HACIA UNA AUTÉNTICA EDUCACIÓN EN LA INTERIORIDAD: APRENDER A SER, CUIDANDO EL SERDescarga aquí el artículo en PDF
Jorge A. Sierra (La Salle)
La mayor parte de nuestras instituciones educativas, hace no muchos años, optaron por incorporar proyectos de Educación en la Interioridad (EI), un acierto y una oportunidad tanto para los educadores como para los niños y jóvenes. Después de este tiempo, sin las urgencias de los primeros proyectos, una de las grandes pioneras de la EI, Elena Andrés, sigue desarrollando los principios de la auténtica interioridad… especialmente en lo que más se olvida —y debería ser la fuente—, que es la apertura a la trascendencia. Porque la EI no consiste en juegos, mandalas y relajaciones… tiene que ver —y uso palabras de Elena en todo este artículo— con «aprender a ser cuidando el ser».
Lo sabemos bien: vivimos en una sociedad marcada por la velocidad, el rendimiento y la dispersión. En este contexto, la pastoral con jóvenes está llamada a ofrecer un espacio alternativo, un tiempo sagrado donde puedan redescubrirse, conectar consigo mismos, con los demás y con Dios. La EI, entendida como modelo pedagógico, ofrece una vía privilegiada para ello. Su propuesta va más allá del «desarrollo personal», un término que, además, ha sido totalmente adulterado en nuestra sociedad.
Aprender a ser cuidando el ser. Esta frase recoge una profunda intuición pedagógica, antropológica y espiritual que deseamos transmitir con fuerza a los jóvenes de nuestras comunidades educativas y pastorales. Pero ¿qué significa realmente esto en clave juvenil y pastoral?
Un buen educador, también un agente de pastoral, sabe que el ser humano somos aprendices de vivir. Desde el nacimiento, el ser humano es un ser necesitado de aprendizaje. A diferencia de otros mamíferos, que alcanzan autonomía rápidamente, nosotros requerimos años para aprender a caminar, hablar, convivir, amar… Esta prolongada infancia no es un defecto, sino una oportunidad: somos seres que necesitamos de otros para ser, y en esa dependencia inicial está el germen de toda relación y comunidad. En el ámbito pastoral con jóvenes, esta realidad se convierte en una llamada: acompañar el proceso de crecimiento, sin prisas ni recetas cerradas, pero con un horizonte claro de maduración personal. Los jóvenes necesitan espacios donde no se les exija ya estar «hechos», sino donde puedan «hacerse» poco a poco, desde su realidad concreta, con sus heridas, talentos y preguntas.
Los cuatro pilares de la educación según el Informe Delors —aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser— se actualizan en la pastoral como itinerarios de sentido. En particular, «aprender a ser» implica un crecimiento integral que no se reduce a la dimensión intelectual, sino que abarca lo emocional, relacional, corporal, espiritual y ético. Desde una perspectiva cristiana, aprender a ser es aprender a vivir como hijos de Dios, como hermanos de todos, como servidores del Reino. Por ello, la pastoral juvenil ha de proponer procesos transformadores que ayuden a los jóvenes a descubrir quiénes son, para qué viven y cómo pueden aportar al mundo lo mejor de sí. ¡Y es algo que quieren los propios jóvenes, que ya tienen suficiente superficialidad cerca!
¿Qué es cuidar?
- Cuidar de uno mismo. Educar la interioridad implica enseñar a los jóvenes a cuidar de sí mismos en todas sus dimensiones. No se trata de fomentar un individualismo narcisista, sino una autocomprensión positiva, una relación sana con uno mismo que haga posible la apertura a los demás y a Dios. En los grupos juveniles, este cuidado se concreta en dinámicas de autoconocimiento, espacios de acompañamiento personal, momentos de silencio, ejercicios de respiración consciente, propuestas artísticas y creativas… El objetivo no es otro que favorecer la reconciliación con uno mismo y el descubrimiento del valor único de cada joven.
- Despertar al cuidado de los demás. La segunda dimensión del cuidado tiene que ver con la relación: aprender a vivir con los demás, tal como señala el cuarto pilar del Informe Delors. En este sentido, la pastoral juvenil tiene una vocación profundamente comunitaria. Nadie se salva solo. Nuestra identidad se construye en el encuentro, en el dar y recibir, en el compartir lo que somos.
