ESPERANZA EN EL ESPÍRITU QUE NOS ALIENTA Descarga aquí el artículo en PDF

Maria José Rosillo Torralba

rosillotorralba@gmail.com

Dice el evangelista Juan (14,26): «Pero el Defensor, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho».

Los dones del Espíritu, (sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios) quedan en nuestros corazones para bien de nuestra alma y para que podamos culminar con éxito nuestra misión transformadora del mundo. Un mundo para la esperanza, la convivencia, el perdón. Nos lo recordaba muy bien y con palabras muy claras, nuestro nuevo papa León XIV en su acto de presentación a los fieles.

¿Te has sentido alguna vez como una hoja llevada por el viento, sin saber muy bien hacia dónde ir? En este mundo lleno de cambios e incertidumbres, a veces la esperanza puede parecer un tesoro difícil de encontrar. Pero ¿y si te dijera que hay una fuerza poderosa, un «viento» interior que siempre está dispuesto a impulsarte hacia adelante? Ese aliento del que nos hablan las Escrituras por todas partes y que, «nos llena de toda alegría y paz… para que rebosen de esperanza por el poder del Espíritu Santo» (Romanos 15,13).

En ocasiones como esta, en la expectativa agonizante de desear un nuevo líder espiritual para nuestra comunidad y en la emoción contenida ante su aparición ante nosotros, me vuelvo a sentir llena de esperanza.

La esperanza que el Espíritu Santo nos da no es para quedárnosla. Es una fuerza que nos impulsa a la acción, a ser «ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza» (1 Timoteo 4,12). Podemos ser personas que marcan la diferencia en nuestro entorno, llevando la esperanza a través de la solidaridad, la justicia y el amor. Al igual que los primeros discípulos que recibieron el poder del Espíritu Santo para ser testigos (Hechos 1,8), nosotros también podemos ser testigos de la esperanza en nuestros colegios, barrios y familias. Hay mucho terreno por conquistar, muchas acciones que llevar a cabo, muchos días sencillos y cotidianos donde llevar esa esperanza nuestra. ¿por qué no comenzar ahora mismo?

También creo que la esperanza no es un sentimiento pasajero, sino una fuerza viva que reside en nosotros gracias al Espíritu Santo. Ese «viento» divino que nos impulsa hacia un futuro lleno de posibilidades. 

Y como el salmista podamos decir: «Que tu amor Señor venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti» (Salmo 33, 22).