Joseph Perich

Tan pronto como el padre se sienta, su hija Julia le susurra:

-¿Papá, existen les Reyes Magos?

Mira, hija, efectivamente, son los padres los que ponen los regalos, pero…

-¡Entonces me habéis engañado!

-No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen.

– Entonces no lo entiendo, papá.

-Siéntate, Julieta, y escucha esta historia porque ahora ya eres mayor:

Cuando el niño Jesús nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una estrella le ofrecieron regalos como prueba de amor. El Niño se puso tan contento que el más anciano de los reyes, Melchor, dijo:

-Tendríamos que hacer regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.

-Es una buena idea, pero es muy difícil exclamó Gaspar . No seríamos capaces de llevar regalos a tantos millones de niños que hay en el mundo. No disponemos de tantos pajes.

-Os voy a ayudar – respondió el Niño Jesús -Yo os daré no uno, sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo. ¿No es verdad que los pajes que os gustaría tener deben amar mucho a los niños y conocer sus deseos?

-Sí, sí. Esto es lo que exigiríamos a un paje –respondieron los tres, llenos de entusiasmo.

-Decidme: ¿hay alguien que ame más a los niños que sus propios padres? Para que en nombre de los Tres Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algún regalo, YO ordeno que por Navidad todos los padres se conviertan en vuestros pajes. También ordeno que cuando los niños sean mayores, los padres les expliquen esta historia y, a partir de entonces, cada Navidad, los niños también harán regalos a sus padres como prueba de afecto.

Cuando el padre de Julia acabó de contar esta historia, la niña se levantó y, dando un beso a sus padres, les dijo:

-Ahora lo entiendo todo. Estoy muy contenta: sé que me amáis y que no me habéis engañado.

Y, corriendo, se dirigió hacia su habitación, para volver con su hucha, mientras les decía:

-No sé si tendré bastante para compraros un regalo, pero desde ahora guardaré más dinero.

Desde el Cielo, los tres Reyes Magos contemplaban la escena enormemente satisfechos.

REFLEXIÓN:

Ahora que ya hemos hecho defecar al hombre de nuestro belén, desenvuelto los regalos, entregado nuestro regalo al amigo invisible … tendremos que reconocer que, más que el valor o precio de lo que nos han regalado, apreciamos sobre todo el encanto de quitar la envoltura o el adorno con que la hemos «aderezado», sobre todo si es personalizado. Y en eso sí que los niños como Julia nos llevan la delantera con su imaginación, creatividad y generosidad.

Con el tiempo descubriremos que tenemos dos manos: una para ayudarte a ti mismo y la otra para ayudar a los demás. No podemos crear personas dependientes sino personas capaces de ser generosas, más allá del dinero. Concretamente, una pregunta que nos podemos hacer, en medio del «naufragio» de tantas personas y familias por la falta de trabajo, es: ¿cómo promovemos que las personas ayudadas puedan también ser generosas o gratas? Si encontramos el camino y la autoestima, sus dignidades quedarán fortalecidas. Lejos de paternalismos, podremos vivir la gratificante experiencia del «compartir».

Un buen amigo, Mn. Vicenç Fiol, cuenta una anécdota sencilla, pero aleccionadora, que da en el clavo de lo que estamos comentando: «Viajando por Nicaragua en autobús, me senté al lado de una abuela, con una piel muy marchita y arrugada, vestida pobremente y con su nieta en la falda, una niña preciosa,  a la que comenté: «Tiene una nieta muy bonita». La abuela contestó a este piropo con una sonrisa deliciosa. En una de las paradas del autobús deja la niña sentada a mi lado y ella baja y vuelve con tres mandarinas. Su pobreza no daba para más. Da una a la niña, guarda una para ella y me da la tercera a mí diciendo: «cómasela que está muy buena». No nos conocíamos de nada y compartió las mandarinas. Es la mandarina más buena que nunca haya comido y comeré. Un gesto de solidaridad que me emocionó».

Nosotros podríamos añadir: Felices los que saben dar sin recordarlo y recibir sin olvidarse de él. «Perdonad, pero alguien lo tenía que decir».

¡Feliz año nuevo!