CUENTO: BIGOTES DEL TIGRE
Joseph Perich
Una mujer llamada Yun fue un día a la casa de un ermitaño, hacedor de pociones mágicas.
-Maestro si no me ayudas, estaré verdaderamente perdida.Se trata de mi marido. Durante tres años ha estado en la guerra. Ahora que ha vuelto, casi no me habla a mí y a ni a nadie. Si yo hablo, no parece oír. Cuando habla, lo hace con aspereza. Si le sirvo comida que no le gusta, le da un manotazo y se va enojado de la habitación.
-Puedo hacer tu poción. Tráeme el ingrediente principal: un pelo del bigote de un tigre vivo.
Una noche, cuando su marido estaba dormido, la mujer salió de su casa con un plato de arroz y salsa de carne. Fue al lugar de la montaña donde sabía que vivía el tigre. Manteniéndose alejada de su cueva, depositó el plato de comida, llamando al tigre para que viniera a comer.
Todas las noches Yun fue a la montaña, acercándose cada vez más a la cueva, unos pasos más que la noche anterior. Poco a poco, el tigre se acostumbró a verla allí.
Una noche el animal dio unos pasos hacia ella y se detuvo. Los dos quedaron mirándose bajo la luna. Esta vez estaban tan cerca que Yun pudo hablar al tigre con una voz suave y tranquilizadora. El tigre comió los alimentos que ella le ofrecía. Después de eso, cuando Yun iba por las noches, encontraba al tigre esperándola en el camino. Cuando el tigre había comido, Yun podía acariciarle suavemente la cabeza con su mano. Al cabo de seis meses una noche, Yun le dijo:
-«Oh, Tigre, animal generoso, es preciso que tenga un pelo de tu bigote. ¡No te enojes conmigo!» Y le arrancó un pelo de su bigote. El tigre no se enojó, como ella temía. A la mañana siguiente ya estaba en la casa del ermitaño.
-¡Tengo el pelo del bigote de un tigre! Ahora puedes hacer la poción que me prometiste para que mi marido vuelva a ser cariñoso y amable.
El ermitaño tomó el pelo del bigote, se inclinó hacia adelante y lo dejó caer en el fuego.
-¡Oh señor! –gritó la joven mujer, angustiada- ¿Qué hiciste con el pelo del bigote?
-Dime como lo conseguiste-dijo el ermitaño.
–Fui a la montaña todas las noches con un plato de comida. Al principio me mantuve lejos, y me fui acercando poco cada vez, ganando la confianza del tigre. Le hablé con voz cariñosa y tranquilizadora para hacerle entender que sólo deseaba su bien. Fui paciente. Todas las noches le llevaba comida, sabiendo que no comería. Pero no cedí. Nunca le hablé con aspereza. Nunca le hice reproches. Y por fin, una noche dio unos pasos hacia mí. Llegó un momento en que me esperaba en el camino y comía del plato que yo llevaba en las manos. Le acariciaba la cabeza y él hacía sonidos de alegría con la garganta. Sólo después de eso le saqué el pelo del bigote.
–Ya no hace falta el bigote. Si puedes ganar con cariño y paciencia el amor y la confianza de un animal salvaje y sediento de sangre, sin duda puedes hacer lo mismo con tu marido.
TEXTO
Más de una vez, ante exhibiciones de concursantes televisivos, de figurines de pasarela, de «cracks» deportivos, de personajes mediáticos… he tenido un pensamiento estrafalario: “si fuéramos todos perfectos seríamos insoportables”.
¡Qué suerte de no ser perfectos! Nos da la oportunidad de ir por la vida sin prepotencia, de saber que no somos autosuficientes, que necesitamos de los otros, que no haya que comparar, que debamos aceptar positivamente nuestra debilidad, que es normal que los otros no sean como quisiéramos…. Si lo tuviéramos bien grabado en nuestro «disco duro», ¡cuántas posibilidades para desplegar nuestras capacidades de ser sencillos, serviciales, pacientes, amables, solidarios…! ¿Este no sería el perfil de la persona que nos gustaría que nos diera la mano a la hora de la muerte? Todos, gracias a Dios, tenemos cerca algún «tigre» que nos espera y provoca que trabajamos nuestra ternura, nuestra paciencia, nuestra estimación, nuestra confianza…. Si no nos gusta lo que estamos recibiendo, revisemos que estamos dando.
«Todo el amor que pacientemente sembramos tarde o temprano florecerá» (Raoul Follereau).
«A pesar de haber sido muy probados por los sufrimientos, se sienten tan felices, que de su pobreza extrema han sacado un tesoro de generosidad» afirma San Pablo, refiriéndose a las penurias de sus feligreses (1Cor.8 0,1-9).
Conjuga dos palabras aparentemente contradictorias: «sufrimientos» y «riqueza». Pues sí, hay que acoger nuestras debilidades y aceptarlas que los demás puedan tener, pero al mismo tiempo trabajamos «pacientemente» por la «reconstrucción – perfección» de la fraternidad social, desde el acercamiento y la estimación.
«Sed perfectos como vuestro Padre celestial « (Mt.5, 48)

