Joseph Perich
Rilke, el poeta, vivió un tiempo en París. Todos los días iba, acompañado de una amiga francesa, a la Universidad y recorría una calle muy concurrida. En una esquina de esta calle estaba siempre una mujer pidiendo limosna a los que pasaban. La mujer se sentaba siempre en el mismo sitio, inmóvil como una estatua, con la mano extendida y los ojos fijos en el suelo. Rilke nunca le daba nada, pero su acompañante le daba frecuentemente algunas monedas. Un día la joven francesa le preguntó extrañada al poeta:
-¿Por qué no le das nunca limosna a la pobre mujer?
– Debemos llegar a su corazón, no a sus manos. –Respondió el poeta.
Al día siguiente Rilke llegó con una espléndida rosa recién abierta, la puso en la mano de la mujer e hizo ademán de marcharse. Entonces ocurrió lo inesperado: la mujer alzó los ojos, miró al poeta, se levantó a duras penas del suelo, tomó la mano del hombre y la besó. Después se marchó apretando la rosa en su seno.
Durante una semana nadie la vio. Pero ocho días después, la mujer, silenciosa e inmóvil como siempre, estaba de nuevo sentada en la misma esquina de la calle.
-Durante todos estos días en que no ha recibido limosnas, ¿de qué habrá vivido la pobre mujer?, preguntó la joven francesa.
– De la rosa, – respondió el poeta.
REFLEXIÓN:
Como un relámpago, la fiesta de la «Rosa y el Libro» se ha eclipsado. Un oasis de frescura, en medio de un día laborable, que nos recordaba la vertiente más humana y gratificante de nuestro vivir.
Si por las fiestas de Navidad solemos estirar más el brazo que la manga en la compra compulsiva de valiosos o sofisticados regalos, por San Jorge parece como si, por unos momentos, se desinflara el globo de la competitividad, la cantidad, el presupuesto…y en cambio optara por una escala de valores alternativa: la ternura, el ser o hacer feliz con muy poco, esa mirada o mano amiga tras la rosa o el libro…
Los momentos de crisis o incertidumbre siempre pueden ser vividos como una oportunidad para plantearnos si estamos resbalando por la pendiente del precipicio o estamos a tiempo para reconducir lo que somos y hacemos por caminos más gratificantes. Cuando sientes las sirenas de alarma en el sector de la construcción, de la violencia doméstica, de la inmigración, del aumento del hambre en el tercer mundo,… ¿no es cómo para pararnos, y entre todos, dar un golpe de timón? ¿Qué tipo de país queremos? ¿Unos campos y unos bosques picados por carreteras, trenes, líneas de alta tensión, autovías, tuberías, trasvases…? ¿Unos pueblos y ciudades cada vez con más población, más asfalto, más contaminación, más hipotecas, más consumo, más estrés…? ¿Y aún tendremos la temeridad de creer que este es el modelo para que los países más pobres puedan levantar la cabeza?
Afortunadamente muchas voces se están levantando para reclamar que sepamos reducir las ganas de tener y de gastar dinero, aprendiendo a ser felices con menos y dedicarnos a disfrutar de unas relaciones familiares, vecinales y parroquiales satisfactorias, pudiendo asumir mejor a los enfermos y ancianos en nuestro país, fomentando la creatividad personal y colectiva, dedicando tiempo al mundo del espíritu y de la lectura…
¿Tendremos el coraje de renunciar a muchos lujos que nos anestesian para crecer en calidad de vida humana? Por ejemplo, he tenido un sueño muy ingenuo: todas las Primeras Comuniones se celebraban el día de San Jorge, después de la escuela y del trabajo de los padres. El único regalo era una rosa con espinas y el libro del evangelio. Eso sí, la luminosidad interior de los asistentes irradiaba en su mirada, las expresiones de afecto,… se traducía en la alegría de un compartir desconocido.
El poeta Rilke (y no creo que fuera por San Jorge) con una simple rosa empapada de ternura fue capaz de levantar de la postración a una indigente y desconcertar a su compañera. No dejemos morir la rosa que nos han regalado o hemos regalado. Mimemos cada día los pequeños detalles de los unos hacia los otros. No esperemos al próximo San Jorge, a diario cada uno puede convertirse en una «rosa» o un «libro» para los suyos.
La utopía de Jeremías podemos hacerla realidad: «Cambiaré el duelo en días de fiesta, vivirán como los huertos empapados de agua» (Jr 31).

