DE LA CRISIS GLOBAL AL CAMBIO SOCIAL:  ¿UNA APUESTA DE FUTURO?

Óscar Alonso

oscar.alonso@colegiosfec.com

Nueva normalidad. La crisis como oportunidad para un cambio social.

Reconozco que ponerme a escribir cuando entre los términos sobre los que disertar están las expresiones «nueva normalidad» y «cambio social», y las palabras «crisis» y «oportunidad», hacen que recuerde muchos y lamentables momentos y discursos, políticos, aunque no solo, de estos tiempos pandémicos o, si se me permite, post pandémicos a medias. El lenguaje es una herramienta impresionante de comunicación, de relación, de conocimiento y de transformación, pero lo es también de manipulación y de imposición que termina por dominarlo todo, aunque nadie sepa verdaderamente qué se quiere decir con ciertas palabras y expresiones que, por otra parte, y al mismo tiempo, pasan a ser de uso común para casi todos los mortales. Intentaré escribir estas líneas en clave de aportación y no de crítica, aunque de esta nos hace falta mucha si es constructiva y está bien fundamentada.

Parto de la base de que nos falta un proyecto común que nos apasione y nos haga vislumbrar un futuro mejor para todos. Y sin ese sueño compartido es complicado apostar por ese futuro y, más aún, visualizar y hacer posible un cambio social que lo haga verdaderamente mejor que el presente ya conocido y convulso. Pero en esperanza vivimos y en esperanza nos proyectamos.

En esperanza vivimos y en esperanza nos proyectamos.

Estoy en este mismo momento viendo y escuchando por televisión a algunos jóvenes ser entrevistados por reporteros buscahistorias, que se acercan a los que peor están, a los que ya no saben ni su nombre y a los que parece que todo, absolutamente todo, hasta la propia dignidad, les da exactamente lo mismo y que ofrecen una imagen deplorable de una juventud que, desde luego, no toda ella está conformada por estas personas cegadas y faltas de horizontes. Me pregunto si estos muchachos tendrán padres y abuelos, y si en algún momento se habrán parado a pensar en ellos, en su salud, en la repercusión de sus comportamientos totalmente fuera de toda lógica. Y no me estoy refiriendo, lógicamente, a ir o estar de botellón (que, por supuesto, se podría también hablar de ello si resulta ser el único o el más extendido modo de diversión y socialización posible en este momento para los jóvenes). Me estoy refiriendo a su absoluta irresponsabilidad al no cumplir ninguna de las normas sanitarias que nos hemos dado todos y para todos en estos tiempos tan convulsos (también para todos).

La juventud, como el resto de la humanidad, participa activamente de la crisis global en la que nos encontramos. No son, por supuesto, sus únicos causantes ni culpables. Simplemente forman parte de lo que hay, de lo que se lleva, de lo que se les propone, de los que se les invita a hacer, de lo que se les indica que hay que hacer y, a veces, de lo que se les impone como ejercicio de suprema libertad, aunque en realidad no es más que una esclavitud cuyos eslabones no se ven, pero atrapan y, en muchas ocasiones, deshacen y desdibujan a las personas.

La juventud, como el resto de la humanidad, participa activamente de la crisis global en la que nos encontramos.

Pues bien. La palabra crisis, que procede del griego κρίσις y cuyo significado es «separación», «distinción», «elección», «discernimiento», «disputa», «decisión», «juicio», «resolución», «sentencia», en principio no tiene un significado negativo. La crisis es el momento en que la rutina ha dejado de servirnos como guía y necesitamos optar por un camino y renunciar a todos los otros. Naturalmente, esta decisión ha de hacerse de un modo prudente, teniendo en cuenta las consecuencias de cada alternativa. Por eso es necesario elegir con criterio.

Etimológicamente al menos, crisis es todo lo contrario a aceptar un destino inevitable. Por eso defendemos que el tiempo de la crisis es el tiempo de la decisión, la inteligencia y la valentía. Ante una crisis social, axiológica, política, económica… la decisión sobre el camino a tomar depende de quien tiene el poder y la capacidad de convencer a los demás, pero, sobre todo, de quienes elegimos a los que tienen ese poder.

Es verdad que no todos nuestros jóvenes han votado todavía, pero muchos de ellos sí. Y es bueno sentarse a su lado y escuchar sus razones para votar a unas opciones políticas u otras. Necesitamos criterio y discernimiento. Necesitamos algo más que expresiones como «nueva normalidad» para darle una buena vuelta a todo cuanto tenemos en este momento en el horizonte y, sobre todo, en el panorama nacional y mundial. Las palabras no transforman la realidad: es la realidad la que transforma las palabras con las que nombramos a la misma. Debemos acompañar a los jóvenes para que este momento de crisis generalizada se convierta, verdaderamente, en oportunidad de crecimiento. Solos no lo pueden hacer. Y tampoco los adultos.

