La canción de Dios Descarga aquí el artículo en PDF
Mª Ángeles López Romero
@Papasblandiblup
El año 2025 terminaba y el 26 comenzaba en la televisión, como siem-pre, con interpretaciones musicales actuales o nostálgicas. O las dos cosas a la vez, como ocurría con la actuación de la nueva Oreja de Van Gogh que vuelve a ser como la antigua Oreja de Van Gogh, con Amaia
Montero como cantante, en lugar de quien la sustituyera en el puesto desde 2007 a 2024: Leire Martínez. A saber si en unos años volverán a intercambiarse lospapeles.
Pero de momento,poco antes de que nos comiéramos las uvas, el grupo nuevamente presidido por suantigua vocalista,estrenó para los televidentes de La Primera un nuevo single titulado “Todos estamos bailando la misma canción”.
Las redes sociales, que descuartizaban la canción al momento para posicio-narse a favor o en contra y destripar sus posibles secretos ocultos, se hicieron eco de inmediato del tono espiritual que parece esconderse detrás. “Yo creo en Dios”, llega a decir la letra por boca de Amaia enfundada en un voluminoso abrigo blanco. Para puntualizar de inmediato, eso sí, que lo hace a su manera.
Los analistas culturales suman la propuesta explícita de La Oreja a la del nuevo disco de Rosalía, sus estilismos que se asemejan a hábitos religiosos y hasta al contenido de la película de Alauda Ruiz de Azúa “Los domingos”. Todo ello, para afirmar que vuelve la Religión.
¿Y vuelve? Me temo que se vuelve a confundir el tocino con la velocidad. En primer lugar porque, ¿cuándo se fue la Religión de nuestra sociedad? Aunque en descenso, y con notable envejecimiento, cada domingo, las parroquias de toda España acogen a fieles que celebran la eucaristía en comunidad. Cada se-mana estas mismas parroquias acogen a niños y jóvenes que se preparan para recibir la primera comunión o el sacramento de la confirmación asistiendo a catequesis. Siguen funcionando los despachos de Cáritas que atienden a los más desfavorecidos, los colegios religiosos y las delegaciones de Manos Uni-das, por poner solo algún ejemplo. Cada día, millones de personas elevan des-de lo más íntimo de su ser sus plegarias a Dios. Y otras muchas se acuerdan de hacerlo en aquellos momentos en que sienten que les falta la tierra bajo sus pies porque ha enfermado un familiar o están viviendo una crisis personal de cualquier tipo.
¿Quién soy yo para decir qué es verdadera Religión y qué no? Nadie puede hacerlo. Pero me preocupa que acabemos convirtiendo la Religión en un pro-ducto de diseño más que vuelve al mainstream como parte de esa hambre insaciable de consumo que alimenta el sistema, y que necesita renovar perma-nentemente el catálogo de consumibles, como una fase más de la periódica obsolescencia programada de “lo que se lleva”. No importa que hablemos de espiritualidad o del ancho de las perneras de los pantalones.
Y me preocupa también que confundamos emotividad con fe. O que mez-clemos bajo el paraguas de la Religión teorías esotéricas, cuánticas y psicoló-gicas a lo “Stranger Things”. Respetando las creencias de cada cual, no diga-mos que creer en “Interstellar” significa que vuelve la Religión. Da igual que lo pregone con sus canciones Amaia, la mediática Rosana, o el nostálgico grupo aspirante a comunidad religiosa Hakuna. Creer en Dios va mucho más allá de emocionarnos con una canción.
A mí, si me lo permiten, que no me hablen de Dios si no se le reconoce en el prójimo, en las personas migrantes, en las víctimas de cualquier violencia, de cualquier pobreza. Que no me canten a Dios si no es un Dios encarnado que compromete a dar de comer, a arropar, sanar y acompañar. Que no me lo “vendan” si, parafraseando a La Oreja, no bailamos juntos, sea con la canción que sea. La religión nunca puede interpretarse en solitario. Si te venden lo con-trario, desconfía.

