Para Tomás, llamado el Mellizo por lo identificado que le veían con Jesús, la muerte de este ha constituido una gran decepción  Decide que en adelante no creerá más que en lo que pueda ver y palpar.

            La decepción ha vuelto a Tomás distante y desconfiado. No se fía ni de sus amigos de siempre, aunque tenga sus idas y venidas a la casa. El fracaso nos desestabiliza, el pesimismo no nos deja ser nosotros mismos.

            Jesús no rechaza el reto de Tomás: “mira, toca, soy yo”. Pero añade: no seas incrédulo sino creyente. Toda la realidad no se limita a lo que se puede tocar, deducir, demostrar.      Hay dos fuerzas que actúan en nosotros:

– Por una parte, el Tomás incrédulo que quisiera tocar para creer todo lo que hemos creído y lo que nos han dicho sobre la resurrección de Jesús, sobre nuestra resurrección, sobre el camino de fe. Queremos evidencias.

– Por otra parte, no podemos tocar, pero existen, nuestras aspiraciones de bondad y felicidad, nuestros sentimientos de ternura y humanidad, nuestras actitudes de sacrificio y esfuerzo por los demás. Eso existe y lo experimentamos como la parte más noble de nosotros mismos. Es solo una huella de esta dimensión de fe, que no podemos tocar ni medir, pero estamos llamados a vivir. Así, la perspectiva de la muerte no es una frustración que haga inútil la vida, sino un estímulo a vivir los valores que resucitarán con nosotros porque llevan el signo de la presencia de Jesús resucitado.

            Tomás llega a tocar a Jesús. Para creer necesitamos testimonios de evangelio, tocar que Cristo está vivo. Son más creíbles los testigos, los que dan el callo, que los maestros que dictan lecciones.

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos; y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”.Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”.

A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos, y Tomás con ellos; llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: “Paz a vosotros”. Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Contestó Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús le dijo: “¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto”.

Muchos otros signos que no están escritos en este libro hizo Jesús a la vista de los discípulos: estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre. (Jn 20,19-31)