NO HAY DEBATE Descarga aquí el artículo en PDF
M.ª Ángeles López Romero
Cuando escribo este artículo, la mayoría de los creyentes y no pocos agnósticos y ateos que simpatizan con el papa Francisco, seguimos la evolución de su estado de salud a través de las noticias. No solo nos preocupa el bienestar de un hombre bueno y amable, sino el devenir de la Iglesia, y con ella del mundo, si quien la gobierna en estos momentos tan difíciles, no superase esta crisis.
Resulta innegable a estas alturas que el miedo que nos provoca (a un sector) que haya que elegir en breve un nuevo papa mucho antes de que el actual haya podido terminar su tarea reformadora de la Iglesia, tiene su reverso esperanzado en los ambientes más conservadores y ultramontanos.
Y, como ocurre con tantos temas trascendentes hoy, me preocupa que se confronten ambas posiciones en plano de igualdad, como hacen los malos programas de debate que sientan a discutir a terraplanistas con astrofísicos, como si tuvieran ambos idéntica credibilidad, confiando el veredicto final a un público que se deja llevar por el espectáculo más que por la razón o los datos contrastados, como en el circo romano.
Esta es una tendencia que crece y crece en la política y la sociedad: el relato se come al dato. La verdad no tiene nada que hacer frente a las emociones. Y así, la justicia cede terreno al posicionamiento por simpatía, y la ética pasa a dirimirse en el terreno volátil de las adscripciones políticas.
Pero, como decía siempre Juan Martín Velasco, los cristianos disponemos de un criterio seguro para discernir la rectitud de nuestras decisiones y representaciones, que es mirar a Jesús.
Hombres y mujeres como el papa Francisco o el ex obispo y fundador de la ONG Hombres Nuevos, Nicolás Castellanos, recientemente fallecido para tristeza de cuantos lo conocimos, tratamos y admiramos, han sabido mirar a Jesús y enseñarnos a mirarlo. A descubrirlo en los empobrecidos, los que sufren, los que cuidan, los que se oponen con coherencia y dignidad al odio y el desprecio. Ese odio al otro está marcando hoy el inicio de un nuevo tiempo en el que se deshumaniza a nuestros hermanos y hermanas del Sur; se deporta en EE. UU. a vecinos y compañeros de trabajo dividiendo a familias y dejando a menores de edad muertos de miedo y desamparados; se destruye al otro con saña solo con dotarlo de la consideración de enemigo; o se señala el trabajo a favor de la inclusión y la igualdad como un motivo de sospecha en lugar de serlo de orgullo. Y el papa ha sido una de las pocas voces que se han alzado con autoridad en el panorama internacional para denunciar el genocidio en Gaza o el matonismo de Trump.
Pero es precisamente este desesperante panorama el que debería reactivar nuestra esperanza, como única brújula que nos va a permitir ponernos en marcha, orientarnos en la oscuridad y dotar nuestras acciones de sentido. Así lo argumenta en su último libro, El espíritu de la esperanza, el filósofo Byung-Chul Han.
Así que, mientras esperamos la pronta recuperación del papa Francisco, no nos dejemos llevar por la tristeza, el miedo o la desolación. Convoquemos la esperanza como única respuesta posible frente al odio, que es la negación de Dios. Armémonos de esperanza para seguir construyendo Iglesia profética: esa que, en palabras de Nicolás Castellanos, «hace crecer en el mundo la libertad, la justicia, la compasión, la paz, la solidaridad, la no violencia, el sentido de fiesta». Lo contrario, nos lo ha venido contando Francisco, no es Iglesia. Y en esto, lo diga quien lo diga, no hay debate.
Yo, que también soy débil frente al miedo, me agarro, para terminar, a las palabras del propio Francisco al inaugurar el Año Jubilar: «La esperanza no defrauda y nos hace fuertes en la tribulación». Que la fuerza del Evangelio y de nuestro afecto y admiración, querido Francisco, te acompañen en este tiempo de tribulación. Nosotros te esperamos pronto de vuelta, esperanzados.

