Pocas veces los medios de comunicación se hacen eco de una buena noticia unánimemente reconocida como tal. Menos aún si su efecto es de escala planetaria y su consecución auténticamente histórica. Ocurre, muy pocas veces, sí, pero a veces pasa. El 12 de diciembre de 2015 tuvo lugar en París uno de esos momentos únicos. Todos los países del mundo a excepción de Siria y Nicaragua acordaban tomar medidas para salvar el planeta. Suscribían un compromiso. Y lo hacían sin una recompensa inmediata porque sus positivas consecuencias serían disfrutadas por las generaciones venideras.

Detrás del acuerdo estaban, no hay duda, pequeños y grandes gestos: la alerta unánime del mundo científico, el compromiso de tantos colectivos ecologistas y documentos tan significativos y de tan importante impacto global como la encíclica del papa Francisco Laudato si.

Dieciocho meses y veinte días después de aquel momento glorioso, el hoy presidente de los Estados Unidos Donald Trump decidía sacar a su país, la aún primera potencia mundial, de aquel histórico acuerdo. Y detrás de su decisión egoísta, imprudente y suicida también hay mucho otros elementos. Entre ellos, muchos votos que lo han aupado a la Casa Blanca. Pero también muchas deserciones, muchos silencios, muchas abstenciones.

Los jóvenes norteamericanos salieron a la calle en grandes manifestaciones para protestar por la elección de Trump como presidente. Pero ¿cuántos de ellos se habían quedado en su casa el día de las votaciones dejando a otros la responsabilidad de elegir mandatario? Tanto en nuestra dimensión ciudadana como creyente, no deberíamos olvidar que ser ecologista es mucho más que reciclar el vidrio o dar gracias por la bendita naturaleza. Que cuidar el planeta y cuantos lo habitamos implica tener presente cada día y en cada decisión que todos y todo (no solo unos pocos, no solo nosotros) formamos parte del sagrado plan de Dios.

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RPJ nº 523 – Elección – MªÁngeles López Romero