CUIDADO EMOCIONAL EN TIEMPO DE POSTPANDEMIA: DESCUBRIENDO A JESÚS EN MEDIO DE LA TORMENTA
Txemi Santamaría
Teólogo y Psicólogo. Psicoterapeuta en el Centro de Orientación Familiar. Lagungo (Bilbao)
Introducción
Hay un pasaje en el evangelio que es realmente significativo (Mt 14, 22-26). La escena se desarrolla en el mar, en medio de una tormenta contra la que los discípulos de Jesús luchan remando con todas sus fuerzas. Están asustados. En ese momento, Jesús se aparece ante ellos y les invita a dirigirse hacia él. Pedro, lleno de dudas, comienza a caminar sobre el agua y, al instante, siente que se hunde. Y pide ayuda a Jesús.
Como decíamos en el párrafo anterior, este pasaje puede ser realmente significativo para hacer una lectura de lo que las personas estamos viviendo en medio de esta pandemia. Al igual que los discípulos de Jesús, sentimos que hemos perdido el control de lo que sucede, hasta del rumbo que lleva nuestro barco. Igualmente, sentimos que esta lucha para ir haciendo frente a todas las dificultades que van surgiendo en el día a día es tremendamente cansada y, que nuestras fuerzas, a menudo, flaquean.
En estas líneas, vamos a profundizar en los efectos psicológicos que tiene esta experiencia de incertidumbre, de sentir que nuestro suelo, que normalmente lo vivimos como tierra firme, “se mueve”. Además, es nuestra pretensión sugerir líneas de avance que nos ayuden a hacer frente a todo esto que estamos viviendo, y mantener una buena salud emocional y relacional. Por último, ofreceremos claves desde la pastoral para vivir con serenidad y esperanza esta situación de incertidumbre que tanto nos está afectando. Como podéis observar, os invitamos a sumergirnos juntos en esta experiencia tal fundamental para las personas, tal como recoge el evangelio, que nos conecta con sensaciones como el miedo y la incertidumbre.
Efectos de la pandemia
Se cumple un año y medio desde que los medios de comunicación nos informaban de un virus, proveniente de China, y que parecía tener una alta capacidad de contagio. En muy poco tiempo, vemos cómo este virus se va extendiendo, entra en Europa (Italia) y, posteriormente, en España. La declaración del estado de alarma hizo que cambiasen nuestros hábitos relacionales (no podíamos salir de casa), así como nuestro modo de trabajar o estudiar (casi todo en remoto). Además, tomamos conciencia de la peligrosidad del virus: las UCIs se llenan y los servicios de salud comienzan a estar saturados.
Después de este breve repaso, te invito a que dejes por unos instantes de leer y te preguntes por los estados emocionales y las respuestas que has ido dando a las diferentes situaciones que has ido vivido durante este intenso año. Puedes, incluso, ir apuntando en una hoja las palabras y sensaciones que te vayan surgiendo.
A continuación, te invito a visualizar la imagen de un río. La salud emocional de las personas es como un río, que tiene dos orillas. Cada una de estas orillas representa un riesgo que tenemos a la hora de afrontar un momento de muchos cambios en nuestra vida. En un extremo está la orilla del caos, es decir, es posible que ante toda esta situación que nos ha tocado vivir nuestra forma de vida (horarios, rutinas…) se desorganice, se desestructure. Es posible, por ejemplo, que comencemos a ver mucho más tiempo la televisión, o que jugando a la playstation nos acostemos más tarde de lo normal. Por eso, es muy importante estructurar nuestro día, disponer de horarios, marcar tiempos para realizar cada una de nuestras tareas, etc. La otra orilla de este río es la de la rigidez, esto es, algunas personas, cuando sienten que están ante una situación nueva que les provoca incertidumbre, se vuelven tremendamente rígidas. El ejemplo más claro, para entender esta orilla, es el de un docente que siente que pierde el control de la clase. En ese momento, siente el nerviosismo y su forma de actuar se vuelve más impulsiva: grita con facilidad, impone castigos más rápidamente, etc. Puede haber muchas formas de irnos a la orilla de la rigidez, por ejemplo, podemos comenzar a emitir juicios sobre los demás, en los que no dejamos “títere con cabeza”: los políticos no saben lo que hacen, los jóvenes son unos inconscientes que no guardan las medidas de seguridad, la iglesia va a lo suyo…
Ante estas situaciones de incertidumbre las personas, a modo de respuesta, podemos dirigirnos a dos lugares, son dos polos de una misma línea. Por un lado, podemos ir al polo “tensión-ansiedad”, es decir, comenzamos a tener muchos pensamientos relacionados con la pandemia: el riesgo de contagio, la incertidumbre de lo que haremos mañana…y es como si comenzáramos a vivir con la ansiedad como telón de fondo de todo lo que vamos haciendo en nuestra vida. Estamos en una situación de hiper alerta, y ello nos lleva a ser mucho más reactivos. Fruto de la ansiedad y el nerviosismo, es muy posible que los discípulos no fueran capaces de reconocer que esa persona que estaba frente a ellos no era un fantasma, sino Jesús.
