LA NOVEDAD DE LAS COSASaquí el artículo en PDF
Almudena Colorado Espinosa
He tenido la suerte de asistir recientemente a un congreso cuyo título era «Humanizar la educación en la era digital» y, la verdad, estoy impresionada (o más bien abrumada) por el mundo que se abre ante nosotros, los educadores y agentes de Pastoral, con esto de la Inteligencia Artificial. Yo, que no estoy muy ducha en este tema y tampoco me he preocupado mucho por estarlo, ante lo que se nos viene encima a toda prisa, comprendo que más vale que deje de mirar a otro lado, que deje de condenar y de hacer de agorera de lo malo, y empiece a resetear mi mente y admitir (o quizás decir mejor acoger) que vienen nuevos e inevitables tiempos para los que es mejor estar preparados a muchos niveles, no solo tecnológicos. Es más, son tiempos también de poner a prueba nuestra fe.
Dice el papa Francisco: «…porque no estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época. Por tanto, estamos en uno de esos momentos en que los cambios no son más lineales, sino de profunda transformación».
Pues sí, estamos en un cambio de época. Somos educadores y pastoralistas en tiempos de novedad, una novedad que va rapidísima. Vamos que nos despeinamos de tanta velocidad. Y no solo por este ritmo de vida tan loco que llevamos, sino también por el ferviente deseo de no quedarnos atrás en un mundo que cambia de un día para otro.
La innovación nos deja con los ojos en forma de estrellas (como el emoticono ese que yo entiendo como entusiasmo). Así me he visto yo escuchando algunas de las ponencias que he tenido la suerte de oír estos días. Es asombroso. Como dirían nuestros jóvenes, «en plan flipante, ¿sabes?». Pero también, «en plan» nos come: no nos da tiempo a adaptarnos a las nuevas opciones que nos ofrece nuestro nuevo móvil de última generación que ya ha salido otro mucho mejor. El influencer que hoy triunfa, mañana está acabado porque ha salido otro que nos gusta más. Hoy es este videojuego, mañana es otro. Este año se llevan los pantalones de tal estilo, el año que viene es el estilo contrario el que está en boga. Ahora encumbramos a esta artista, mañana la hundimos en la peor de las miserias. Y estos cambios se dan al mismo ritmo que otro tipo de asuntos, digamos «más serios», que están ligados a emociones, sentimientos o proyectos: hoy me enamoro con todas mis fuerzas, mañana ya estoy harta de esta persona; hoy quiero dedicar mi vida a tal cosa, mañana ya no estoy segura de quererlo; hoy me siento muy feliz, mañana me siento muy perdida; hoy creo que Jesús es lo más… ¿y mañana? De la misma manera que cambian las aplicaciones informáticas y evoluciona todo esto de lo digital, donde lo nuevo es sustituido por «la nueva novedad», así vamos oscilando nosotros con nuestros asuntos. ¿Hacia dónde vamos, saltando como vamos de una cosa a la otra?
Somos seres llamados a crear, por tanto, seres llamados para la innovación y renovación. El ser imagen y semejanza de Dios nos hizo herederos de su don creador. La capacidad de crear que se nos dio es un regalo que nunca seremos capaces de agradecer lo suficiente, porque crear implica hacer realidad una idea, traer a la vida un proyecto, plasmar la belleza en algo perceptible por nuestros sentidos. Crear es mejorar, progresar, perfeccionar. Somos parteros de la novedad. Sí. ¿Cómo si no habríamos llegado hasta donde hemos llegado? El que hoy estemos mejor que hace cien años no habría sido posible sin la creatividad.
Ahora bien, podemos caer en el error de creer que la solución de todos nuestros males está ahí: en el poder creativo de la persona. A veces me pregunto si somos o seremos mejores personas ahora que tenemos tanta tecnología que solo intuíamos con las películas (yo aún me estoy reponiendo de una de las conferencias que escuché el otro día que me recordaba a la película Terminator). ¿Dónde hemos puesto nuestra esperanza en un mundo mejor?
San Pablo decía: «sé en quién he puesto mi confianza». Y lo dijo desde la cárcel. Hoy, que estamos presos de tanta sed de progreso de tal manera que nunca es suficiente, ¿dónde hemos puesto nuestra confianza?
En tiempos de Jesús, las personas tenían la esperanza de la llegada de un Mesías. También anhelaban la «novedad» que los profetas anunciaron con tanto ahínco. Confiaban en que Dios cumpliría su promesa. Años y años pasaron de mucha espera que, seguro, en ocasiones sería desesperante. Pero Dios la cumplió, aunque no todo el mundo supo verlo. Ahí encontramos algo nuevo. Dios sorprende siempre con su forma de hacer las cosas.
Quienes sí creyeron en Jesús supieron ver la novedad de su mensaje, una Buena Noticia no creada de la nada, sino que venía engendrándose en el tiempo. ¿Y cuál fue su novedad? Enseñarnos a ver las cosas con otra mirada: al otro como hermano, a Dios como Padre amoroso. Esa transformación que ocurre en la persona cuando ha conocido a Jesús pone en marcha nuestro deseo de ser transformadores del mundo. Desde ahí es desde donde tiene sentido el progreso, los avances tecnológicos, la nueva época de la que habla el papa. Nada de lo que somos y hacemos podemos tomarlo al margen de Dios. Jesús nos lo enseñó. Él «redondea» nuestra obra como el pintor redondea su cuadro con la pincelada que faltaba.
Recuerdo ahora unas palabras del Apocalipsis: «Y el que estaba sentado en el trono dijo: “He aquí: yo hago nuevas todas las cosas”». ¿No será esto lo que debemos enseñar a nuestros jóvenes: la novedad del mensaje de Jesús, la novedad de su estilo de vida, que sanó, rehabilitó, reinsertó, resucitó? Un mensaje para sus contemporáneos y también para nosotros «refrescante y joven» (empleo estos calificativos para no repetir la palabra «novedad», aunque es esta y no otra la que me apetece escribir en cada párrafo de este texto). Unas palabras y acciones que van más allá del «¿quién da más?», que no son efímeras, que da sentido a ese «poder creador» con el que fuimos bendecidos.
Ojalá seamos capaces de transmitirles a nuestros chicos y chicas esa verdadera y genuina novedad, que no se trata de ir por la vida luchando como si todo dependiera de nuestras fuerzas, porque con ellas solas se nos quedan cabos sueltos. Y esos cabos, quizás, hay que dejarlos a la trascendencia.
Somos más capaces cuando en Jesús ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza. Jesús no pasa como pasa cada moda o cada modelo. Y en este vaivén vital, qué bueno es encontrar en Jesús el ancla y poder decir como Pablo: «yo sé en quién he puesto mi confianza». Menuda misión, menuda fuerza y valor hay que echarle a esto, menudo amor nos espera.