La EI implica también desarrollar la empatía, la solidaridad, la compasión. Supone pasar de una vida centrada en el yo a una vida abierta al tú. Esto incluye el cultivo de la dimensión ética —la sensibilidad ante la injusticia, el deseo de contribuir al bien común— y de la dimensión política, entendida no como militancia partidista, sino como compromiso con la transformación del mundo. Lo sabemos bien: experiencias concretas de servicio, voluntariado, misión, participación social… desde una clave contemplativa, ayudando a leer esas experiencias desde el Evangelio, descubriendo a Jesús en los rostros sufrientes, en las periferias, en los pobres de nuestro mundo.
- Cuidar el mundo: la EI no puede quedar al margen del cuidado del planeta. Como subraya el papa Francisco en Laudato Si’, «todo está conectado», y nuestra espiritualidad debe incluir una dimensión ecológica integral. La pastoral con jóvenes tiene el reto de despertar una nueva sensibilidad: una conciencia ecológica que no sea moda, sino conversión. Esto supone educar en la sobriedad, en el consumo responsable, en la contemplación de la belleza de la creación, en la gratitud por los dones de la tierra. La naturaleza no es solo un recurso, es una maestra, un templo, un espejo de lo sagrado. Educar la interioridad es también enseñar a mirar el mundo con ojos nuevos, con mirada agradecida y comprometida.
Cuidando «este ser», aprendemos «a ser». En un tiempo de «espiritualidades líquidas» o «espiritualidades sin Dios», la EI propone una espiritualidad con raíz y horizonte, en su sentido más amplio, es la capacidad humana de vivir con hondura, de buscar sentido, de trascender lo inmediato. Con los jóvenes, esto se traduce en despertar preguntas: ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Qué me mueve por dentro? ¿Qué me hace feliz de verdad? ¿Qué o quién da unidad a todo lo que soy? En estos interrogantes habita el Espíritu. Necesitamos ofrecer espacios de silencio, meditación, interiorización, oración… Donde el joven pueda abrirse al Misterio, sentir que su vida tiene una dirección, que no está solo, que hay una Presencia que lo acompaña.
Cuando el joven descubre que esa búsqueda de sentido tiene un rostro —el de Jesús—, esa espiritualidad se concreta en una religiosidad encarnada: ritos, símbolos, comunidad, Palabra, celebración… pasan de ser una carga a ser una respuesta. Es el modo humano de acoger la revelación divina. En clave pastoral, esto exige una pedagogía que no imponga, pero que proponga con belleza y profundidad la fe cristiana.
La EI, en este nivel, acompaña a los jóvenes creyentes en el crecimiento de su fe, en la maduración de su relación con Dios, en el discernimiento vocacional, en el compromiso con la Iglesia y el mundo. En el corazón de la EI está el surgimiento de la gran pregunta: ¿Quién soy yo y para qué estoy en este mundo? Esta pregunta es inseparable de toda pastoral con jóvenes. No se trata de presionar, sino de generar las condiciones para que cada joven pueda escuchar esa voz interior que le llama a ser más él mismo. La vocación no es solo «qué quiero ser de mayor», sino el lugar único que cada persona ocupa en el mundo, la misión personal que da sentido a toda su existencia. Acompañar esta búsqueda vocacional es tarea esencial de toda comunidad educativa-pastoral.
La EI es un camino para acompañar estas preguntas, no con respuestas prefabricadas, sino con escucha, diálogo, testimonio y experiencia. Una pastoral que acoge el misterio de cada vida, que cree en el potencial de cada joven, que invita a vivir desde dentro, en clave de don, de misión, de Reino. Desde luego, la EI no es una moda pedagógica ni una técnica de bienestar. Es una urgencia pastoral y una exigencia evangélica. El mundo necesita personas reconciliadas consigo mismas, abiertas al otro y comprometidas con la vida. La Iglesia necesita jóvenes con raíces profundas, capaces de vivir con sentido, de entregarse con pasión, de amar con libertad.
Abre a la trascendencia porque es una forma de evangelizar desde lo profundo, de cuidar al ser humano en su totalidad, de abrir caminos al Misterio. Porque al final, la verdadera educación no es otra cosa que ayudar a cada joven a ser plenamente él mismo, en comunión con los demás, con la creación y con Dios.
Para saber más, os recomiendo los libros y el blog de Elena Andrés: Regreso a casa, https://educarlainterioridad.blogspot.com

