Me detengo un poco en la primera lectura de este domingo. Me gusta que se anuncie que Jesús nacerá en Belén, que es una ciudad de las más pequeñas de Judea. Se dice explícitamente que, aunque sea pequeña, de ahí vendrá la salvación y la luz. También el rey David, el mejor de los reyes que un judío pudiera recordar, había sido el más pequeño de casa, y además pastor.
Sí, se nos habla también de que pastoreará con la fuerza del Señor. El mundo de entonces estaba tan mal como ahora, no lo dudéis. Miqueas habla en un momento tremendo: su mensaje estaba dirigido en particular a los terratenientes codiciosos y opresivos (2:1-5), quienes apoyaban a los líderes políticos y religiosos corruptos de Israel que habían llevado a la nación a la decadencia moral. Hay mucha corrupción y egoísmo. Necesitan que alguien pastoree con fuerza. Y nacerá de Belén, la casa del pan.
¿Necesitas un pastor? ¿Lo necesitamos como sociedad? ¿Qué necesitamos en realidad? ¿Necesitamos un buen político? Nos está salvando el poder de los políticos, de los gobiernos ¿Mejores científicos? ¿Lo puede todo la ciencia, con todo lo importante que está siendo? ¿Tiene la solución a todos nuestros males? ¿Grandes filósofos? ¿No vivimos hoy en tiempos donde parece que no creemos en ninguna gran verdad? ¿Qué necesitamos entonces?
Vivimos tiempos difíciles, de pandemia, de desigualdad, de cambios bruscos… ¡cómo agradeceríamos alguien que nos guiase por las cañadas, por muy oscuras que fueran, y nos hablase de las fuentes tranquilas y los pastos verdes que hay más arriba, más allá de nuestras comidas basura. Alguien que caminase delante de nosotros, que nos diera ejemplo.
No sé qué tal ovejas seamos. El pastoral tendría que estar a la altura de nuestras expectativas: libertad, paz, justicia, fraternidad… ¿Los hay? ¿Los vemos a nuestro alrededor?
El Evangelio nos da la respuesta. Ese pastor que necesitamos es Jesús.
Me explicaron una cosa curiosa del texto de la visitación: que María, llevando en su seno ya a Jesús, se pinta aquí como el arca de la alianza, y que igual que el rey David bailó alegre delante de ese arca que contenía la ley de Moisés cuando la colocaron en lo alto de la ciudad, así también Juan Bautista, dentro de Isabel, está dando saltitos de alegría delante de Jesús.
Y es que Jesús es la nueva ley, la fuerza, la promesa, la esperanza.
Me detengo ahora en la escena de estas dos mujeres que no paran de reírse con una alegría profunda, como Sara la mujer de Abrahám se había reído de los ángeles que le anunciaban que tendría un hijo. Pero ya el hijo estaba ahí en el seno de la estéril. Dios cumple las promesas.
Se contarían sus historias. Isabel la historia de sus esterilidades. Y cómo en mitad de las esterilidades había surgido la vida, igual que de un tocón viejo de un árbol podía brotar un renuevo de vida. Los que somos ya mayores podríamos hacer como Isabel, contarle a alguna buena amiga nuestras esterilidades, y sentir que no son impedimento para que Dios siga trayendo al mundo la luz. Piensa en ello. Qué ha muerto en ti, qué sientes que no funciona, que no da vida, porque igual ese es el resquicio que Dios quiere aprovechar para llenarte de vida. No es por los lados de tus fortalezas que Dios nace, sino más bien al revés.
Y la otra gran cualidad de Isabel es que reconoce. Bueno, primero lo hace su Juan dentro de su vientre, dando saltos. Isabel sólo interpreta que aquella María sonriente, servicial, que ha llegado a su casa para servir, es también portadora de esperanza, de Jesús. ¿Sabemos reconocer a Jesús cuando va llegando a nuestra casa, aún sin verlo, como Isabel?
Lectura de la profecía de Miqueas (5,1-4):
Esto dice el Señor:
«Y tú, Belén Efratá,
pequeña entre los clanes de Judá,
de ti voy a sacar
al que ha de gobernar Israel;
sus orígenes son de antaño,
de tiempos inmemorables.
Por eso, los entregará
hasta que dé a luz la que debe dar a luz,
el resto de sus hermanos volverá
junto con los hijos de Israel.
Se mantendrá firme,
pastoreará con la fuerza del Señor,
con el dominio del nombre del Señor, su Dios;
se instalarán, ya que el Señor
se hará grande hasta el confín de la tierra.
Él mismo será la paz».
Lectura del santo Evangelio según San Lucas (1,39-45):
En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a un a ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».
Palabra de Dios
