A Jesús le llamaban “el nazareno”. En Nazaret transcurrió su infancia y allí desarrolló su actividad laboral y social antes de su vida pública.
Pero ser de Nazaret, para los contemporáneos de Jesús, no es ningún timbre de gloria, sino todo lo contrario. Era un pueblecito de unos 500 habitantes, en que predominaban los que constituían la clase social de los “despreciables” o “prescindibles”, llena de delincuentes, criminales, mendigos y de los que se veían obligados a vivir de la caridad pública. Jesús era artesano.
De las mujeres nazarenas se decía: “A quien Dios castiga, le da por mujer una nazarena”. En el evangelio, cuando a Natanael, que llegaría a ser discípulo de Jesús, le proponen agregarse al grupo de seguidores, recoge el sentir de la gente diciendo: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”. Ser nazareno parecía una rémora en la proclamación de la Buena Noticia.
En esta escena evangélica Jesús se encuentra en la sinagoga de Nazaret, en medio de sus paisanos. Estos al principio lo ven muy bien, admiran sus palabras. Acababa de decir que había sido enviado para anunciar la Buena Noticia, para liberar a los necesitados.
Pero exigen un milagro. Jesús no les da el signo que piden porque la fe en él no puede estar supeditada a hechos extraordinarios.
Los cristianos nos sorprendemos muchas veces en la misma actitud que los habitantes de Nazaret. Quisiéramos que Dios mostrase su existencia y su poder mediante prodigios. Es, en el fondo, la vieja tentación de que Dios se subordine al pequeño mundo de nuestras expectativas, de nuestras ambiciones, de nuestras vanidades o pasiones. Es la tentación de exigir que Dios esté a nuestro servicio, en lugar de ponernos nosotros al servicio de Dios. El mayor prodigio de Jesús el nazareno fue precisamente renunciar a todo alarde de poder y envanecimiento personal. Sus discípulos no debemos buscar un Dios milagrero, que deslumbre y aplaste con sus prodigios a los que no piensan como nosotros. Es un Dios que se manifiesta ante todo en los sencillos y en la sencillez de cada día,
En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: “¿No es este el hijo de José?”
Y Jesús les dijo: “Sin duda me recitaréis aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’: haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”. Y añadió: “Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán el sirio”.
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y levantándose lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba. (Lc 4,21-30).

