JESÚS, TREN DE LA ESPERANZA Descarga aquí el artículo en PDF

José M.ª Martínez Manero

mtzmanero@hotmail.com

«Jubileo es Cultura», proclamaba el programa cultural vaticano de preparación para el Jubileo 2025. No es anzuelo, ni querer congraciarse con la moda actual. La razón es más profunda. Contempladas y escuchadas con respeto y cercanía, las obras seleccionadas entran en diálogo con nosotros. Y en la intimidad nos entregan su secreto más profundo: son Evangelio. Tan bellas, tan frágiles —amenazadas de muerte de tantas formas— dan cuerpo al «nacido de mujer». Su verdad, su bondad —obligados a reconocerlas inmortales— hablan del «concebido por obra y gracia del Espíritu Santo». Piden ir más allá de sí mismas. La realidad no es intrascendente. La cultura es camino de posibilidad del misterio de la Encarnación, y esta le revela a la cultura el hondón de su alma. Es la paradoja que viven Encarnación y cultura. Pues Jesús vive, y te quiere vivo.

La porta del cielo (1945) de Vittorio De Sica.

Amén de conciertos y exposiciones de pintura, la agenda incluía un festival de cine: Rostros y contracaras de la esperanza. Lo abre la película La porta del cielo, una obra del neorrealismo italiano. En plena II Guerra Mundial, tras el bombardeo de Roma (1943), aparece entre las ruinas la blanca figura del papa Pío XII para sostener la esperanza del pueblo. El Vaticano patrocina la película, nombra a Juan Bta. Montini, futuro Pablo VI, delegado de producción. La financia el Centro Católico Cinematográfico. Se rueda entera en la basílica de San Pablo Extramuros, por ser territorio vaticano exento, en la Italia bajo dominio nazi-fascista. Solo De Sica está en el secreto de por qué le han impuesto una extraña condición: que el rodaje dure lo máximo posible. Por lo menos hasta que los aliados entren en Roma. Termina el 5 de junio de 1945, víspera de la entrada. La película servía de refugio a trescientos judíos y resistentes acogidos por el Vaticano, camuflados entre el equipo como falsos técnicos o extras. Comían, trabajaban y dormían en la basílica de San Pablo Extramuros. La película se reveló entonces como verdadero milagro. 

Ha sido considerada obra menor. Pero para De Sica, la favorita. Sus memorias llevan el mismo título. Hoy, remasterizada, es más fácil verla. Tiene rango para figurar entre sus obras maestras. La cinta cuenta el viaje en tren de un grupo de enfermos al santuario de Loreto, «auténtico corazón mariano de la cristiandad» (Juan Pablo II).

En una de sus parábolas —su peculiar lenguaje audiovisual— Jesús compara el Reino de Dios con una red barredera que echan al mar y recoge toda clase de peces. Llena, se arrastra a tierra y se procede a la selección. Así, podíamos decir: el Reino de los cielos se parece a un tren que va recogiendo en los andenes enfermos de toda clase, para llevarlos, acompañados por un pequeño ejército de ángeles blancos, sobre ruedas. El tren está «reservado para gentes que no tienen ninguna gana de reír». Y para los poseídos por risas huecas. Sube un niño, preso en su silla de ruedas, abandonado por su familia, al que cuida un ángel de vecina, María, «casa, pan y abrazo» —por citar la canción— incluso para el malhumorado empresario del compartimento, en silla de ruedas, que ha hecho fortuna en América. Le sorprende que María no tenga más vínculo con el niño que la amistad. Él supo de la amistad hasta que a su amigo le hicieron ministro. Luego, «¡ni siquiera una postal!». Reprocha a María su ingenuidad comercial en la venta de sus manualidades. Ella no necesita más. Él va aprendiendo dónde está el verdadero negocio. En Loreto, las maldiciones nacidas de la soledad dan paso a la oferta de poner sus talentos en una empresa de tres y ganarse a sí mismo. 

Sube una anciana aya que cuida de una niña de seis años y tres hermanos mayores, hijos de un viudo. «Los hijos lo son todo», aunque ella no tiene. Ha dicho que estaba enferma de corazón para poder subir. «Voy a Loreto por motivos personales». Hasta ese punto lo personal para ella consiste en entregarse al cuidado de los hijos de otro. Va a Loreto a pedir que el padre no haga daño a sus hijos, revelando que su madre, muerta, a la que adoraban, no hizo más que engañarle durante diez años. Buscará en el santuario ponerse en primera fila ante la custodia para suplicar, mientras la bendicen: «Virgen Santísima, haz que ese hombre no les haga nada a esos chicos». Junto a ella, ha caído en la red-tren un polizón; se subió al tren en marcha. Es la encarnación de la parábola del hombre de la mano seca, que cuenta Jesús. Un pianista, de fama, al que en medio de un concierto se le paraliza la mano izquierda. Adiós sueños. Frustración de sus padres. La vida no merece ya la pena. Tiene treinta años. Otra vez un ángel, una voluntaria novata del tren blanco. Se compadece del abismo de tristeza que muestra su rostro. Es verdad que está enfermo, como él reconoce. Le tramita la acreditación saltándose el reglamento. Es novata, pero maestra en el arte del acompañamiento. Finalmente, deja sobre el altar, junto a las muletas de la mujer que se ha curado, su «muleta» de muerte, la pistola suicida. Se santigua y se une al pueblo que avanza con antorchas pascuales, cantando, hacia ese hospital de campaña que es Loreto, puerta del cielo. «Nuestra Pascua inmolada, ¡aleluya!,/ es Cristo, el Señor, ¡aleluya! Pascua sagrada, eterna novedad. Dejad el hombre viejo, revestíos del Señor».

Otras muchas historias transporta el tren, como la de dos amigos compañeros de trabajo cuya amistad se verá sometida a una prueba extrema. Pero en Loreto hay milagros.

Jesús, tren de esperanza, como Siervo de Yahvé, lleva sobre sí nuestros sufrimientos y dolores, enjuga toda lágrima, sus heridas nos han sanado, como profetizó Isaías. Ya no hay muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor, le revelan a Juan. «Mira: Yo hago nuevas todas las cosas».