Iñaki Otano

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo que enviará al Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.

La paz os dejo, mi paz os doy: no os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: ‘Me voy y vuelvo a vuestro lado’. Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo. (Jn 14, 23-29).

Reflexión:

Jesús subraya la línea del amor como guía de la vida de sus discípulos: El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. La misma obediencia a su palabra no tiene que ser porque está mandado sino porque se le ama.

          Una vida de fidelidad a este amor, como en todo amor, supone lucha. A veces incluso hay que agarrarse al compromiso y a la obligación para no traicionar el amor primero. Los primeros cristianos decían que el cristiano es un atleta porque se esfuerza en vivir coherentemente el seguimiento de Jesús.

          Pero se mantiene la convicción de que el evangelio es ante todo una buena noticia. Por eso, una ley angustiosa que nos exija imposibles o que produzca temor o miedo, no es una ley cristiana. Estamos amorosamente invitados a escuchar a Jesús que nos llama a ser felices. En la vivencia de la fe y en toda educación religiosa, el anuncio de la buena noticia debe ir siempre antes que la exigencia.

Dice Santo Tomás de Aquino que “Dios no se siente ofendido por nosotros, si no es porque actuamos contra nuestro propio bien”. La causa del hombre es la causa de Dios. Por tanto, la lucha de cada día no es para cumplir servilmente las ocurrencias de un amo caprichoso o terrible sino para hacernos más humanos, para conquistar la auténtica libertad. Pablo decía: “Cristo nos ha liberado para que seamos libres” (Gál. 5,1). El hecho de seguir a Jesús no constituye una ley pesada sino un camino de liberación.

La ley me tiene que ayudar a ver cuál es el camino de la humanización y la libertad para todos, lo que sería muy difícil y laborioso descubrir sin esa guía. Al mismo tiempo, la verdadera libertad no consiste en hacer siempre lo que a uno le viene en gana sino en el coraje de mantenerse fieles en el camino del bien y de la verdad, pase lo que pase. Así fue libre Jesús. Y, por otra parte, la única libertad es la libertad solidaria, no la libertad al margen de los demás. El principio de responsabilidad es anterior al de la libertad individual.

Según Jesús, el que nos recordará lo que debemos hacer no será un castigador sino el Defensor. Lo que nos enseñe y recuerde el Espíritu Santo será para defendernos, para ayudarnos a vivir y a convivir, no para angustiarnos. Jesús quiere nuestra paz, que no tiemble nuestro corazón ni se acobarde.