En la Palabra había vida. Es algo que distingue a la Palabra de Jesús de la palabra del mero charlatán. A la palabra de Jesús le acompañan los hechos de salvación: acoge, cura, anima. Es palabra de vida.
Entre nosotros hay palabras inútiles, palabras que hacen daño y palabras que dan vida. Las palabras que decimos por compromiso, por cumplir el expediente, se suelen notar. A pesar del aparente interés, revelan indiferencia: la situación y la persona del otro me importan muy poco. Son palabras inútiles y a veces insinceras.
Peores son las palabras que hieren, las que desalientan o las que condenan sin dejar resquicio a ningún paso de rehabilitación. A veces justificamos nuestras palabras demoledoras en que “yo voy siempre con la verdad por delante” o en que “yo a este le canto las cuarenta”. Sin duda, en ocasiones estamos obligados a expresar con franqueza lo que preferiríamos callar, porque no es nada halagüeño. Es cuando conviene seguir lo que decía Georges Bernanos: “Hay que atreverse a decir la verdad entera, es decir, sin añadirle el placer de hacer daño”.
Sabemos también que la frívola e irresponsable difamación produce mucho daño. El fundador de los y las marianistas, Guillermo José Chaminade (1761-1850), descendiendo a la vida práctica, decía a sus primeros discípulos: “¡Cuántas veces las ganas de hablar nos llevan a cometer indiscreciones de las que pronto nos lamentamos! ¡Cuántas veces, en el calor de la conversación, se nos escapan palabras ofensivas de las que después nos arrepentimos! Si solo hablásemos cuando queremos, ¡cuántos motivos de arrepentimiento nos ahorraríamos!”.
Otro fundador más reciente, el de las ramas de la espiritualidad de Charles de Foucauld, René Voillaime (1905-2003), recomienda “ser dueño de la palabra… Algunas personas tendrán que vencer la dificultad para hablar y otras deberán reprimir las palabras que sobrepasan su pensamiento”.
En todo caso, tenemos que procurar que, como eco de la Palabra, en nuestra palabra haya vida, aliento. La palabra amistosa, acogedora y estimulante, un consejo oportuno, significan para muchas personas empezar a divisar la luz. Acompañar con la palabra y el cariño ayuda a romper lo que hay en nosotros de tiniebla.
En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.
La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. (Jn 1, 1-5. 9-14)

