CUENTO: BANQUERO

Joseph Perich

 

Una tarde, un famoso banquero  iba en su limusina cuando vio a dos hombres al borde de la carretera comiendo césped.

Preocupado, ordenó a su chofer detenerse y bajó a investigar. Le preguntó a uno de ellos:

-¿Por qué están comiéndose el césped?

-No tenemos dinero para comida. – dijo uno de los pobres – Por eso tenemos que comer césped.

    -Bueno, entonces vengan a mi casa que yo los alimentaré- dijo el banquero.

    -Gracias, pero tengo esposa y dos hijos conmigo. Están allí, debajo de aquél árbol.


    -Que vengan también, dijo nuevamente el banquero.

Volviéndose al otro pobre le dijo:

-Ud. también puede venir.

El hombre, con una voz lastimosa, dijo:

¡Pero, señor., yo también tengo esposa y seis hijos conmigo!


    -Pues que vengan también. – respondió el banquero.

Entraron todos en el enorme y lujoso coche. Una vez en camino, uno de los hombres miró al banquero y le dijo: ¡Señor, es usted muy bueno. Muchas gracias por llevarnos a todos!
El banquero le contestó:

-¡Hombre, no tenga vergüenza, soy muy feliz de hacerlo! Les va a encantar mi casa…. ¡El césped está como de veinte centímetros de alto!

TEXTO:

«A río revuelto…ganancia de pescadores»o mejor dicho de “pecadores”.

Cuanto uno se siente más agobiado económicamente, más se señala  como presa de la picaresca de “cuervos” sin escrúpulos. ¿Quién no ha sido tentado, con estafadoras ofertas de préstamos, de hipotecas… o de cambiar de compañía telefónica, de compañía de gas, de entidad bancaria…? Es más, el que ingenuamente se deja atrapar en sus garras lo puede vivir como un gesto “caritativo” de alguien sensible a su precariedad.

 

Cuanta sabiduría en la irónica sentencia popular: «El que roba diez euros para comer es un ladrón que merece la cárcel, en cambio quien roba un millón de euros es un hombre de negocios espabilado».

En el día de hoy  los creyentes tendríamos que dedicar las energías a:   

*Desenmascarar a los “piratas” de guante blanco que se han aprovechado de la situación. Ahora buscan la manera de cambiar lo que sea para no cambiar nada.

*Crear espacios de fraternidad en donde uno pueda sentirse escuchado, valorado y en lo posible ayudado. Ahora pienso en el encuentro de “latinos” que tuvimos en nuestra parroquia: ¡cuánta riqueza en sensibilidad, alegría, esperanza, agradecimiento…a pesar de la precariedad y dureza de su trabajo o la lejanía de sus seres más queridos! Posiblemente estábamos cumpliendo el deseo del Papa Benedicto XVI que en su viaje a Francia expresaba: “Que toda persona pueda sentirse en casa dentro de la Iglesia”. La riqueza de nuestras comunidades cristianas no se mide por su capacidad económica sino por su capacidad de cálida acogida a los indefensos.

Por esta andadura a buen seguro que habrá, no “césped”, sino “comida” para todos.