Era un día de sol y calor. En el cielo había alguna nube que me cobijaba a ratos del calor, un respiro entre tanta agonía. Tras oír el anuncio de la crucifixión de Jesús, fui corriendo en su búsqueda junto con su madre y allí lo vimos, magullado de los golpes y vejado.  

No nos dejaban acercarnos a él, pero lo seguimos con distancia durante todo el ascenso al monte de la calavera, un nombre que va a acorde al sufrimiento que nos estaba provocando. María, su madre, aguantaba de pie, con lágrimas en los ojos, pero también determinación. Era una mujer inspiradora porque su amor a su hijo era inquebrantable, tanto como al Padre. Su presencia me ayudó a seguir acompañando a Jesús todo el rato. A veces me entraban dudas, miedo; pero al verlos ahí recordaba lo que me había dado conocer a Jesús, él era mi luz y mi esperanza, él me había acercado al Padre, él me había enseñado su Reino, por él todavía vivo. Él lo era todo para mí, él me había dado un sentido para vivir, no tenía nada sin su presencia. Me venían a la mente aquellos momentos con ellos y el resto de los discípulos, el amor que desprendía y gracias al cual nosotros también lo dábamos. 

Mientras pensaba todo esto llegamos a la cima y vimos cómo colgaban a Jesús, cómo lo vejaban y lo ridiculizaban. A pesar de las tentaciones y las burlas, Jesús no perdía su mirada de misericordia, los perdonaba y eso mismo dijo en un momento determinado. Al verlo y oírlo seguía iba reafirmándome en todo lo vivido. Todavía tuvo fuerzas para acordarse de su madre y su querido discípulo Juan, no la quería dejar sola. 

Una vez lo bajaron de la cruz, ya muerto, recogimos su cuerpo y lo llevamos a un sepulcro que nos había dejado José de Arimatea, un buen hombre. Allí lo limpiamos para poder sepultarlo bien. Las mujeres lo hicimos a consciencia, era un cuidado necesario y merecido. Yo no me quería separar de él, no me podía separar de él.  

Finalmente nos fuimos y volvimos al tercer día a terminar. Sin embargo, ¡el sepulcro estaba abierto y ahí no había nadie!, ¡habían robado a Jesús! Mi preocupación iba en aumento hasta que lo vi, se había levantado, había resucitado. La última prueba de su divinidad estaba ahí, el amor que desprendía me embargó y me llenó de fuerzas. Debía avisar al resto del grupo, todo era verdad, todo había adquirido finalmente sentido. 

María de Magdala