ALTIUS, CITIUS, FORTUS aquí el artículo en PDF
M.ª Ángeles López Romero
Llegó triste y cansado. Con el peso de la derrota sobre los hombros y los ojos enrojecidos de haber llorado. Tiene 27 años, pero eso no importa. Es su trabajo, pero esa circunstancia no le resta un ápice de pasión. Dejó la medalla de plata del campeonato de España en categoría infantil abandonada sobre la encimera de la cocina. Porque ser segundo le parecía un fracaso: «el primero de los perdedores», dijo. Y no estamos preparados para el fracaso en este primer cuarto del siglo XXI.
¿Cómo explicarle que para su madre es un triunfador porque como entrenador ha acompañado desde el cariño y el cuidado a esos chavales que apenas alcanzan los 14 años, aunque su altura desdiga su edad? ¿Cómo decirle que el triunfo es saber perder con dignidad, decencia y respeto por el adversario? ¿Cómo que debe sentirse orgulloso de acompañar con mimo el crecimiento y las aspiraciones de unos chavales que en algunos casos han dejado a sus familias a miles de kilómetros y debido aprender el idioma y las exigencias de un mundo en que solo cuentan las victorias que se pueden cuantificar? ¿Que los ha defendido de insultos racistas y ambiciones paternas desmedidas?
El diablo carga a veces las palabras con balas reales, que pueden destruir vidas y sueños. Ocurre con «triunfo» y «fracaso», pero también con «esfuerzo», «ambición», «éxito» o «sueño». Y pareciera que si no te haces famoso no has triunfado. Que no es suficiente con que te ganes la vida dignamente o estudies aquello que te llena y te realiza. Tendencias socioculturales alimentadas hoy por las redes sociales y su pantomima de felicidad constante imposible de alcanzar. Pero ¿qué es en verdad el éxito? ¿Dónde se encuentra la felicidad?
Son las preguntas del millón de ahora y siempre. Y cuando se dice que no depende de la fama ni se encuentra en el dinero, alegan los aguafiestas que ese es «el discurso de los perdedores». Pero no es cierto: no pierde quien vive a gusto consigo mismo porque sabe que ha ayudado a los que lo han necesitado cuando ha podido. No pierde quien celebra cada día lo que acontece y se deja deslumbrar por la belleza cotidiana que nos regalan la vida y la naturaleza. No pierde quien profundiza en sus abismos interiores para encontrar la voz de Dios y encontrarse a uno mismo. Aunque parezca no alcanzar nunca el fondo de esa sima. No lo hace quien conserva unos valores y los defiende aun quedándose solo en la defensa frente a la jauría.
No: quien contempla, escucha, ama y agradece hallará la felicidad. Y ese será su éxito. Un triunfo sin medallas ni ruedas de prensa, pero pleno de oportunidades de llegar más lejos, saltar más alto, ser más fuerte, como reza el lema olímpico. Y que, aplicado a la vida, apunta a un horizonte comunitario, un destino compartido, una vocación de ser para los demás y no solo para uno mismo. No hay mejor deporte ni mayor victoria. Palabra de Evangelio.

