Querido/a joven, quiero pedirte disculpas por tantas veces en que, pensando que era más fácil, te he hablado más de Jesús que de Cristo, te he planteado la humanidad de Jesús, su altura ética, su trayectoria vital impecable, su final de amor total, pero no la brillante luz de su resurrección.
Sí, me parecía que era más fácil hablarte de lo humano de Jesús, y así poder animarte a imitarle, a seguirle en un proyecto de vida coherente y constructor de vida para todos. Me parecía que contarte que Jesús es Cristo, Salvador, Camino, Verdad y Vida, o también el Señor… todo eso necesitaba más explicación, más teología, más abstracción.
Estaba confundido. No es más fácil. Es más, creo ahora que incluso hablar de la bondad y del amor de Jesús sin mencionar su resurrección es más difícil.
Qué creo que aporta la resurrección, qué añade el hablar de Jesús no como hombre sino como Señor de la Vida, resucitado para siempre, a tu lado. Pues añade varias cosas, que intentaré explicar.
Lo primero que añade es ESPERANZA. Yo sé que muchos de vosotros trabajáis por un mundo más justo y mejor… pero a veces os veo contando solamente con vuestras propias fuerzas: vuestras estrategias intelectuales y vuestra generosidad sin medida. Pero… ¿aguantaréis el golpe con una realidad tozuda que se resiste a cambiar? Hoy reivindico al Cristo Señor de la vida como sostenedor de mi esperanza, e invoco la certeza profunda y central de la resurrección, porque la humanidad, el cosmos, no pueden renunciar a la esperanza. La resurrección es una acción de Dios para dar la razón al Jesús de la historia. Sin ella, la vida de Jesús queda truncada en su inicio, y los poderes del mal, la religión del poder, los intereses del sistema parecen ganar la batalla neutralizando el discurso utópico de Jesús. La Resurrección es la palabra de Dios a todo el esfuerzo ético de Jesús. Y es una palabra de victoria, definitiva.
Esa esperanza es la que favorece la resistencia de todos los que luchan. Los pobres en sus luchas y los que luchan junto a los pobres tienen de esto un saber experiencial y no abstracto: la resurrección fortalece su capacidad de resistir, porque “la resurrección muestra que el itinerario de los empobrecidos no es mera negatividad, sino que apunta necesariamente a la justicia nunca satisfecha y por ello vigente. Un grito que demanda lo que no se pagó y advierte sobre ello. No habrá de extrañar que digamos que los perdedores son los resucitadores de la historia, los que hacen que no mueran los ideales y utopías a partir de las que se puede hablar de futuro. Precisamente su característica de anhelos justos impagados hace que, por ese impago, se mantengan vigentes. La justicia no saldada los mantiene en vigencia a perpetuidad. Eso los convierte en un dinamismo que empuja a la historia hacia una plenitud que no es la del sistema, sino la de toda realidad deseosa de justicia”. “La comunidad cristiana vive su fe en la resurrección colocándose en el lado de las pobrezas porque cree en su triunfo. Ese triunfo es el que posibilita una tierra de fraternidad, de igualdad y de amparo para todos. El surgir de esa nueva sociedad es el rostro de la resurrección de Jesús, la prueba de que sus trabajos resurreccionales no fueron en vano.” “Creer en la resurrección lleva también a mantener viva la certeza del triunfo de las utopías, tantas veces “enterradas”, consideradas “difuntas”, sin vida” (Fidel Aizpurúa en Aún es tiempo).
Lo segundo que añade es COMUNIDAD. No podemos dejar nuestra convivencia simplemente en manos de los acuerdos democráticos a los que podamos llegar en un diálogo que no siempre es fácil. La resurrección me permite decir que el otro es mi hermano, mi hermana, y no simplemente alguien con quien comparto el camino o negocio convivencias. Sí, Jesús resucitado está presente en la comunidad extraña que supera lo humano y que forman quienes dan en su corazón un salto de nivel y son capaces de amar con un amor que no es el suyo, con un amor prestado, un amor divino. Amar como yo os he amado, amar sin condiciones y sin límites, un amor de cuidado y de compasión. Un amor que llega hasta el enemigo en forma de perdón, porque al agraviarme y hacerme sufrir me permite crecer en grandeza de corazón y generosidad. Y puedo amar así porque sigo siendo amado por Jesús resucitado.
Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado, La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros”. (Jn 13, 31-33a. 34-35)
Por eso el tercer elemento que creo que la vida de Jesús nos trae es el del PERDÓN, una especie de amnistía para todas las culpas que traemos arrastrando. Tenemos culpas de complejos de no dar la talla, culpas de fragilidades sin liberar, culpas de torpezas y equivocaciones, culpas de rencores y heridas que cuesta cicatrizar… Jesús envía a su comunidad “a perdonar los pecados”. No los envió a liberarlos de las muchas cademas materiales en que la humanidad sufre, porque sintió que había una cadena peor que la material: no amarse a uno mismo. Por eso la vida de Jesús es un perdón desde la cruz, y una misión para hacer lo mismo con toda la humanidad.
Lo cuarto que creo que siento al decir que Jesús es Señor y está vivo tiene que ver con la ALEGRÍA, una alegría no boba, no causada por nada, sino estable y serena, profunda y pacificadora, contagiosa. Es una alegría que puede convivir con el sufrimiento, porque lo abraza con su convicción de que el sufrimiento no será eterno, ni su mordedura venenosa. Alegría porque su contrario la tristeza y el abandono huyen en retirada ante la frase del Cristo “Estaré con vosotros hasta el fin del mundo” yo “Yo he vencido al mundo”. Alegría es tocar con Tomás las llagas de los que sufren y sentir que en ellas me sigue llamando el propio Jesús a darme sin medida. Alegría es pescar como Pedro, en su nombre, sabiendo que él sabrá cuándo y cómo se obrará el milagro. Alegría es caminar de noche con el fuego de su presencia en el corazón como los de Emaús. Alegría es María en Pentecostés, orando sin parar para escuchar al Espíritu y romper los miedos.
Por último, creo que la resurrección me ha cambiado la MIRADA, y me ha hecho capaz de ver a Dios en todas las cosas, y a todas las cosas en Dios, como diría San Ignacio de Loyola. Fue ayer mismo, en una dinámica con jóvenes a los que les cuesta reconocer a Dios en sus vidas. Les pedíamos que escribieran lugares, personas y obras de arte que les han hecho sentir algo especial, y si eso podría considerarse una «experiencia de Dios». Se sorprendieron de la cantidad de situaciones, lugares, personas, canciones, libros, frases… con las que les había pasado algo bueno, algo de Dios. Y es que la resurrección me cambia la mirada. La persona que me ofende es distinta cuando la miro como Dios lo haría, o cuando descubro lo divino que también él lleva dentro. El conflicto se suaviza cuando descubro a Dios en nuestra capacidad de ir juntos en pos de una verdad que esté más allá de la de cada uno de los que peleamos. Las muertes se convierten en puertas, y las enfermedades en oportunidades para ser más pobres y más pequeños. Dios por aquí y por allá.

