evangelizar a otros, sin caer en la tentación de la resignación reinante. El mundo, nuestras sociedades, las prioridades, los ritmos, las leyes, el modo deshumanizado de tratar casi todo y a casi todos, la superficialidad en la que se construye casi todo, la velocidad a la que sobrevivimos y la sensación de que el tiempo se nos escapa de las manos mientras nos programamos para ver qué tiempo tenemos para hacer todo lo que tenemos que hacer… no hace fácil una mirada diferente a la realidad.
Ahora, cuando uno dice, escribe y describe lo que ve es acusado casi de inmediato de pesimista, de duro, de que no se acuerda de cuando era más joven, de que así no se construye nada, de que decir ciertas cosas no permite que las personas y sus opciones fluyan, de que ciertos análisis no importan a nadie y de que todo es cíclico, todo tiene su proceso y lo que hay es «lo que hay», sin más.
Pero no creo que esto sea así. Es verdad que hay personas expertas en echarte toda tu vida y tus proyectos abajo con tan solo abrir la boca y, desde su libertad (dicen) decirte lo que piensan. Es verdad que hay gente doctorada en ese pesimismo existencial que no les permite ver más allá de lo que no funciona, no es justo, no me gusta, no me va bien, yo no lo haría jamás así, etc. Es verdad que todos conocemos hombres y mujeres que no necesitan ningún análisis: de serie ya vienen capacitados para ver la mota en el ojo ajeno, aunque la viga del propio sea de dimensiones ciclópeas. Es verdad que los medios de comunicación, la inmensa mayoría de los medios de comunicación, de modo especial los informativos, se han especializado en mercadear con la desgracia, las atrocidades, las catástrofes y los horrores de una humanidad sin un plan, incapaces de dar una buena noticia a no ser que sea de un felino salvado de lo más alto de un edificio o de una rocambolesca lista de hechos adversos que, a pesar de lo previsible, acaba por no matar al protagonista.
Y, sin embargo, creo que el análisis de la realidad es de obligado cumplimiento. Somos hijas e hijos del Concilio Vaticano II, ya muy lejano (casi desconocido para muchos), pero allí se nos invitó, tal y como lo hizo la Iglesia, a leer y responder a los signos de los tiempos. Y los signos de los tiempos no nos los pueden servir en bandeja los ricos de turno, los influencers de moda o los youtubers que más cobran.
El papa Francisco hizo este análisis de la realidad actual: maltrato de la Tierra, bolsas de pobreza, dignidad humana y derechos humanos vulnerados, injusta distribución de los bienes y esclavitud, hambre, emigración y xenofobia, discriminación de la mujer, dignidad humana y derechos humanos vulnerados, abandonados y excluidos, guerras inhumanas e injustas, nacionalismos rabiosos y terrorismo, atentados contra la vida, capitalismo y neoliberalismo en entredicho, libertad de mercado y especulación… Todos ellos, motivos para la desesperanza en un mundo desgarrado, roto y sin horizonte.
Por supuesto que podemos coger este análisis e ir contrarrestando cada uno de sus datos con otros que lo justifican, lo comparan con tiempos anteriores mucho peores o que, sencillamente, nos muestran que «la vida es así».
En primer lugar, desde luego, lo que de ningún modo deberíamos hacer es negar la realidad y el balance final de la realidad, como leía hace unas semanas, «es catastrófico: globalmente nuestro tiempo es insostenible. Nuestro tiempo ya no es el de la posmodernidad, sino el de la insostenibilidad».
Y, en segundo lugar, tampoco hemos de dejar que los análisis de la misma nos paralicen. La denominada «parálisis por análisis» no debería estar entre nuestras opciones. A lo que creo que sí que se nos invita es a ejercitar y tener una mirada contemplativa de la realidad. Una mirada que, sin dejar el realismo de lo que hay, es decir, el realismo de lo que somos y de cómo vivimos, posibilite que la esperanza cristiana no se dé por amortizada, arrastrada por la crisis de la esperanza histórica que nos prometía todo el bienestar, toda la paz, toda la conquista de derechos, toda la libertad y esa visión prometeica del ser humano que no ha llegado y que carece de raíces fuertes que sostengan ese gran árbol de los deseos humanos de todos los tiempos.
Esa mirada contemplativa de la realidad ha de posibilitar que nuestra pastoral juvenil no solo atienda, trabaje, evangelice y acompañe a los jóvenes de nuestro tiempo, sino que debe procurar los elementos y herramientas necesarias para que nuestros jóvenes aprendan a leer la realidad (no a aguantar lo que haya), aprendan a extraer de la misma todo lo bueno, lo bello y lo justo (no solo lo que nos dicen que se lleva) y aprendan a desentrañar esperanza en un mundo plagado de esperas que jamás se colman y que siempre son sobrepasadas por nuevas esperas, siempre dependientes de nosotros.
La esperanza para los cristianos no es una espera optimista de que algo ha de ocurrir, sino que es una persona, con una historia, con un proyecto, con gestos, palabras y acciones concretas. La esperanza que sostiene ya compaña la mirada contemplativa de la realidad se llama Jesús de Nazaret. A ella debemos conducir todos nuestros esfuerzos y nuestros anuncios, todas las nuestras energías y todas nuestras estrategias.
