FE EN FAVOR DE LOS DERECHOS DE LOS EXCLUÍDOSDescarga aquí el artículo en PDF
Margarita Benedicto
CRISHOM raul.pg@crismhom.org
El cristianismo es una religión de en-carnación. Si Dios ha querido ser el Emmanuel, el Dios con nosotros, el Dios hecho carne, no es para que
nosotros pensemos ahora en desentender-nos de todo y refugiarnos en una salvación que no es una salvación de esta tierra y para esta tierra. La salvación se juega entre las cosas de este mundo, en el bien y en el mal que acogemos en nuestros corazones y que luego somos capaces de poner en todas las actividades a las que nos entregamos. Jesús dice “No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del maligno” (Jn 17, 15) Y el Papa Francisco en su Evangelii Gau-dium, cuando habla de lo que él llama “Igle-sia en salida” nos repite “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (Ev. Gaudium nº49)
El mundo está lleno de “no lugares”, de terrenos difíciles que no nos gusta pisar, de personas heridas, maltratadas por la vida, con rostros desfigurados y conductas a ve-ces alejadas de nuestros estereotipos biem-pensantes. Como cristianos no hemos sido llamados a habitar entre esas “gentes de bien” de los que hablan algunos, sino en las mismas fronteras en las que ejerció Jesucris-to su ministerio sanador (lepra, prostitución, locura, ceguera, paganismo)
A esas fronteras debe el cristiano de hoy estar dispuesto a acercarse para proclamar el amor de Dios. Nuestras sociedades están
llenas de fracturas y exclusiones: inmigrantes “sin papeles”, trabajadores precarios, colas del hambre, mujeres que se prostituyen, per-sonas LGTBIQ+ estigmatizadas y señaladas como pecadoras. Nuestro amor, que tiene que ser un amor encarnado, debe llevarnos no solo a comprometernos en actividades asistenciales, sino a una lucha política por los derechos de todos los excluidos.
Y me gustaría proponer aquí el ejemplo de un gran desconocido, pero que fue un inmenso hombre de fe: el ciudadano norteamericano y blanco John Howard Griffin, nacido en 1920, que en su primera juventud marchó a Francia y allí, viéndose envuelto en la ocupación nazi, no dudó en comprometerse en la salvación de los judíos poniendo en peligro su vida y más tarde en combatir en la guerra del Pacífico junto a los aliados, lo que le llevó a perder la vista. Griffin fue también un hombre de oración y un gran místico, estudioso del canto gre-goriano y amigo y biógrafo de Thomas Merton. Después de recuperar la visión al cabo de 10 años, de una forma casi milagrosa, se involucró en la defensa de los derechos civiles de la población negra y escribió su libro más famoso “Negro como yo”, una crónica de su viaje por los estados racistas del Sur en los años cincuenta, cuando imperaba en ellos la segregación racial más estricta, después de haber ennegrecido su piel con productos químicos, un auténti-co ejercicio de encarnación que le llevó a sufrir humillaciones y penurias sin cuento durante el viaje y persecución y palizas de sus conciudadanos blancos después de publicarse su libro.
Personas como John Howard Griffin pueden ser un revulsivo para nuestras vidas de fe espiritualistas y comodonas.
PREGUNTAS
- ¿Tu vivencia de la fe cristiana te ha llevado o te lleva a comprometerte en causas sociales? ¿Cuáles? ¿Por qué?
- ¿Crees que es importante para un cristiano el compromiso político? Difi-cultades, retos,
- ¿Crees que la mayoría de los cristianos de tu entorno están activamente comprometidos con el mundo en cuanto cristianos? Si no es así ¿por qué?

