DANA, EL AMOR EMBARRADO Descarga aquí el artículo en PDF

Equipo de Ministerio de Pastoral, Escolapios Emaús

https://www.escolapiosemaus.org/

La mayor tragedia del siglo en España. Las imágenes, los datos, las historias personales, lo perdido en infraestructuras, vivienda, negocios, cultivos, los saqueos, la indignación…

Hemos experimentado en poco tiempo muchos golpes negativos. Pero también hemos admirado a miles de personas. Nos conmueven tantas historias de quienes, habiendo perdido negocios, casas, coches e incluso seres queridos, se vuelcan dedicando todo lo que tienen a mano, para rescatar y auxiliarse los unos a los otros.

Vecinos que en el mejor de los casos se saludaban al cruzarse en la escalera, ahora viven el espíritu del ser comunidad, donde hay cuidado mutuo. Da esperanza ver que, ante el sufrimiento ajeno, las personas responden con amor y tejen nuevas redes. 

Especialmente significativa la presencia de tantos y tantas jóvenes en los trabajos de rescate, limpieza, distribución, consuelo… Sí, esa generación que a veces con frivolidad calificamos de frágil, «generación de cristal».

Ante esto, surge una pregunta: ¿durará este efecto? Los daños materiales y las pérdidas humanas seguro que dejarán huellas que se harán notar durante décadas, pero ¿esta respuesta de genuino amor al prójimo perdurará?

Calasanz nos ayuda a leer hoy la situación en Valencia de un modo espiritual, como para que crezca en nosotros la capacidad de amar de verdad. 

«El 24 de diciembre de 1598 tuvo lugar una de las más catastróficas riadas del Tíber que se recuerda de Roma. Hubo 1400 víctimas mortales según unos o 4000 según otros. Uno de los barrios más castigados fue el Trastévere. Los días festivos de Navidad dejaron a Calasanz más tiempo libre para entregarse de lleno al rescate de víctimas y al socorro de todos. Bajaron las aguas y el dinero que Calasanz dedicaba al sustento de la escuela, tuvo que dedicarse a otros fines. Incluso probablemente llegando a contraer deudas» (Giner Guerri, 1992).

San José de Calasanz expresó en una de sus cartas: «No podemos quedar indiferentes al sufrimiento de los que nos rodean; antes bien, cada uno, según sus capacidades y fuerzas, debe brindar su ayuda, pues en la unidad y el auxilio mutuo se manifiesta el rostro de Cristo». Estas palabras nos inspiran hoy a ser testigos de la misericordia y a ofrecer ayuda a quienes más lo necesitan.

Él se desvivió por socorrer en aquella Roma inundada, pero no solo eso, esa riada del Tíber se convirtió en el detonante que le llevó a buscar una forma de dar consistencia económica y orgánica a las escuelas de Santa Dorotea, ya que hasta el momento solo dedicaba sus ratos libres como «voluntario» en ellas. Es decir, Calasanz, después de la primera respuesta solidaria, comenzaría una gran aventura que culminaría en la creación de la Orden de las Escuelas Pías, una red de amor duradera.

Tres claves a modo de propuestas

Primera, prestar atención a la felicidad profunda que va sintiendo nuestro corazón cuando ayuda, para que pase de ser mero sentimiento a ser valor en nuestra cabeza, la solidaridad, y principio de actuación en nuestras manos, el compromiso. Y así, cuando pase la emoción, quedará la decisión de amar como eje vital.

Segunda: organizar el compromiso con otras personas, iniciando procesos de renovación, estructurando, generando sinergias, institucionalizando… 

Y tercera, indicada especialmente para quienes estamos lejos del barro: la oración. Porque orar no es pedir que Dios se encargue, sino que es poner nuestro corazón junto a quien sufre. Será también entrenamiento para ese músculo de la entrega. Y si oramos juntos, también juntos nos comprometeremos.

Algunas citas para pensar y orar

De la encíclica Dilexit Nos, recién publicada por el papa Francisco:

«Si allí (en el corazón) reina el amor, una persona alcanza su identidad de modo pleno y luminoso, porque cada ser humano ha sido creado ante todo para el amor, está hecho en sus fibras más íntimas para amar y ser amado» (21).

«Amando, la persona siente que sabe por qué y para qué vive. Así todo confluye en un estado de conexión y de armonía. Por eso, frente al propio misterio personal, quizás la pregunta más decisiva que cada uno podría hacerse es: ¿tengo corazón?» (23).

Salmo 146, 7: 

«Que el Señor los fortalezca cuando estén caídos, que los reconforte cuando estén cansados. El Señor permanece fiel para siempre, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y libera a los cautivos».

Lecturas para profundizar

Severino Giner, San José de Calasanz, 1992, p. 407.

Papa Francisco, Dilexit nos (Nos amó), 2024, cap. 1 https://lc.cx/XwasBN