Joseph Perich

Se cuenta que una vez una serpiente empezó a perseguir a una luciérnaga. Ésta huía velozmente por miedo a la feroz depredadora. Huyó un día y ella la seguía, dos días y la seguía… Al tercer día, ya sin fuerzas, la luciérnaga paró y le dijo a la serpiente:

¿Puedo hacerte tres preguntas?

-No acostumbro a dar este precedente a nadie, pero como te voy a devorar puedes preguntarme, contestó la serpiente.

¿Pertenezco a tu cadena alimenticia? -preguntó la luciérnaga.

-No-contesta la serpiente.

¿Yo te hice algún daño? -dijo la luciérnaga.

-No –volvió a responder la serpiente.

Entonces, ¿por qué quieres acabar conmigo?

-¡Porque no soporto verte brillar…!

Reflexión:

Después de leer esta fábula, ¿no te viene al pensamiento alguna persona que vive algo, no igual, pero sí parecido? Es lo que me ha pasado a mí.

Carmen es una señora mayor que tiene en su casa a una hermana encamada, y ha conseguido que Juan, su marido que es alcohólico violento, fuera a vivir fuera del hogar. Pero ahora Juan la acosa a todas horas, haciéndose insoportable para Carmen. Él también lo lleva mal, está convencido de su amor «eterno» hacia ella.

Miguel cursa 2º de ESO y con esfuerzo está consiguiendo los mejores resultados de la clase. Pero ahora un grupo de compañeros le hacen bullying o acoso escolar: se ríen de él, le asustan, y le agreden psicológicamente y físicamente…

Podríamos ir alargando los ejemplos, o malos ejemplos. Como contrapunto recuerdo mi primer encuentro con Jean Vanier, fundador de las Comunidades del Arca. De muy joven ya era oficial de la Marina y tenía que explicar a sus subordinados que en alta mar, en caso de guerra, se trataba «de hundir al enemigo para salvarte tu». Esta receta o filosofía bélica la encontró tan fuera de lugar y tan lejos del Evangelio que dejó su brillante carrera optando por «enfangarse» hasta el cuello por la causa de los más desvalidos. Suele pasar, sin embargo, que cuanto más te das a los demás casi siempre aparece algún «acosador»: aquel que te hace la zancadilla, aquel te que pone palos en la rueda, aquel que pretende aprovecharse de tu gratuidad… Entonces es cuando mejor hay que afinar la puntería.

Jean Vanier nos da una pista: «A veces hace falta aliarse con un amigo de nuestros enemigos para entenderlos mejor». Incluso puede llegar que tengamos una persona tan «atravesada», una persona que nos cause tanta «alergia» como para que nos salga de dentro: «No, yo nunca podré perdonarle, me ha hecho demasiado daño. Pero todos los días le pido a Dios que Él le perdone . (Jean Vanier, ACOG Nuestra humanidad, Ed. PPC, p. 146 y 168).

Lo mejor que podemos hacer con la otra persona no es sólo compartir con ella nuestras riquezas, sino mostrarle las suyas. Las personas que no soportan «ver brillar» a los otros nunca podrán ser felices ya que nunca estarán satisfechas con lo que tienen. La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual.

Por más que tu luz moleste a los «depredadores» no dejes nunca de «brillar», continúa dando lo mejor de ti mismo, sigue siendo tú mismo. «Felices los que te aman y se alegran de tu felicidad» (Tb 13,15). El mismo Jesús de Nazaret, tras proclamar las bienaventuranzas, como si se tratara de un envío o de una misión, dice a sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo».

¡Sonríe, eres luz!