Aunque Simón sea la figura central de este relato, Jesús quiere dirigirse a todo el que quiera inspirar su vida en Él: tú, Simón, serás pescador de hombres, y también vosotros seréis pescadores de hombres.
Hay que aspirar a que los cristianos podamos decir a otra persona, no necesariamente con palabras sino sobre todo con actitudes: “Tengo un amigo que me ha cambiado la vida. Si quieres, te lo presento”… Pero “estar enamorado” no evita pasar por malos momentos. Podemos sentirnos desanimados por haber estado noche y día bregando, esforzándonos por conseguir algo, y, sin embargo, fracasar totalmente. En esa situación estaban los discípulos cuando se encontraron con un gran regalo: la redada de peces. Habían obedecido la invitación de Jesús a seguir remando, a no desanimarse, y su fe y constancia obtuvieron premio.
Jesús les presenta aquella pesca como un símbolo del rumbo que iban a tomar sus vidas: de ahora en adelante, serían pescadores de hombres. Y, dejando barcas y redes, se pusieron a seguir a Jesús.
Para seguir a Jesús hay que dejar algo… Tenemos que procurar dejar lo que nos impide seguir a Jesús. Y debemos hacerlo sin angustia ni ansiedad: No temas, nos dice Jesús. Cada uno conoce las redes que le tienen enredado: ¿Qué es lo que me impide ser generoso? ¿Qué es lo que me abate, quitándome la libertad interior para hacer el bien sin miedos? ¿Qué es lo que me mantiene en la noche del pesimismo y de la desconfianza hacia mí mismo/a, hacia los otros, hacia la vida en general?…
Jesús nos pide un acto de coraje: fiados de su palabra, dejar las redes, no dejarse paralizar por las cosas negativas o difíciles… Pero si, a pesar de nuestra buena voluntad, sentimos el vértigo de las aguas movidas y el miedo de la noche, no vernos perdidos… Tener la humildad de reconocer nuestra debilidad y pedir fuerzas al Señor… Dejarse penetrar hasta el fondo del corazón por las palabras de Jesús: No temas.
En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Rema mar adentro y echad las redes para pescar”. Simón contestó: “Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes”.
Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: “No temas: desde ahora, serás pescador de hombres”. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron. (Lc 5, 1-11)

