SILENCIO, LA JUVENTUD MEDITA  Descarga aquí el artículo en PDF

Pablo d´Ors

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19 horas de domingo en la calle Mirto de Madrid; varios voluntarios jóvenes disponen en silencio y con gran pulcritud los banquitos de madera de la sala de meditación donde, en unos instantes, se reunirán con el resto de sus compañeros meditadores. En el centro del espacio, un icono de la Trinidad de Rublev iluminado preside la sala y anuncia con su significado y sencillez —porque todo lo espiritual es sencillo— la profundidad espiritual que se vivirá durante una hora y media, el tiempo que dura este seminario de silencio; se trata del primer grupo en España de jóvenes meditadores de Amigos del Desierto, asociación privada de fieles que el espíritu me dio el privilegio de fundar y que hoy cuenta con once años de andadura.

En 2024 tienen lugar los dos primeros retiros de iniciación de jóvenes con más de sesenta participantes y —tras estas dos experiencias y una magnífica acogida— se crea por fin en Madrid el primer seminario joven de silencio. Consideramos el desierto como una metáfora de la interioridad y, aunque el meditador en su actitud contemplativa suele ser un ave más bien solitaria, resulta arriesgado transitar el desierto en soledad y, por ello, necesitamos volar en ocasiones en bandada. Cuando nuestros jóvenes se sientan al fin a meditar, termina de perfilarse lo realmente importante: el trayecto interior hacia el conocimiento de sí mismos.

Meditatio, del latín stare medium, significa permanecer en el centro y la meditación es un peregrinaje para el autoconocimiento a ese propio centro, a nuestro propio ser. La espiritualidad es una escuela de ser y la escuela del ser es aprender a «no hacer». Tener la valentía de conocernos a nosotros mismos en silencio y quietud en un mundo donde casi todo invita a la sobrecarga continua de estímulos exteriores, a la rapidez y la distracción, es ciertamente un acto casi contracultural. Convencido también del poder transformador —personal y social— de la contemplación, considero que el principal problema de nuestra sociedad contemporánea es el ruido y, en consecuencia, la dispersión. Únicamente resaltaría dos cualidades fundamentales para meditar: la constancia y la humildad. En realidad, todo lo esencial ya está en nuestro lugar de meditación: la intención orientada a Dios y el ofrecimiento desinteresado del tiempo en cuerpo y espíritu mediante el silencio y la quietud. Tanto el arte como la meditación nacen siempre de la entrega, nunca del esfuerzo.

En Amigos del Desierto se practica y promueve la meditación con la vista puesta en el hesicasmo y los primeros padres y madres del desierto; aquellos hombres y mujeres que hicieron la experiencia de retirarse y practicar la llamada oración del corazón en los siglos IV al VII dentro de la tradición cristiana. Estoy convencido de que un recorrido espiritual profundo pasa por elegir una tradición concreta, ya que saltar continuamente de una escuela a otra nos impide recorrer un camino con rigor y profundidad. En este camino también considero vital ir guiado por un maestro. No se trata de idolatrar a nadie, pero ayuda mucho encontrar a una persona que encarne aquello que estás buscando. En Amigos del Desierto seguimos fundamentalmente la estela de las enseñanzas de mi principal maestro, el jesuita Franz Jalics, y de Charles de Foucauld.

Si, como digo, la meditación es un viaje al centro de nosotros mismos, no puede extrañarnos que para esa travesía necesitemos llevar esencialmente lo que somos: cuerpo, mente y espíritu. En este camino entre dunas tres anclajes nos sostienen cuando nos sentimos perdidos: poner la atención en nuestras manos, la recitación del nombre de Jesús como un mantra y el ritmo armónico de nuestra respiración. Suelo decir que la espiritualidad es para mí el cultivo del cuerpo y de la mente por medio de la atención, que da frutos de paz interior y compasión. Cultivo, culto y cultura: se trata de una tarea que cada uno de nosotros realiza, respondiendo a nuestra sed o anhelo interior. Y ¿qué es lo que cultivas? Lo que eres. ¿Y qué somos? Cuerpo y mente. Una espiritualidad que no pase por el cuerpo se convierte en idealismo, en mera utopía. La corporeidad es para mí la vía de la interioridad y cuidamos de nuestro cuerpo y nuestra mente con atención amorosa.

En realidad, lo difícil no es meditar sino querer meditar. Si perseveramos en nuestra práctica meditativa, más pronto de lo que podamos llegar a imaginar, veremos sus frutos en lo cotidiano. El silencio va transformando verdaderamente nuestras vidas para bien y así lo verifico en la experiencia de muchos meditadores. Aquellos cambios que experimentaremos, aparentemente modestos, tras un tiempo de meditación llegan a ser, cultivados en el tiempo, realmente relevantes; Todo buscador espiritual está llamado a descubrir que solo por él mismo puede llegar a sí mismo.

