A principios de verano murió mi abuela. Por primera vez vi llorar a mi padre. Mi madre y mis hermanos querían consolarlo, pero acabamos todos llorando. Yo no lo entendía pero estaba triste al ver que mi padre y mi madre estaban tristes.
Antes de acostarnos conversamos con mamá. Mi hermanito quería saber quién había hecho morir a la abuela.
– “Nadie tiene la culpa. Estaba enferma y llegó un momento que ya no pudo vivir más”
Yo tenía miedo que le pasase lo mismo a mi madre, a mi padre, o a mí. Mamá me explicó que siempre tendríamos la hermana mayor y la tía para hacernos la comida y cuidar de nosotros.
-¿Tú crees que la abuela está triste por haber muerto? – preguntó mi hermana a papá.
El padre respondió:
– Puede ser que la abuela esté un poco triste ya que es bonito vivir y la abuela amaba mucho la vida. Pero estoy seguro de que se ha ido a acurrucar en el corazón de Dios y allí ya no estará más triste.
Mis padres me preguntaron si deseaba verla. Me cogí de la mano de mi padre y entré. La abuela parecía dormida. Vestía de color azul con flores de colores. A su lado una vela encendida. El abuelo, sentado en una silla, cuando me vio me llamó:
–“Olga, ven a mi lado”.
Subí a su regazo para mirar juntos la abuela. Después dije adiós a la abuela, le eché un beso y salí.
En la iglesia cada niño puso encima del altar un objeto que nos recordaba algún momento bonito vivido con la abuela. Yo llevé un libro de historias que nos explicaba por la noche. Había muchas flores muy bonitas.
El sacerdote también estaba triste. Nos dijo que era normal estar triste. También Jesús murió y Dios lo resucitó. Comprendí que podemos fiarnos de Dios que nunca nos abandona.
En el cementerio cada uno dejó una flor sobre la caja. Yo le puse una rosa de su jardín diciéndole que la amaría siempre. Después volvimos todos a casa del abuelo. Merendando recordábamos los buenos momentos vividos con ella. Incluso mi hermano preguntó al tío Juan que le explicara las travesuras que él y la abuela hacían de niños.
El verano ya pasó sin la abuela. Acaba de telefonear mi tía para decirme que ha encontrado las fotos de la abuela cuando era niña y que me parezco a ella. El miércoles vendrá a mi casa con un pastel hecho según la receta de la abuela. ¡La merienda que nos espera!
Cuando se produce la pérdida de un familiar a menudo los sentimientos suben incontrolados a flor de piel, no conseguimos formular un razonamiento coherente, las lágrimas distorsionan una deseada mirada objetiva y serena… ¿Y los niños? Se aparta del bullicio, considerado no apto para ellos. Da vergüenza que los niños intuyan en los adultos los sentimientos de culpabilidad que se desatan, la falta de esperanza y el «papel mojado» de creencias teorizadas.
Afortunadamente en algunas familias la pérdida de un familiar es un evento que, como el nacer, forma parte de la vida normal y se asume con madurez humana y espiritual. Lo hemos visto en el relato anterior. Entonces, lo positivo para los niños es que lo puedan vivir en directo, dejando de ser para ellos un tema tabú. Seguro que aquel testimonio catequético de los adultos quedará grabado en el «disco duro» del niño y lopreparará para los muchos duelos que tendrá que afrontar a lo largo de la vida.
La forma cómo viven los adultos el tránsito de un familiar o amigo puede ser decisivo para la transmisión de la fe o de la no fe a un niño,más que la impartición de dos años de catequesis, por bien hecha que se haga.
«Sabemos que hasta ahora todo el universo creado gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos el Espíritu como primicias de lo que vendrá, gemimos en nuestro interior, anhelando ser plenamente hijos, cuando nuestro cuerpo sea redimido. Nosotros esperamos lo que no vemos, y lo anhelamos con constancia». (Rm 80, 22-25)