Otras personas, a su vez, responden desde un polo más “depresivo”, es como si perdieran el ánimo, hay una tendencia a refugiarse en ellos mismo, de ir hacia adentro y, progresivamente, van perdiendo las ganas de relacionarse con otras personas, de salir de casa, de hacer actividades… Es muy posible, aunque el evangelio no lo detalla, que en alguno de los discípulos surgiese la tentación de “ir hacia adentro”, de vivir su miedo en soledad, sin compartir sus emociones con los compañeros de barca. De este modo, se podría dar la paradoja de que los discípulos se convierten en personas que están unas muy lejos de otras en el plano afectivo, a pesar de compartir situación e, incluso, proximidad física.
Te invito, antes de abordar el siguiente apartado, a identificar tu tendencia, ¿hacia qué polo estoy tendiendo en este último tiempo? Por otro lado, puedes pensar, igualmente, en los jóvenes que acompañas. Este sencillo esquema, sin ánimo de querer convertirte en psicólogo, te puede ayudar a detectar chicos y chicas que pueden estar viviendo con dificultad esta situación.
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Una propuesta de acción
En este contexto, es importante que tanto en contextos educativos como pastorales se generen espacios de encuentro para los más jóvenes, espacios en los que haya posibilidad para ir poniendo nombre a lo que vamos sintiendo. Para ir definiendo esa amalgama de sensaciones que vamos viviendo en nuestro día a día. Espacios para escucharnos unos a otros, para generar procesos de empatía. Por tanto, no sólo se trata, únicamente, de favorecer espacios de encuentro, sino de que esos momentos ayuden a los jóvenes a poner nombre a sus vivencias.
También, para que en esos diálogos que vayan surgiendo se generen propuestas de apoyo y colaboración. Este ha sido uno de los elementos fundamentales, a nivel social, en este año de pandemia: se han ido creando, muchas veces de modo espontáneo, redes de solidaridad. En ese sentido, uno de los grandes riesgos del virus, además de la amenaza para nuestra salud, es su capacidad para “desconectarnos” unos de otros, para aislarnos. Por ello, los espacios educativos y pastorales son una excelente oportunidad para desactivar este efecto relacional tan nocivo del virus.
En estos espacios de encuentro, además, los adultos que acompañamos disponemos de una buena atalaya para observar a los niños, niñas y jóvenes. Vamos a poder observar cómo están, cómo se sienten. En algunas ocasiones por lo que expresan y muestran; en otras, por lo que no dicen y no expresan. Y podemos aprovechar esa información para generar conversaciones personales con ellos: “¿Cómo estás? ¿Cómo va todo en casa?”. Haremos uso de las preguntas como llaves que tienen la capacidad de abrir puertas que, a veces, están cerradas hasta para la propia persona. En algunos casos, a través de estas conversaciones personales emergerán pequeñas dificultades personales o familiares, generadas por esta pandemia. Quizá, en otros momentos, percibamos que hay procesos complejos y graves que, incluso, pueden requerir la intervención de profesionales. No será lo más habitual, pero pueden darse casos. En esas ocasiones será importante nuestra capacidad de informar de recursos profesionales donde esas familias podrán ser ayudadas. Son múltiples los servicios existentes a nuestro alrededor, por ejemplo, el Gobierno Vasco ha puesto en marcha dos servicios de ayuda psicológica gratuitos: programa ADI 688 768 218, dirigido a personas y familias afectadas a nivel psicológico por la pandemia; y programa Betirako, dirigido a personas que han sufrido la pérdida de un ser querido en estos meses 900 908 744.
Una propuesta para la pastoral
Igualmente, los espacios educativos y pastorales pueden ayudar a los más jóvenes a hacer lecturas distintas de lo que está ocurriendo y, de ese modo, abrirse a actitudes y acciones que les ayuden a afrontar esta situación de un modo más adecuado. Por un lado, podemos conectar con una vivencia fundamental propia de la fe cristiana, la experiencia de Dios como roca y sustento. Los salmos presentan numerosas imágenes para describir esta experiencia nuclear: Dios como roca (Sal 143), como sustento (Sal 54,4), como refugio (Sal 91). La experiencia de Dios puede darnos esa confianza necesaria para hacer frente a esta situación, para seguir avanzando en medio de la tormenta, al igual que hicieron los discípulos. Precisamente, la esperanza se ha catalogado como una virtud teologal o, expresado en otro lenguaje, como actitud fundamental de la experiencia cristiana.
Por último, una invitación a descubrir este tiempo de dificultad como una oportunidad. Oportunidad para generar nuevas redes de solidaridad, para reforzar nuestra tolerancia a la incertidumbre, para dejar de vivir desde el control de la vida y abrirnos a la novedad del momento presente, para saborear cada instante de nuestra vida, no dando por supuesto que todo eso que tenemos es algo que va a continuar ahí siempre. En definitiva, un tiempo para hacer lectura creyente y para descubrir a Dios caminando junto a nosotros. ¿Seremos capaces de descubrir a Jesús frente a nosotros en medio de la tormenta?

