TAN INÚTIL QUE ES IMPRESCINDIBLE Descarga aquí el artículo en PDF

Jorge A. Sierra (La Salle)

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Hace poco ha fallecido la madre de un amigo. No es nada extraordinario, pero quizás el aún reciente fallecimiento de mi padre me haya hecho más sensible y atento, al mismo tiempo que me ha quitado palabras, discursos… incluso en mi labor como agente de pastoral con jóvenes. Me ocurrió al hablar con este amigo: ¿qué puedes decir? Comencé con el típico «cómo estás», para inmediatamente decir, «vaya pregunta más tonta». Él me decía que había poco alivio, pero que sentir a Dios vivo y estar acostumbrado a buscar su cercanía le ayudaban (¡cómo no!). Y, entonces, se me ocurrió decir que así es, la fe es tan inútil… que es imprescindible.

Lo sabemos: hay cosas que parecen no servir para nada y, sin embargo, sin ellas la vida perdería su sentido. Como la risa de un niño en medio del cansancio, como el beso de una madre cuando ya nada duele, como el abrazo del amigo que no soluciona el problema, pero alivia el alma. La fe es una de esas cosas. Es tan inútil que es… imprescindible.

El Dios de Jesús de Nazaret no se impone con estruendo ni con el peso de la lógica. No es el Dios de los poderosos, ni el Dios de las certezas absolutas. Es el Dios que se esconde en la fragilidad de un pesebre y en la derrota de una cruz. Su mensaje no es el de la eficacia, sino el del amor sin condiciones. Y el amor, como la fe, es inútil según la medida del mundo. No llena los bolsillos, no otorga privilegios, no proporciona garantías de éxito. Y, sin embargo, sin amor, la vida es un desierto. Sin fe, la existencia se vuelve un laberinto sin salida.

Nuestra denostada religión, en realidad un proyecto de seguimiento humilde, cuando es vivida con autenticidad, no es una carga ni una imposición. No es un conjunto de normas rígidas que atenazan el espíritu (Miqueas 6,8-9: «se te ha hecho conocer lo que está bien, lo que el Señor exige de ti, ser mortal: tan solo respetar el derecho, practicar con amor la misericordia y caminar humildemente con tu Dios»). Es un sendero que se recorre con libertad, una invitación a la confianza, un susurro que nos dice que no estamos solos. Creer en Dios no significa poseer todas las respuestas, sino aprender a caminar con la certeza de que alguien nos sostiene, aun cuando todo parece oscuro. 

El que cree no es el que nunca duda, sino el que, a pesar de la duda, sigue esperando. No es el que lo entiende todo, sino el que, aun sin entender, se abandona. Es el que, en medio del dolor, se aferra a una promesa que no se puede medir, pero que es real. La fe en el Dios de Jesús no es una fórmula mágica para evitar el sufrimiento, sino la certeza de que el sufrimiento no tiene la última palabra. 

Nuestro mundo cree haber aprendido a valorar solo lo tangible, lo útil, lo cuantificable. Pero hay cosas que escapan a toda medición y que, sin embargo, son las que sostienen la vida. La belleza de un atardecer no se mide en números, pero transforma el corazón. La música no alimenta el cuerpo, pero nutre el alma. La fe, aunque parezca prescindible, es lo que permite que el hombre no se hunda en la desesperanza. 

Por eso, la fe es tan inútil que es imprescindible. Porque no resuelve problemas, pero cambia nuestro interior. Porque no evita el dolor, pero da fuerza para soportarlo. Porque no es una garantía de éxito, pero es la única certeza que da sentido al fracaso. Quien cree en el Dios de Jesús no vive en otro mundo, sino que aprende a ver este mundo con otros ojos. Y en esos ojos brilla una luz que nada ni nadie puede apagar.

Pero la fe no es solo consuelo en la tristeza, sino fuente inagotable de alegría. La certeza de saberse amado por Dios ilumina los días grises y otorga una paz que nada puede destruir. El gozo del que cree no depende de las circunstancias externas, sino de una esperanza profunda que nada ni nadie puede arrebatar. En un mundo lleno de preocupaciones, la fe se convierte en un refugio donde el alma descansa y se fortalece.

Cuando todo parece derrumbarse, cuando la pérdida de un ser querido deja un vacío imposible de llenar, la fe en Dios es única para permitirnos seguir adelante. No resuelve nada, pero ayuda. En esos momentos de desgarro, cuando las preguntas no tienen respuesta y el dolor es insoportable, solo la confianza en un amor que trasciende la muerte puede dar sentido al sufrimiento. La promesa de la vida eterna, la certeza de que el amor nunca muere, se convierten en el bálsamo que permite sobrellevar el duelo.

El Dios de Jesús no es ajeno al dolor humano. Él mismo lloró ante la tumba de su amigo Lázaro, Él mismo experimentó el abandono y el sufrimiento en la cruz. Su presencia no anula el dolor, pero lo transforma. En Él, el sufrimiento no es la última palabra, sino el preludio de la redención. El creyente no está exento de lágrimas, pero sabe que cada lágrima es vista y recogida por un Dios que ama hasta el extremo. La fe no nos exime de enfrentar la muerte, pero nos enseña a mirarla con esperanza. Nos invita a creer que la separación no es definitiva, que el amor es más fuerte que la muerte y que hay un horizonte más allá de lo que vemos. En este mundo efímero, donde todo parece desmoronarse, la fe es el ancla que nos sostiene, la certeza de que somos esperados en un hogar donde la tristeza se convertirá en gozo eterno.

Por eso, creer no es una pérdida de tiempo ni un autoengaño. Es vivir con la confianza de que no estamos solos, de que el dolor no es estéril y de que la alegría de la fe es más fuerte que cualquier sufrimiento. Es tan inútil, que es imprescindible, cuando la dejamos ser.