Había una vez un criador de caballos de raza. Uno de los mejores caballos  enfermó y llamó al veterinario que le dijo:

-Su caballo está con un virus y es necesario que tome este medicamento por tres días consecutivos. Después de los tres días veremos si ha mejorado, si no lo ha hecho no nos quedará más remedio que sacrificarlo».

En ese mismo momento un cerdo escuchaba la conversación. Al siguiente día le dieron el medicamento al caballo y se fueron. El cerdo se le acercó y le dijo:

-¡»Fuerza amigo caballo»! ¡Levántate de ahí sino vas a ser sacrificado!

Al segundo día le dieron nuevamente el medicamento y se fueron.

El cerdo se acercó y le dijo:

-¡Vamos mi gran amigo! ¡Levántate sino vas a morir, vamos yo te ayudo!

Al tercer día le dieron el medicamento y el veterinario dijo:

-“Probablemente vamos a tener que sacrificarlo mañana porque puede contagiarle el virus a los demás caballos”.

Cuando se fueron el cerdo se acercó y le dijo:

-«Vamos amigo es ahora o nunca» ¡Ánimo…fuerza… yo te ayudo…  vamos…un, dos, tres…despacio…ya, casi…eso…eso…ahora corre despacio… más rápido… fantástico… corre…corre…! ¡Venciste campeón!…

En eso llega el dueño del caballo y ve al caballo corriendo y dice:

-¡Milagro!  el caballo se ha curado…hay que hacer una fiesta…,¡vamos a matar al cerdo para celebrarlo!

«Hay que hacerse espaldas los unos a los otros, porque los tiempos son recios». Ya lo decía Santa Teresa de Ávila hace cuatrocientos años, pero parece escrito para nuestros días. La propuesta no es tan fácil de digerir como parece. Los mismos humoristas, además de hacernos reír, a veces nos sorprenden y reflejan la pura realidad: «¡El pez que lucha a contracorriente muere electrocutado!»

En este inicio de curso se suele pedir voluntariado para equipar las diversas actividades, más que nunca ahora que se han evaporado las subvenciones. Asociaciones de vecinos, asociaciones de padres, parroquias, entidades de toda clase van en busca (no me atrevo a decir «ya la captura») de personas que puedan y quieran dedicar un tiempo de su vida a favor de los demás. Normalmente les explicamos las maravillas de su futuro compromiso, pero no las informamos o las ayudamos a tomar conciencia de que si lo hacen con responsabilidad, entrega y honradez, lo más seguro es que tendrán que «nadar a contracorriente» y que incluso pueden salir «escaldadas».

Ahora pienso en un niño muy travieso que amargaba la vida a un voluntario de refuerzo escolar, pensando que éste lo hacía para hacerse un sobresueldo. Este niño cambió de actitud cuando se enteró de que aquel monitor de Cáritas lo hacía gratuitamente y se pagaba el autobús para desplazarse a apoyarlo.

Ahora pienso en una abuela catequista que después de tener un trato lleno de ternura con una niña de la catequesis cuando intenta acercarse a su madre para implicarla, ésta le paga con un portazo en las narices.

Podríamos alargar la lista al infinito, pero cuando uno se da a los demás, más allá de las injustas «bofetadas» que le esperan por ir a contracorriente, estamos comulgando con Martín Luther King cuando afirmó, antes de ser asesinado:«Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano».

Muchos voluntarios o personas altruistas de buena fe se «queman» en el intento. Pero también todos habremos detectado personas «incombustibles», personas que no pierden la paz del corazón ni la sonrisa, más allá de los «escupitajos» que puedan recibir. Me doy cuenta que muchas de estas no van de «quijotes» solitarios por la vida sino que van equipadas de un grupo, de una comunidad de apoyo. Y aún más allá de este apoyo exterior han tenido la suerte de encontrar uno de interior, el definitivo.

Dejemos hablar al soldado que, en Chile, ametralló el misionero gerundense Joan Alsina: «Juan, iba tranquilo y sosegado. Nunca he podido olvidar esto: Juan me pidió que no le vendara los ojos y que le disparara de frente para poder verme y darme el perdón…. Levantó su mirada al cielo, hizo un gesto con las manos, las puso sobre su corazón y movió los labios como si estuviera rezando y dijo: Padre, perdónalos…».

«Vosotros resplandeced en el mundo como estrellas en el cielo»(fl. 2,15).