Joseph Perich

Una hermosa niña, a diario iba camino a la escuela, sola y a pie…

A pesar del mal tiempo de aquella mañana, del viento fuerte y las nubes amenazadoras, ella seguía su camino rumbo a la escuela…

A lo largo del día el viento fue aumentando, y se fue formando una tempestad, con muchos rayos y truenos…

La madre pensaba que su hija podría sentir miedo al volver sola en medio del temporal, ya que ella misma estaba bastante asustada…                  

Preocupada, rápidamente subió a su coche y se dirigió por el camino en dirección a la escuela. Avistó enseguida a la pequeña…                        

 Lo más extraño es que a cada relámpago, la niña paraba, miraba hacia arriba y ¡sonreía!

Y ella siempre miraba hacia el cielo y ¡sonreía!

 -¿Puedes contarme qué estabas haciendo, tesoro?

Y la pequeña respondió:

¡Sonriendo mamá! ¡Dios no paraba de sacar fotos mías!

 

REFLEXIÓN:

Rosa, una anciana de 80 años, con andar inseguro ayudada de su bastón, entra en la iglesia de nuestra parroquia. Como cada domingo viene cogida del brazo por una voluntaria. No puedo dejar de decirle: «La veo muy guapa». Una luminosa sonrisa invade su rostro, vuelve la mirada hacia los ojos de su acompañante y me responde: «¡Se que Dios me ama mucho!»

 La sonrisa de la niña del cuento, la reencuentro en el rostro de nuestra Rosa. La veo sentada en los primeros bancos de la iglesia moviendo los labios. Podría ser que estuviera recitando aquella oración de Mahatma Gandhi: Si me das humildad, no me quites la dignidad. Ayúdame siempre a ver la otra cara de la moneda. Si me quitas el éxito, dame fuerzas para aprender del fracaso. Recuérdame que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo. Señor… si me olvido de ti, Tú no te olvides nunca de mí!

Joan Soler, misionero de Olot, que tenemos en Sant Pau de Dapaong (Togo), un día rodeado de niños hambrientos y probablemente sin mucho futuro, preguntó a un niño de 12 años: ¿Cuál es tu sueño? El niño se queda un momento callado. Pensó que seguro que respondería que su sueño era tener una moto, una casa….? De repente, con una sonrisa en los labios, le dice: «Mi sueño es que un día todos nos amemos».

Si nos dejáramos coger de la mano de este niño o de esta abuela, seguramente crecería en nuestro alrededor un paisaje humano menos crispado, menos corrupto y más fraterno.

«Bienaventurados los pobres porque vuestro es el reino de los cielos»     (Lc 6,20) Ellos son el tesoro de la humanidad, si es que queremos tener futuro.

Necesitamos una luminosa sonrisa. ¡Dios no para de sacar fotos nuestras!