La evocación de este episodio del bautismo de Jesús por Juan ponía en aprietos a las primeras comunidades cristianas. ¿Cómo justificar, sobre todo ante los discípulos de Juan que quedaban tras la muerte de este, que Jesús se sometiese a un rito de perdón de los pecados? No se podía admitir que fuese también pecador y que tuviera que convertirse.
Y, sin embargo, se puso a la cola, porque se sentía solidario con su pueblo y esperanzado en su liberación. “Se siente plenamente envuelto en la compasión activa de Dios y plenamente responsable de cooperar con ella… Jesús mira la figura de Juan y su rito como ‘sacramento’ de la presencia compasiva de Dios…” (F. Javier Sáez de Maturana). Llega “un nuevo tiempo, el tiempo de la ternura activa y transformadora de Dios”.
El bautismo de Juan sacude a Jesús hasta lo más profundo de su ser. Desde este momento, buscar y realizar el sueño de Dios constituirá la pasión de su vida. El Espíritu de Dios, su aliento, su fuerza le llenarán de una compasión y ternura infinitas.
Se abre el cielo. Desde hacía cinco siglos, en que callaron los “profetas escritores”, Dios parecía ausente y mudo, encerrado en su cielo, y la tierra y el pueblo se sentían desamparados Pero el cielo se abre y desaparece lo que impedía la comunicación con Dios. Ya no estamos el cielo a su aire y nosotros al nuestro: en la persona de Jesús nos encontramos Dios y el hombre.
La voz del cielo proclama que Jesús es el Hijo, el amado, el predilecto. En la cultura en que vivió Jesús, “la imitación del padre era la actitud que mejor caracterizaba e identificaba a un hijo… El padre encarnaba los valores familiares que debían conservarse y transmitirse, y el hijo era el principal encargado de esta tarea. Por eso, un hijo debía ser en todo como su padre e imitar su forma de actuar” (S. Guijarro). Lo que aquí el Padre quiere que se encarne en Jesús es su amor de predilección por cada uno de los seres humanos y por toda la humanidad. Jesús es el Hijo amado y, por tanto, el que revela con su vida las entrañas compasivas del que es Padre-Madre.
Se suele decir con razón que una consecuencia ineludible de nuestro bautismo, o sea de nuestro ser creyente, es oponerse a todo lo que vaya contra la dignidad de las personas y los derechos humanos. La denuncia del pecado, sin embargo, debe llevar el sello de Jesús, que es el anuncio de la Buena Noticia. El cristiano no puede limitarse a señalar lo negativo.
Además, nuestro mensaje, como el de Jesús, no será meramente verbal sino que se expresará en obras positivas a favor de la liberación de las personas, de su felicidad. Ser una buena noticia para los demás.
En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”. (Lc 3, 15-16. 21-22)