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​Si uno lee hoy mismo las principales noticias de los periódicos internacionales se encuentra con la crisis humanitaria en Afganistán, con las llegadas continuas de pateras con migrantes a las costas italianas y españolas, con hambrunas que ya a nadie le producen ni una ligera reflexión, con el precio de la luz disparado a pesar de que la gente ya no puede más, con todos los países pensando en sí mismos pero mirando de reojo a los demás, con un deterioro medioambiental que continua desbocado y autorizado por prácticamente todos los gobiernos del planeta, con millones de seres humanos con un dólar al día para vivir, con la trata de personas en manos de los grupos más encarnizados que uno pueda imaginar, con el narcotráfico campando a sus anchas, con millones de personas mayores viviendo solas (cuando no, abandonadas), con una natalidad cada vez más escasa (al menos en los países más desarrollados y llenos de cosas), con incendios que arrasan miles de hectáreas cada semana, con catástrofes naturales provocadas por el cambio climático, con 2/3 de la población mundial sin saber qué es la vacuna contra la Covid–19, con billones de kilos de comida que cada día se tiran a la basura en todo el mundo, con países que a estas alturas no reconocen a la mujer como un ser humano con toda su dignidad y derechos, con la explotación infantil en unas cotas nunca antes vistas y con una secularización global de consecuencias evidentes.

Es verdad que alguno ya estará diciendo «hombre, si te fijas solo en lo malo…». Es verdad que hay cosas que van bien y que se hacen avances en muchos campos, pero las crisis no las provocan las cuestiones que van bien y a las que todos tenemos acceso, sino las injusticias, las desigualdades, las imposiciones, las exclusiones y las continuas luchas de poder y de tener. Si queremos que los jóvenes participen en una apuesta de futuro sostenible y continuada en el tiempo, si queremos que los jóvenes sean los protagonistas y den algo de contenido a la manida expresión de la «nueva normalidad» debemos darles la oportunidad de empoderarse y co–liderar el cambio social que el mundo necesita. Si no lo hacemos, cada vez estaremos más cerca del colapso del sistema y del mundo que conocemos.

La pregunta es: con la crisis (caos e incertidumbre) global en la que estamos, ¿puede nacer un cambio social alternativo y sostenido en el tiempo? Porque la nueva normalidad lo que no puede ser, de ninguna manera, es impuesta. Y eso es a lo que estamos asistiendo. La juventud ha de tomar conciencia de lo que ocurre y buscar las razones de por qué sucede cuanto acontece. Si no les hacemos participes de ello, será imposible que tomen la iniciativa y piensen juntos en un futuro esperanzador para todos.

La juventud ha de tomar conciencia de lo que ocurre y buscar las razones de por qué sucede cuanto acontece.

Este verano he tenido la preciosa experiencia de escuchar hablar a jóvenes preuniversitarios y universitarios (todos ellos buena gente) sobre su vida, sus planes de futuro, el trabajo que les gustaría desarrollar… la mayoría (no todos) no quiere salvar al mundo. La mayoría quiere ganar dinero. Cuanto más, mejor. Eso me ha hecho pensar mucho en este tema de la crisis y de las oportunidades. Piensan como les hemos hecho que piensen. Es lo que ven. Es lo que escuchan. Es lo que funciona.

Desde la Pastoral Juvenil tenemos la ingente tarea de acompañarlos para que crezcan y apuesten por inmiscuirse en la evangélica tarea de intentar transformar el rumbo del planeta. Hemos de trabajar con ellos la resiliencia, la justicia social, el emprendimiento sostenible, el riesgo, el compromiso y la importancia de la siembra a largo plazo. La crisis que estamos viviendo y que nos atraviesa (porque no la estamos atravesando, sino que ella misma nos atraviesa) puede dar paso a un cambio social si contamos con la juventud y con ella de la mano soñamos grandes cosas. La tarea es muy compleja. Nadie nos dijo nunca que iba a ser fácil. Pero no estamos solos. Intentémoslo. Está en juego no lo nuestro solamente, sino la posibilidad de que lo de todos sea posible. Y lo sea como Dios lo sueña.

La crisis que estamos viviendo y que nos atraviesa puede dar paso a un cambio social si contamos con la juventud.