Cuando nos sentamos a meditar, lo primero que encontramos es una gran inquietud corporal y una cabeza y un corazón llenos de demasiadas cosas, mucha confusión, muchas ideas, muchos apegos… un gran desorden. Meditar es ir poniendo orden y serenidad. Sucede como cuando entras en una habitación muy llena: hasta que no empiezas a quitar cosas no distingues realmente lo que hay. El ejercicio de vaciar y serenar la mente te da claridad y eso es lo que significa que el silencio conduce a la luz. Ahora bien, este paso no es automático, sino que antes es necesario transitar el desasosiego que nos produce encontrarnos con nuestras sombras, aquello a lo que llamamos oscuridad. Para andar en esa oscuridad, he necesitado una guía que he encontrado también en los textos sagrados por excelencia de nuestra tradición occidental, los Evangelios. Nuestra cruz y todo aquello que consideramos dificultades en la vida comienza a cobrar un sentido de aprendizaje para transformarse a la postre en luz.

Después de hacer un recorrido interior e incluso durante el mismo, también comprobamos que es posible irradiar nuestra luz al mundo tal y como hizo Jesús al transfigurarse en el monte Tabor. Este mundo comienza siempre por aquellos que nos rodean, pero después podemos hacer de esta irradiación una actitud mucho más universal, podemos darnos cuenta de que «yo soy todos» y que amamos a nuestros prójimos como a nosotros mismos y al revés.

La meditación es también una escuela de silenciamiento interior para aprender a escuchar. Únicamente escuchándonos a nosotros mismos podremos aprender a escuchar a los demás. Con gran alegría puedo afirmar que nuestro proyecto de pastoral joven se está convirtiendo en una de las principales propuestas ilusionantes de futuro para Amigos de Desierto. Desde el convencimiento absoluto de que la transformación interior es la verdadera transformación, ofrecemos espacios y tiempos de silenciamiento para los jóvenes. Lo que nos importa primordialmente es el desierto o la experiencia interior y la amistad, es decir, la humanización de las relaciones.

El silencio y la vida en Cristo pueden ser la mejor guía para una sociedad mejor cimentada en valores cristianos. Nosotros somos meditadores. Meditamos para aprender a conocernos y amarnos a nosotros mismos porque nadie puede amar lo que no conoce. Si amamos, no podemos sino recibir amor y ese amor que recibimos es lo que verdaderamente nos enseña. El amor nos enseñará lo que necesitamos. Hemos venido aquí con la misión de amar a los demás y no para enseñar nada a los demás; el amor ya enseña e instruye por sí mismo. Estamos llamados a vivir en un nuevo paradigma de la realidad, de la conciencia y la interioridad. La plenitud se encuentra siendo fieles a nuestra identidad única. El reto reside en ser capaces de escuchar nuestra conciencia y secundarla en nuestra vida real.

El mejor regalo que podemos hacer a los demás para contribuir a esta nueva era es sin duda la realización de un valiente camino de autoconocimiento con un talante aventurero y de verdadero desafío interior. Hasta ahora siempre hemos creído que nuestros problemas se encontraban fuera y que para resolverlos había que investigar, ayudar, buscar… Ahora estamos descubriendo el paradigma de la interioridad, donde vemos que el problema lo tenemos dentro, de modo que el único fundamento sólido para la verdadera paz en el mundo es la paz en cada uno de nuestros corazones. Si nos damos cuenta de ello será posible llegar de lo «más concreto» a lo «más universal».

Frente a la incertidumbre tan propia de estos tiempos, planteo que es mejor descartar «tener expectativas» para dar lugar a «tener esperanza», que no es solo una cuestión de mero optimismo. La esperanza es una virtud, lo que significa que como tal se puede cultivar; irá creciendo en nosotros si experimentamos una vida armónica donde entra en juego todo aquello que es el ser humano. Es posible encontrar esta esperanza de la que hablo en el silencio porque, como así reza el título de esta revista pastoral, la esperanza habita en lo profundo.

El mejor servicio que podemos prestar a alguien es creer en él y esta sociedad tiene el deber de creer en su gente joven, sobre todo en aquellos que son capaces de mirar hacia dentro transitando su desierto, viéndose a sí mismos y atreviéndose a ser quienes realmente son. No existe mayor proeza.

Si tienes entre 18 y 35 años y estás interesado en adentrarte en la experiencia de meditación, puedes escribir a seminario.jovenes@amigosdeldesierto.org