¿EL DERECHO A SER COMO SOMOS EXISTE? Descarga aquí el artículo en PDF
Hna. Inmaculada Luque
hna.inmaculada@monasteriodelaconversion.com
Me pregunto esto porque el otro día, discutiendo yo con Natalia, una persona de confianza, llegamos a un punto de la conversación donde me espetó: «Bueno, pues yo soy así, he sido así toda la vida y posiblemente eso no vaya a cambiar. Así me quiere Dios y así me tenéis que querer», y así zanjó la conversación y desapareció, digna y satisfecha. Y allí me dejó plantada a mí y a toda posibilidad de explicarnos para entendernos mejor, de aprender a querernos también en las múltiples dificultades que plantea la convivencia. «¡¡¡¿Así te quiere Dios?!!! Pues vaya cutrerío la forma en la que crees que Dios te ama», fue lo primero que pensé. O sea, si Dios te dejara tranquilo y satisfecho con todo lo que eres, lo que haces y lo que sientes, apaga y vámonos. Eso ni es amor ni es ná.
Vaya por delante que Dios nos ama tal como somos. Y esto, a pesar de que siempre lo decimos, en las catequesis, en la predicación de nuestra fe, en cada Credo que confesamos, a pesar de lo mucho que lo hemos escuchado y dicho, aun así, tenemos que seguir creyéndonoslo todos los días. O, mejor dicho, el camino de la fe, se podría decir, es el camino de descubrir que soy amado, que mi existencia entera es abrazada por el amor del Padre. Y en cada etapa de la vida, en la que cambio yo, cambian los demás y cambian las circunstancias, ahí volver nuevamente a experimentar que soy amada. Así la fe madura, se profundiza, y Él va haciendo historia conmigo, y yo me voy convirtiendo cada día más en una creyente verdadera. Pero no solo eso, también en las crisis personales, donde la misma imagen de Dios tiembla, o en la experiencia de pecado, ahí es donde el Espíritu se hace fuerte en nosotros. Y sopla en mi corazón, y es capaz de pronunciar abbá, y volver a decir en mi corazón: «tú tienes un Padre, y eres, hagas lo que hagas, vivas lo que vivas, una hija amada». Esta es la experiencia más importante de la vida, la que la funda, la sostiene, la orienta, y explica todos los nudos de la vida que nosotros solos no llegamos a entender, ¿la habéis tenido? Si respondieras que no, ¡tienes que escucharle!
Es decir, yo soy amado tal como soy y estoy. No ama un ideal abstracto de mí y que no existe, sino lo que soy hoy realmente en mi carne, con las preocupaciones reales, los pecados y límites, los pensamientos, las relaciones, los deseos y la historia que tengo. Y entiendo por historia mi parte más luminosa y la más oculta a otros o difícil de entender para mí. Esa parte de mi historia que tanto me cuesta ver como una historia de salvación. Pues en todas esas experiencias que me construyen y me habitan, Dios me ama.
Pero dicho esto, que es la experiencia más alegre de la vida, ¿eso es todo lo que tengo que decir del amor de Dios? ¿Que me ama y ya está? ¿Y Él, que la ama de verdad, deja a Natalia abandonada a sus impulsos? ¿La deja feliz en sus maneras equivocadas de amar, incluso la deja a merced de las heridas que han tallado el corazón? ¿Esas que a veces provocan esa inferioridad de la que nos defendemos, o esa envidia que transformamos en distancia o en ira? ¿Nos deja quien nos ama a merced de nuestros errores, de nuestra falta a veces de educación en el mundo interior, desconocedores de nosotros mismos? O, incluso, ¿un Dios que la ame tal cual va a querer que ella no sea capaz de amarse bien a sí misma y a las personas con las que se relaciona? No, ¡eso sería pensar muy mal del amor de Dios, creerlo muy raquítico!
El que nos ama de verdad acoge todo lo que somos y lo abraza, pero sabe que en nosotros se esconde todavía una versión mejor. Bajo la mirada de amor de Dios, y en la relación con él, descubrimos que nosotros no somos ni nuestro pecado, por inconfesable que sea, ni somos nuestra herida, ni nuestro límite ni nuestra historia. Ninguno de esos dice la verdad sobre nosotros, por eso Dios va a esperar siempre, humildemente, la mejor versión de nosotros. Su amor nos invita a crecer, y eso tantas veces pasa por quitar pequeñas o grandes trabas que retienen a nuestro corazón. A quitar los velos sobre nosotros mismos, sobre nuestra historia, a iluminar bien lo que deseamos y lo que nos ha faltado, que tantas veces tiene que ver con nuestra capacidad de amar. Su amor fundante nos impele a amar mejor y ser más libres, a crecer, madurar, y vivir más plenamente, sin complejos ni esclavitudes que nos atrapen en lo cotidiano.
Este es el amor que puede orientar mejor este tiempo de Cuaresma, y esa es también, creo, la conversión que Él nos pide, orientar nuestra vida a Él, esa concreta que vivimos, no la que querríamos vivir en un mañana ideal. Descubrirnos profundamente amados es lo que provoca el cambio, el deseo de crecer, y dejar atrás los lastres que, en el día a día, experimentamos que nos quitan la vida en lugar de dárnosla. Esto es lo que nos permite ver al otro, acercarnos sin amenaza ni desconfianza y acudir también a su necesidad. Pues aprovechemos esta Cuaresma porque, en el fondo, Natalia somos todos.