Desde esta esperanza, la realidad (contemplada con un realismo posibilitante) es objeto de evangelización. Solo si contemplamos evangélicamente la realidad podemos, desde el Evangelio, dar respuesta en cada momento a los retos y desafíos de la misma, tal y como hizo el Señor Jesús.
En este sentido, creo que…
1.La pastoral juvenil debe ayudar a los jóvenes a leer la realidad en su totalidad, sin recortes, sin omisiones, sin optimismos reduccionistas o facilones, sin justificaciones ni reduccionismos. El Evangelio nos invita a caminar tras el Maestro, nunca delante de él, sino detrás, aprendiendo su modo de proceder, siempre interesado por el bien de aquellos con los que se encontraba.
2. La pastoral juvenil debe acompañar la lectura que los jóvenes hacen de la realidad desde la contemplación de la misma: en ella hay algo que requiere de nuestra capacidad de contemplar todo lo humano (y lo inhumano) para poder llevarlo a la oración, a la acción y a la transformación.
3.La pastoral juvenil debería ser experta en esperanzar el mundo juvenil. Hay demasiada angustia, demasiado vacío, demasiada amargura demasiada desazón, demasiada ansiedad, demasiada depresión… en un mundo en el que lo tenemos todo a disposición y lo que no hay te lo sirven en unos segundos.
4.La pastoral juvenil debe promover y ejercitar una mirada contemplativa, de modo especial, a la realidad sufriente, la que no interesa ver, la que forma parte del descarte, esa que se nos intenta vender como un mal menor de nuestro tiempo, esa que tiene sometida a las tres cuartas partes de la humanidad. Debemos ser expertos en contemplar evangélicamente esa inmensa realidad de tantos millones de personas que «mueren de esperanza» y dejar que nos descentre y nos desinstale de nuestra fe occidental, bien estructura y cumplidora, pero a veces bien alejada de la misión de los discípulos del Señor Jesús.
5.La pastoral juvenil ha de invitar a que los jóvenes, cuando proceda dentro de su itinerario de crecimiento en la fe, realicen su proyecto de vida, sean acompañados y descubran en todo el proceso la presencia esperanzada del Señor Jesús, ese que nos llama constantemente a no dejar las cosas como están, a no dejar la realidad como se nos presenta «porque no hay nada que hacer» sino a involucrarse en ella porque los cristianos somos fermento de esperanza en la masa.
6.La pastoral juvenil ha de procurar que los jóvenes lean el Evangelio y en él descubran los motivos de esperanza del proyecto del Reino. Sin esperanza, el mensaje de Jesús carece de sentido. Sin esperanza, la fe y la caridad terminan por ser palabras vacías, generando cumplimientos a los que nos acomodamos, pero no la metanoia a la que somos llamados todos en nuestro compromiso de mejora del mundo.
7.La pastoral juvenil podría evaluar su andadura en movimientos y comunidades preguntándose cuánta esperanza genera en los miembros de los grupos y cuánta esperanza han sido capaces de contagiar en sus círculos de relaciones más cercanos. El éxito de la pastoral juvenil no es (solo) que haya muchos jóvenes, no es que vayan todos a misa, no es que participen todos en las convivencias, en los campamentos o en la adoración de los jueves, el éxito más importante es si esos jóvenes viven en la esperanza del Señor Jesús y sin son capaces, con el testimonio de su vida, personal y comunitaria, de esperanzar a otros, de hablarles con la vida de que somos hijos e hijas de una Promesa.
8.La pastoral juvenil debe ayudar a los jóvenes a orar lo contemplado y a orar con lo contemplado. Debemos silenciar mucho ruido que nos acompaña desde que nos levantamos por la mañana y posibilitar espacios de silencio y oración de calidad. La realidad contemplada y orada mueve las entrañas, moviliza al corazón y genera compromiso. Una pastoral juvenil en la que la oración es solo algo más de todo lo que hay, termina por ser infecunda y por estar a lo que toque en cada momento.
9.La pastoral juvenil debe trabajar las tres virtudes (fuerzas) fundamentales: la fe, la esperanza y la caridad; de modo especial este año jubilar estamos invitados a trabajar la esperanza, no como turistas, no como un tema más de la programación, sino como peregrinos, abiertos a las sorpresas del camino, dispuestos a compartir travesía y en ella vivirlo todo desde el Señor.
10.Por último, la pastoral juvenil debe acompañar a los jóvenes a celebrar con hondura la Eucaristía —memorial, sacrificio, fracción del pan, comunión y acción de gracias—, centro y culmen de la vida cristiana, fuente inagotable de esperanza para todos, mesa compartida en medio de la realidad del mundo y envío comprometido y esperanzado en nombre del Señor Jesús. Enamorarse del Señor solo es posible si nos sentamos con él a la mesa y celebramos la vida, toda la vida, en él.
Ojalá la celebración de este Año de Gracia, de este Jubileo de la esperanza nos ayude a todos a redescubrir con hondura y profundidad las raíces de esa esperanza que no defrauda, de esa esperanza que, como leemos en la carta a los hebreos «…es para nosotros como ancla del alma, segura y firme» (Hb 6,18b-19). Ojalá nos aferremos a ella y nos ayude a ser Evangelio en esta realidad que se antoja insostenible pero nunca imposible.

